Capítulo 1
Una noche normal
¿Cómo defines lo «normal»? ¿Tal vez como lo que esperarías que suceda? ¿Lo que sería lógico que pasara? Pero ¿Quién mide lo que puede ser normal para una persona y para otra no? ¿Te das cuenta de que, si no haces nada raro, es más probable que tu vida lleve un camino «normal»?
Si bien somos el reflejo de nuestras decisiones, la vida no es plana. Te enseña que tu mundo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Y lo más rico de todo es que nunca tuviste el control de tu destino, por lo menos, no tanto como el ego quería hacerte creer.
No quiero ahondar mucho en el tema, pero, por siglos, la humanidad ha querido saber todo y, cuando no lo sabía, tenía miedo. Por ejemplo, a lo que viene después de la muerte y se ha inventado una y mil hipótesis reconfortantes.
Volviendo a lo nuestro, no conocemos el futuro, ni siquiera lo que pasará con certeza en los próximos cinco minutos. Es entonces, más fácil vivir con las manos firmes en el timón del barco, esperando llegar a puerto en línea recta, sin sobresaltos, sin cosas «anormales». Pero la vida es el mar, el viento, tus emociones, tus sentimientos. Nada te asegura nada. ¿No sería mejor vivirla intensamente? O, por lo menos, ¿no sería mejor arriesgar de vez en cuando?
Si nuestra vida ya estuviera escrita de antemano, no sería vida.
Esto es lo que me sucedió en una noche normal, de esas en las que no pasa nada distinto o, por lo menos, era lo que suponía.
Un bar oscuro, mucha gente, casi todos conocidos. Chicas sonriendo, con sus mejores atuendos, buscando miradas o pretendiendo atraerlas. Chicos dispuestos, disfrutando de la conversación y de sus cervezas.
Había ido al bar junto a Karen, con quien me vinculaban sentimentalmente sin saber que se trataba de una de mis mejores amigas. Nos integramos a un grupo, empezamos a beber y a movernos al ritmo de la música. De pronto, apareció una joven vestida de negro y empezó a bailar para mí, invitándome a seguirla. Al parecer, esa noche normal podría tornarse diferente. Después de bailar con ella por un rato, producto de mi inacción, sonrió y se perdió en la oscuridad. Karen me pidió que la acompañara afuera para tomar un poco de aire y fumar. Ya en la calle, con conversación en curso y cigarrillo a medias, escuché una voz que me llamaba de manera enérgica. Era Chiara, otra de mis mejores amigas, de aquellas que pensaban que entre Karen y yo sucedía algo.
—¡Ven ahora mismo! —escuché decir a Chiara, quien me miraba con una mezcla de celos de amiga y estragos del alcohol.
Por un momento, ambas cruzaron miradas cargadas de odio, de esas en las que uno no debería estar en medio y era justo el lugar en el que me encontraba.
—Chiara, estoy conversando con Karen. Luego hablamos —respondí.
Eso la enfureció aún más y en un tono prepotente volvió a arremeter con un: «¡Ven aquí! ¡Ahora mismo!».
Si bien era una situación atípica, guardé una serenidad envidiable y repliqué con el mismo argumento.
—No voy a dejar a Karen parada aquí sola. Después hablamos.
Ella entendió que yo no me movería ni un milímetro, volteó y entró al bar muy molesta.
—Está bien lo que hiciste, tú me dejabas y no volvías a verme jamás —afirmó Karen.
No sé si fui pertinente, pero le aclaré que hubiera hecho lo mismo si la situación fuera inversa. Luego comentamos la escena que acababa de suceder. Me iba dando cuenta de que la noche ya tenía algunas anécdotas triviales que contar y la hacían un tanto diferente.
Ingresamos nuevamente, Karen se perdió entre nuestros amigos. Atravesaba el salón cuando me encontré a Chiara. Con un gesto que evidenciaba su disgusto y embriaguez, balbuceó: «¡Estoy molesta contigo!».
Solo atiné a sonreír e intenté abrazarla.
—Ya olvídate. ¿Pretendías que la dejara sola? No haría eso contigo; además, Karen solo es mi amiga, tiene novio —repliqué.
Esta vez fue Chiara la que sonrió, involuntariamente, como queriendo mantener su enojo, pero antes de que reaccione la animé a bailar. Por extraño que parezca, nunca lo habíamos hecho y menos, con algunos tragos encima.
Mis gestos se trastocaron al verla ejecutando pasos muy sensuales. Probablemente pensaba que Karen nos estaba observando.
—¿Cómo quieres que te baile? ¿Sensual o tranquila? —me susurró al oído.
Debía escoger una sola opción, así que le dije: «De la manera más desenfrenada que puedas».
Chiara empezó a bailar muy provocativa, avanzando hacia mí y jugando con su hermoso cabello negro. No contenta con eso, se dirigía a mis labios con una profunda mirada. La distancia se redujo a poco más de un par de centímetros, pero yo no podía ceder. Un movimiento suyo nos dejó a milímetros de distancia. Asumiendo que muchos amigos estaban viendo la escena, moví el pie con lentitud hacia atrás. Justo una décima de segundo antes de consumar mi retroceso, ella volteó la cara y dijo: «¡No puedo!». El alivio volvió a mi rostro. «¡Lo sabía! ¡Te conozco!», le dije. Debo confesar, que nunca más la vi como solo como una amiga.
Cuando regresábamos a la mesa, apareció Karen como un haz de luz tomándome de la mano. «Acompáñame a la barra», agregó.
—¿Dónde te habías metido? Gracias por rescatarme. ¿Viste lo que estaba pasando? —le pregunté.
—Yo no vi nada—respondió tajante. Sabiduría de mujer, le dicen.
Esa noche ya no era una más. Quería tranquilidad, así que me dispuse a conversar y beber una cerveza. A la pista de baile ya no me acercaría ni loco.
Cuando intentaba terminar la jornada en paz, sucedió algo que cambiaría mi vida, para siempre.
Algunas personas me llamaron desde una mesa al fondo del bar, apenas los distinguía. Ya acercándome, me percaté de que eran unos buenos amigos a los que no había saludado aún.
Había una chica con ellos, alguien a quien nunca había visto. Me intrigaba conocerla. Notaba un cabello castaño y una vestimenta sencilla; es decir, no buscaba provocar, pero se veía bien.
Uno a uno nos íbamos saludando, pero al llegar a ella quedé petrificado por dentro y sonriente por fuera. No era posible reproducir con palabras lo que sentí en esos momentos, pero mientras me decían «te presento a Zoe» esas cuatro palabras parecían durar cuatro minutos.
En ese aparente lapso de tiempo pude apreciar una mirada tierna y una sonrisa angelical, enmarcadas en la perfección de su rostro, brillaba en la oscuridad. Todo se me quedó grabado.
Definitivamente, era otra clase de chica, una especie en extinción, un ser irreal que había bajado del mismo cielo. Con solo una sonrisa borró de mi mente las miradas, escotes, faldas y todo lo que mi memoria había registrado hasta ese momento. Ella era una mujer para hablarle con el corazón.
No perdí la oportunidad y me senté a su lado, tan cerca que no podía asimilar su belleza; sentía que quería controlarla, adueñarme de ella, como si tal deseo fuera lógicamente posible, aunque solo fuera una metáfora.
Traté de recuperarme. No sé si puse cara de idiota, pero por dentro, me sentía así. Luego de unos interminables segundos, en los que no recuerdo qué habíamos dicho, Zoe me comentó que mis amigos le habían hablado bien de mí. Recién en ese momento noté una inocente pero evidente muestra de interés.
Si alguna vez en la vida ha existido una mirada que diga «me gustas», era precisamente la que me estaba dando. Puede que me equivocara y todo fuera fruto de mi imaginación, pero en ese momento, en ese instante, estaba convencido de que era verdad y eso me ayudó a sentirme más seguro de cara a lo que tenía que hacer. Sin embargo, me compliqué pensando que movimientos, miradas o acciones efectuar, no podría enlazar mis ideas. Luego advertí que, mostrándome tal como era, lo estaba haciendo bien.
No lo forzaba, todo fluía, a tal punto que el resto no existía. Estábamos ella y yo charlando, contemplándonos y sonriendo. Zoe no era coqueta, pero la química y la mirada decían mucho más que mil palabras o dos mil posturas. Sin darnos cuenta, nuestros hombros, al igual que nuestras piernas, ya estaban rozándose de manera involuntaria siguiendo la ley de la atracción.
No era importante lo que decíamos. Era mover los labios casi sin escucharnos, como si fuera un pretexto para estar cerca, mirándonos.
Capítulo 2
Dilema
Quisimos atenuar la situación y nos integramos a la charla grupal. Karen, desde otra mesa, me hizo gestos para que me acercara. No sé por qué, pero lo hice. Sí, suena como algo estúpido. Me disculpé con los chicos y con Zoe, aunque con la intención de volver pronto, y me fui.
Creo que los hombres no estamos preparados para el momento en el que conocemos a una chica diferente. Nos volvemos idiotas. Luego de conversaciones triviales sentí la inmediata necesidad de regresar con Zoe. Era algo inexplicable, era magnetismo o como quieran llamarlo. A veces pienso que me separé de ella por un instinto de supervivencia, era demasiado peligroso sentir algo tan fuerte por una chica a la que había visto por primera vez; pero la historia recién estaba empezando, y yo, no me imaginaba lo que me depararía el destino.
Cuando regresaba por Zoe, la oscuridad del bar había apagado el brillo de esa mesa. Se había marchado. Mis amigos, al ver mi cara de desconsuelo, que en vano trataba de disimular, comentaron que era muy buena chica. Yo asentí, intentando retener un suspiro.
La noche había culminado para mí, aun así, la fuerza de las masas hizo que terminara en otro lugar y a pesar de que eran los mismos amigos, un bar similar, la misma música y las mismas cervezas, yo ya no era el mismo. ¿Dónde estaba Zoe? ¿Por qué no me había quedado con ella?, repetía una voz en mi cabeza, para luego, en un intento de sensatez, preguntarme quién era esa chica y si la volvería a ver.
Está de más decir que me acosté y me levanté pensando en ella. En la noche había visualizado su mirada en medio de mis ojos, y al abrirlos en la mañana, tenía la misma imagen. ¿Quién era esa chica? ¡Tenía que averiguarlo!
Esa tarde llamé al amigo que me la presentó, y, entre conversación y conversación, llegamos al tema de Zoe. Esperaba escuchar que era guapa, linda, un «¿te gustó?», pero solo escuché una frase:
«Se va a casar».
Sentí que corría agua helada por mis venas, pero mantuve el tono de voz mientras seguía de pie.
—Ah, ¡qué bien! ¿Cuándo? —pregunté.
—En unos meses.
Pensé que iba a desfallecer, que mi pecho iba a quebrarse como un vidrio o que sentiría el típico vacío del alma, pero no fue así. Inmediatamente mi conciencia primó y, antes de percibir cualquier dolor, mis paradigmas mezclados con valores tomaron el control y descartaron cualquier sentimiento por una chica comprometida y que seguramente era muy feliz.
Pretendí creer que estaba excluida de mi vida. Pretendí.
Pasaron los segundos, las horas, los días, las personas, los lugares, los amigos, las amigas, la familia y ya no pensaba en Zoe, solo la recordaba esporádicamente.
Si bien nos habíamos atraído y sentimos una química muy fuerte, siempre critiqué el hecho de aprovecharse de una chica buena, tranquila. Mucho más condenatorio era siquiera pensar en destruir un futuro matrimonio o una relación.
Fue así como, un día cualquiera en mi vida, llegué a un bar para despedir a un amigo que viajaría por varios meses a otro país. No conocía a todos, pero no me costó mucho esfuerzo integrarme al grupo.
Cuando estaba conversando y bebiendo algo, miré hacia la puerta y ¡entró Zoe!
Estaba con un vestido azul muy sobrio y elegante. Sin duda era de otro planeta, de otra estrella, de otra galaxia. No digo que no hubiera chicas muy bonitas por ahí, pero ella era más que una chica bonita, era un ángel. Simplemente brillaba.
Cuando nos cruzamos —me había quedado petrificado con una cerveza en la mano— me puse tan nervioso que cometí la estupidez de decirle: «Hola, ¿por qué tan formal?».
Quería que la tierra me tragara, era obvio que mi supuesto halago la incomodó, pero traté de manejar la situación agregando que estaba preciosa. Una reconfortante sonrisa suya me hizo dar cuenta de que no había estropeado la situación del todo y luego su mirada me confirmó que le agradaba verme.
Cómo describir lo que sucedió después. Nos sentamos juntos, estábamos casi pegados. Su hombro estaba apoyado en el mío y, sin querer, su brazo descansaba entre nuestras piernas. Fue una ocasión sublime. Nos mirábamos, sonreíamos, conversábamos de todo, como si el resto del universo fuera un huracán girando y nosotros estuviéramos en el medio sin sentir ni una brisa.
No sé cuántas personas estaban al inicio cuando me senté a su lado, pero al cabo de unas horas no quedaba nadie, no existía nadie, no me preocupaba el lugar, no escuchaba la música, no tenía sabor mi bebida. Nada. Todos mis sentidos estaban en mi vista, en verla sonriéndome con ese brillo en sus ojos que decían «lo mismo que te está pasando a ti, me pasa a mí». Ni siquiera se quebró ese momento cuando me dijo que estaba de novia, porque sus labios pronunciaron esas palabras, pero su mirada llevaba otra connotación. Su sonrisa era inmensa. Ella era feliz conmigo en ese instante, al igual que yo.
No tengo idea de cuánto tiempo pasó, pero ya tenía que irse. Si bien me ofrecí a acompañarla, un ademán entre ambos dejó en claro que no era pertinente hacerlo, pero esta vez, de alguna forma, nos comunicaríamos de nuevo.
Volvió a terminar mi noche, a pesar de que me quedé en el bar varias horas más. No importaron las largas charlas con los amigos. Mi mirada y mi cara de idiota dejaban en claro que estaba en Zoelandia y no en el bar aquel.
Llegué a casa y traté de dormir. La cabeza me daba vueltas por el licor, me había excedido. Veía triple, pero estaba bien, así veía a Zoe tres veces frente a mí.
No sé cómo, pero pude conciliar el sueño, todo para que al día siguiente despertara pensando en ella, sin saber si la llamaba o la dejaba seguir su vida.
Capítulo 3
Guerra
Recapacité y decidí no comunicarme con Zoe. A veces me preguntaba, como si fuera alguien externo, ¿qué harías en mi lugar? Obviamente la sensatez me decía que la dejara seguir su camino, pero un camuflado instinto protector me llevaba a preocuparme por ella, a querer volver a verla para saber si estaba bien, o por lo menos, escucharla. Pero, cuando regresaba a mi cuerpo y el razonamiento se esfumaba, deseaba estar a su lado. El pretexto era que, probablemente no pasaría de ser un amigo que intentara brindarle momentos de felicidad, pero ese cuento no se lo creía nadie, ni yo mismo. Nada te segura nada ¿recuerdas? En ocasiones, las mejores o peores decisiones se han tomado dando un salto de fe. No es lo ideal, pero es peor quedarse quieto sin hacer nada viendo cómo se pasa la vida mientras otros la viven y tú eres solo un espectador.
Debo confesar algo. No había dejado del todo atrás la timidez e inseguridad de mis épocas de adolescente. Cuando me entusiasmaba con alguna chica solía volverme torpe o «inocente» y no notaba las señales de correspondencia. Lo que era peor, la idealizaba al punto que podía ir a 100 km por hora antes de que siquiera aconteciera el primer beso. Al final, por lo general, terminaba estrellado entre mis errores y laberintos, desilusionado, aunque la otra persona ni lo haya notado.
De un tiempo a esta parte, había decidido no involucrar sentimientos y tener solo citas casuales. Sin querer, esto me puso en una situación ventajosa, ya que no me preocupaba por un «mañana» con mis «citas» ocasionales, tampoco es que tuviera demasiadas, pero no me podía quejar. Sencillamente no me complicaba la vida pensando en las virtudes o defectos de la persona que me acompañaba. No necesitaba evitar ser tímido o torpe, si la situación se daba «bien» y si no, seguía charlando con mis amigos con cerveza en mano, no había drama.
Pero todo mi artefacto se estaba desencajando por Zoe. No sabía si esto sucedía porque ella era una chica diferente o si toda esa maquinaria era solo un escudo que protegía mi desnudez y en el fondo, quería encontrar a la persona que estaba buscando inconscientemente.
Cansado de dar vueltas, como si llevara por dentro combustible y hubiera caído sobre este una cerilla encendida, mis dedos rápidamente escribieron «hola» y así fue como le envié un mensaje. Luego de unos segundos interminables, llegó su respuesta.
—Hola, ¿qué tal?
—Todo bien, ¿y tú?
—Bien, bien, con mucho trabajo.
—Me encantó verte de nuevo.
—A mí también.
Así transcurrió toda la mañana, escribiendo acerca de lo lindo que lo habíamos pasado en el bar, lo que hablamos y lo sorprendidos que estábamos por la química entre ambos. Si bien no la veía, me imaginaba su mirada y su sonrisa, como si, a pesar de la frialdad de un mensaje, tuviéramos el mismo tipo de interacción que en persona. ¡No!, en vivo era otra cosa, ¡era otro universo!
Las personas que trabajaban conmigo volteaban a mirarme, sonreía sin razón como un demente. Ni siquiera imaginaban los mil latidos de mi corazón cada vez que llegaba un nuevo mensaje de Zoe.
De esa manera pasó el día, un día en el que solo esperaba sus respuestas, como si fueran la leña que mantenía la caldera de mi corazón encendida. A veces eran un simple «ja, ja», pero hasta las más triviales eran hermosas. Solo importaba saber que estaba ahí, al otro lado, mostrando el mismo interés que yo.
Poco antes de que llegue la noche le pregunté —inocentemente— si uno de estos días podía invitarla a almorzar y me dijo: «¡Sí, está bien!». Aunque ella aún no lo supiera, me refería al día siguiente. Haría hasta lo imposible por verla.
De mañana, me puse mi mejor camisa y un buen perfume. Fui a trabajar bien peinado y afeitado, cual chiquillo emocionado por su primera cita. Salí de la oficina al mediodía aprovechando que iba a hacer unos trámites cerca del lugar donde ella trabajaba. A medida que me iba acercando me puse muy nervioso, como si nunca hubiera hablado siquiera con un ser humano del género opuesto.
Llegué y percibí que las oficinas estaban divididas por vidrios. Se podía apreciar casi todo el interior. Alcancé a ver a un grupo de gente sentada en sus escritorios y la encontré. Podría haber pasado el resto de mi vida contemplándola. Estaba de perfil, con una blusa de flores que no podía quedarle tan bien a nadie más en este mundo; llevaba el cabello recogido y estaba muy concentrada en su trabajo. No me había visto.
Aprovechando que parte de sus tareas era atender citas de negocios, me acerqué simulando ser uno de esos señores importantes con los que seguramente se reunía. Ingresé con un «buenas tardes» e inmediatamente todos los que estaban presentes voltearon a ver quién era «ese sujeto de amigable apariencia». Me crucé con miradas sugerentes, pero yo solo buscaba una, justo aquella que no se había percatado de mi presencia.
Me detuve frente a ella.
—Hola —dije en tono coqueto. Levantó la mirada y se sorprendió.
—Hola, ¿cómo estás?
Nunca contesté ya que inmediatamente me acerqué a su oído y le susurré: «¿Almorzamos?».
—¡Sí!
—Te espero en el lobby.
Salí de su oficina con mucha seguridad. Sabía que se ponía nerviosa, sabía que algo pasaba. Me sentía tan bien que yo mismo me cegaba con lo que estaba haciendo. Ya fuera por dejar nacer algo por alguien que se iba a casar o por lo que estaba empezando a sentir, Zoe estaba despertando en mí algo incontrolable. Sea como fuere, en ese momento no existía nada más, solo lo que pasaba entre Zoe y yo.
Llegó al lobby y casi no se detuvo; tuve que levantarme y seguir su marcha. Me di cuenta de que, con certeza, sus amigos del trabajo le habían bromeado sobre mi presencia y ella estaba con ganas de salir de allí de inmediato. Subimos a mi auto; ya tenía hasta la música perfecta: unas baladas de Bon Jovi nos acompañaron hasta un buen restaurante con vistas al mar que quedaba cerca.
Nos sentamos, pedimos algo de comer. Yo aprovechaba para mostrarle con la mirada que tenía fuego en mi interior, ella se ponía nerviosa y se sonrojaba. Trataba de ver hacia otro lado.
Entre tantas sonrisas, pláticas y miradas, no pudo contenerse más.
—No me fastidies, ¡ah! —dijo bromeando.
—¿Qué? Yo no estoy haciendo nada — repliqué, sonriendo con más seguridad.
Seguí atacando con mi arsenal de gestos y miradas profundas.
Ella continuó nerviosa.
—Mira, qué bonito el mar —comentó como para esquivar lo que estaba sucediendo en nuestra mesa.
No dejé que eso pasara y agregué:
—Sí, también es bonito.
Y así transcurrió ese encarnizado combate en nuestra mesa; yo lanzando un «¡Dios mío! ¡Te quiero llenar de besos!» con la mirada y Zoe contraatacando simplemente siendo ella, con gestos de niña buena, cada uno más perfecto que el otro. Su voz acompañaba cada reacción de manera ideal, como las gotas de lluvia fresca sobre los pétalos de una rosa. Definitivamente, no sabía cómo, ni de qué manera, pero nos estábamos enamorando o algo así, y digo «algo así» porque era indescriptible.
No sé si por la confianza del momento o porque estábamos formando un nexo, salió el tema de su novio y pensé que todo podría terminar ahí mismo. Cuando empezó a hablar de él, sentí que me estaban lanzando a un abismo cuya profundidad no se veía por la niebla. Sin embargo, Zoe abrió mi paracaídas y me rescató contándome que su relación no iba bien.
Mi sonrisa regresó por arte de su magia y la escuché y escuché. Por primera vez la vi triste, la sentí muy sola, resignada, como si revelara que, aun cuando el noviazgo la iba a llevar al altar, ella no sería feliz.
Pude haberle comentado muchas cosas; no obstante, dada esa primera muestra de confianza, no debía ser muy osado. Solo me animé a decirle que uno siempre debe buscar su felicidad y la de los demás, pero que, si uno la sacrifica por otras personas, al punto de transgredir sus propios límites, llega un momento en el que explota y todo se cae. Cosas de la vida.
Creímos pertinente cambiar de tema. Como por telepatía, volvimos a las sonrisas, a las miradas, a la «guerra», pero fue una batalla memorable en la historia, ya que los dos perdimos y ganamos.
Ella perdió sus defensas, porque yo gané sus sonrisas; pero el costo de hacerlo fue que yo perdí mi corazón y ella se lo había ganado.
Capítulo 4
Te extraño poquito
Los días transcurrían y el sonido de un nuevo mensaje dejó de ser desesperante para convertirse en una melodía celestial. Todo el día nos comunicábamos; ya no me sentía solo, ella tampoco; éramos felices con algo tan simple.
Cada vez que podíamos almorzábamos juntos. Decir que solo seguíamos con miradas, sonrisas y nerviosismo suena a que no avanzábamos nada, pero era todo lo contrario. Sentíamos que nuestras almas se trasladaban al cuerpo del otro. Era como un amor en blanco y negro, como un romance a la antigua en tiempos modernos. No nos desesperábamos, íbamos hacia adelante como si nos quedaran más vidas que a un gato.
Recuerdo que le pregunté si me extrañaba y me respondió sonriendo: «Un poquito». Al mismo tiempo, sus ojos me decían: «Más de lo que te imaginas». Sin embargo, no llegaba la supuesta «cita» entre los dos; ella vivía con su novio y no podía «escaparse» de noche con facilidad.
Un día, entre tanta charla, volvimos a tocar ese tema; de inmediato, sus gestos, el brillo de sus ojos y toda esa hermosa e interminable sonrisa desaparecieron. Aunque lo evitábamos, era algo de lo que debíamos hablar.
Me comentó que se sentía muy sola. Su novio salía a trabajar muy temprano y regresaba tan tarde que ella ya estaba durmiendo. Los sábados él llevaba trabajo a casa y los domingos se iba a visitar a su familia, quienes, por cierto, no se llevaban bien con ella.
Obviamente no podía ser imparcial con mis comentarios, por lo que siempre repetía que uno debía buscar la felicidad y a nadie le ponían una pistola en la cabeza para quedarse atado a alguien, más aún si este «alguien» no le daba el valor debido.
—¿Y por qué no lo dejas? —le pregunté.
Por un segundo pensé que podría cuestionar mi atrevimiento; un sentimiento de angustia y miedo recorrió su cuerpo.
—No es fácil, a veces lo he pensado —contestó—. Alguna vez se lo he dicho, pero él se pone mal, me da pena. Después de todo no me ha hecho algo malo para que lo deje, me da miedo hacerlo. Si bien mi intención no era ser yo quien terminara su relación, consideraba que, si realmente lo hubiera amado, habría respondido a mi pregunta con un «¡porque lo amo!», pero no fue así.
Su respuesta fue de sacrificio, de resignación. Por otro lado, yo pensaba que en la vida el amor era lo más importante, así que eso me alentó a seguir frecuentándola en vez de detenerme.
Regresando a su oficina, luego de uno de nuestros memorables almuerzos, le pregunté otra vez si me extrañaría, ya que venía un fin de semana en el que no nos íbamos a ver. Ella puso su mano a la altura de sus ojos y, casi juntando el índice con el pulgar, me dijo:
«Un poquito», mientras sonreía, así que afirmé: «Esta vez me vas a extrañar mucho». Luego de eso nos despedimos.
Llegó el sábado por la noche y yo no lo estaba disfrutando mucho. Antes salía con mis amigos a diversos lugares; ahora, cuando estaba con ellos, extrañaba a Zoe. Lo peor es que sabía que estaba con él, aunque tenía la relativa tranquilidad de que casi ni la miraba. La situación se estaba saliendo de control. Ya no solo la extrañaba, me moría por verla.
El domingo, como era usual, cogí el carro, compré unos postres y partí hacia la casa de mis padres a tomar un café con ellos. Cuando estaba a pocos minutos de llegar, un mensaje hizo que me estacione para verlo, pues podía ser de Zoe.
Desesperadamente vi el mensaje. ¡Era ella! Decía: «Tenías razón». Por un momento pensé que se refería a su relación y que estaba aflorando la valentía de enfrentar eso, pero luego llegó otro mensaje: «Te extraño mucho».
Inmediatamente la llamé.
—¿Dónde estás?
—Por la plaza, en la casa de mis padres.
—Yo estoy cerca, visitando a unos familiares.
—Voy por ti.
No era una pregunta, sino una afirmación y, gracias a Dios, me respondió:
—Nos encontramos allí.
Llegué, salí del auto, me apoyé en este y encendí un cigarrillo. No pasó mucho tiempo hasta que apareció en una esquina un ser de luz. Era ella. Caminaba hacia mí sonriendo, aunque agachando un poco la cabeza. Era otro de esos momentos en los que hubiera querido detener el tiempo y verla solo avanzar y avanzar hacia mí, haciendo interminable ese episodio. Un «hola» me hizo despertar y un «¿me extrañaste mucho?» produjo que ella se sonrojara.
Abrí la puerta del auto y partimos sin destino. Me dijo que no tenía mucho tiempo, por lo que descarté varias ideas que se me pasaban por la mente. Casi sin querer, estaba a pocas cuadras de la casa de mis padres, así que llamé a mi madre y le pregunté: «¿Puedo invitar a una amiga a tomar café con nosotros?». Ella, como siempre, respondió: «¡Claro que sí!».
Llegamos y cuando detuve el auto, Zoe recién entendió lo que estaba sucediendo.
—¿Vamos a tomar café con tus padres? —preguntó nerviosa.
—Sí—Respondí seguro y relajado.
Creo que eso la hizo sentir algo más tranquila.
Capítulo 5
Brillo en los ojos
Abrí la puerta del coche. No necesité empujones para hacerla avanzar, pero su paso era lento y con una sonrisa indescifrable.
Toqué el timbre de la casa, mi padre apareció y sus nervios se tranquilizaron un poco cuando la saludó con un alegre «hola». Los presenté y el ambiente se tornaba más relajado para ella. Luego salió mi madre y con un «hola hijita» calmó aún más las aguas.
Nos sentamos en la sala para charlar. Estábamos juntos, casi en la misma posición formal, parecía la típica visita a casa de los padres con la novia. Creo que ambos lucíamos un poco nerviosos. Estaba con ella en el lugar donde había vivido casi toda mi vida.
Una mirada arrulladora de mi madre y las bromas de mi padre encaminaron a que todo transcurriera de maravilla, así Zoe se soltó un poco y empezamos a conversar con más fluidez. Risas iban, risas venían, ella no acaparaba la conversación ni pretendía ser el centro de atención, pero noté que se los había ganado y creo que a ella le encantaron. Llegó el café. Si bien Zoe no había entrado totalmente en confianza, era la dosis perfecta para ese momento.
Mi madre no dejaba de mirarla y sonreír. Ella siempre fue muy perceptiva conmigo, al punto de preguntarme algunas veces de manera sutil si estaba enamorado o de interrogarme simplemente con un «¿todo bien?».
Hace muchos años, cuando le presenté a una chica con la que estaba saliendo, ella a solas me reveló: «Es muy bonita, pero no veo ese brillo en tus ojos».
Así era mi madre; me apoyaba en mis decisiones, al igual que mi padre, pero el vínculo maternal hacía que viera más allá de lo evidente y, en este caso, había visto que nos estábamos enamorando y le agradaba la idea.
Ya se estaba haciendo un poco tarde, y por eso, nos despedimos.
—Chau, hijita, vuelve pronto—Dijo mi madre.
Cuando volteamos, nos miraron como si nos estuvieran felicitando tácitamente. Creo que los dos salimos de ahí con ese gustito de haber conseguido un logro.
La intensidad de los momentos que pasábamos juntos hacía olvidar el entorno que nos rodeaba, y a medida que nos íbamos involucrando más, comenzaba a apretarnos.
Ya en el auto, Zoe comentó: «¡Qué lindos tus padres!».
No quise agregar, para no arruinar el momento, que muchas personas en general me habían dicho eso, pero sí me pareció más acertado decirle la verdad: «¡Les encantaste!». Su sonrisa fue interminable.
Puede sonar fuera de contexto, pero parecía que éramos unos jóvenes ilusionándose, de esos que no tienen cuentas que pagar, ni que trabajar para mantenerse, o que no viven preocupados. Todo sonaba a cuento de hadas, todo estaba en las nubes. No existía nada más… hasta que me dijo: «¡Dejé mi teléfono móvil en casa de mis padres! ¿Y si él me llama?».
Entonces le di el mío y llamó al teléfono fijo de la casa, no contestaban. Empezó a ponerse nerviosa y me lo devolvió. ¿Qué podría pasar si llamaba su novio o su madre se comunicaba? ¿Qué le diría?
Pensé que tal vez su móvil podía estar en su cartera. La llamé desde el mío y me contestó una señora.
Era su madre.
Le pasé inmediatamente el teléfono a Zoe.
—Aló, mamá, ¡soy yo, Zoe! ¿Dónde está mi móvil? Ella pensaba que yo había llamado nuevamente a su casa.
—¿De dónde crees que te estoy contestando?
Fue ahí cuando Zoe recién se dio cuenta y nos empezamos a reír hasta que colgó y me miró.
—¿Ahora? ¡En mi móvil debe haber aparecido tu nombre cuando llamaste! Mi madre se preguntará: «¿Quién es ese tal Sebas que está con mi hija?».
Más que preocuparnos, nos reímos. No éramos consecuentes, no estábamos afligidos, nuestras miradas otra vez nos estaban llevando fuera de este mundo.
Conduje y llegué a pocos metros antes del hogar de sus padres. Al despedirnos, se detuvo, respiró profundo. Hemos oído del cliché que decreta «Se puede decir mucho con la mirada». Ella lo hizo con creces. No me había dicho “mucho”, me lo había dicho «todo»; ni más ni menos, en la proporción justa.
Seguí manejando hacia mi casa y me sentía como aquel adolescente que declaró su amor y fue correspondido. Si recordaba que Zoe se iba a casar, me dolía en el alma, pero ni siquiera intenté evitar pensar en eso. Su mirada y su sonrisa eran tan amplias para mis sentidos que veía el cielo lleno de estrellas; no había espacio para pensar en nada más.
Capítulo 6
Sola
Transcurrían los días y ya era inevitable. El pecho me iba a explotar. Llevaba un sentimiento tan grande que mi cuerpo no lo podía contener. Mi corazón hacía lo imposible para que no se me escapara ni un poquito.
Teníamos que vernos, vernos de verdad, salir una noche sin la presión del tiempo, como si fuéramos dos enamorados, aunque tal vez nunca pudiéramos serlo.
Insistir no se contaba dentro de mis habilidades. No me gustaba hacerlo, pero, a sabiendas de que para ella el poder «escaparse» de noche era toda una odisea, insistí e insistí, y cuando pensé que iba a cansarla, me dijo:
«Ok, el viernes en la noche nos vemos».
No recuerdo cuándo me respondió, no sé si fue lunes y faltaban cuatro días, o si fue un jueves y faltaba solo uno. Lo único que sabía era que llegar al viernes se me haría eterno. ¡Quería que pase el tiempo ya!
Vivía como un robot, en piloto automático, solo quería que transcurrieran las horas sin dejarme nada. Al mismo tiempo, un sentimiento de angustia me desestabilizaba. Tal vez, estaba idealizando el hecho de que por fin tendríamos una cita, la cual podría cancelar unas horas antes.
Era en esos momentos que comprendía que dependíamos de él, que ella no era libre, que no era un juego… que yo era el «otro». Por primera vez todo empezó a dolerme, pero no por lo que estábamos haciendo, aún no era tan consciente, sino porque era probable que ella no pudiera salir conmigo… por él.
Entre dilemas llegó el viernes. Lo había esperado tanto y ¡ahora entraba en pánico! Después de haber vivido días interminables, las horas se convirtieron en infinitas, como si estuvieran en un reloj de arena y tuviera que pasar por este todo el Sahara. Fue en esa espera que recibí un nuevo mensaje. Era Zoe, decía: «Nos vemos a las ocho en la pileta».
¡Por fin! ¡Podría salir! ¡Tenía una cita con ella! No puedo describir lo feliz que estaba, pero, casi al mismo tiempo, la preocupación me anegaba. ¿Y si a última hora no se aparecía? Cada vez se hacía más constante ese sentimiento paralelo, esa ambigüedad: feliz como nunca pero angustiado.
Me dirigí hacia la pileta, estacioné el auto cerca y la llamé por teléfono.
—¿En qué parte de la pileta estás? —pregunté.
—Por el lado de los bares —respondió.
Caminé apurado con las manos dentro de los bolsillos de mi saco largo. Simplemente quería separar a toda la gente, cual Moisés con las aguas, para llegar a mi destino.
Estaba parada ahí, casi de perfil, preciosa como siempre, vestida con una sobriedad elegante, pero esta vez no encontré ni la sonrisa ni la mirada que me elevaban al cielo. Estaba nerviosa de que nos vieran y eso me hacía retroceder. Para qué seguir enamorándome de Zoe si ella se iba a casar, no era libre. Tenía que regresar todas las noches a dormir a la misma cama con él. Iba pensando todo eso a medida que caminábamos hacia mi auto. Le abrí la puerta y, ya en el interior, me miró y sonrió más tranquila, ¡como antes! Nuevamente había lanzado el salvavidas en el momento preciso.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó con su voz de niña.
—Es una sorpresa.
Llegamos a un restaurante muy bonito, con un ambiente acogedor y comida exquisita. Recordaba que, apenas unas semanas atrás, mi primo Antonio me había enseñado ese lugar y en mi memoria quedó grabado lo que me dijo: «Si quieres impresionar a una chica, no a cualquier chica, tráela a aquí». Y ahí estaba yo, con la chica a quien quería impresionar, o por lo menos agradar.
Nos sentamos frente a frente. Ella estaba exponiéndose delante de mí con absoluta inocencia, como si no supiera que su belleza empezaba a dolerme. Con mucha seguridad tomé la carta de vinos, un tempranillo sería el maridaje perfecto para la cena y dos platos de la especialidad de la casa nos acompañarían en esa noche.
El mozo trajo el vino, le sugerí catarlo a ella. Un ¡salud!, choque de copas, una sonrisa, una mirada y ninguna foto para el recuerdo, otro de los costos de lo prohibido.
Conversamos y conversamos. Obviamente nuestros cuerpos estaban presentes, pero más parecía que estuvieran haciendo un rito de mover los labios mientras nuestras almas flotaban encima nuestro, abrazándose y mirándose.
Zoe abordó el tema de su novio y me hizo despertar del paraíso. Cambió de rostro, se borró el brillo que tenía. Esta vez quería hablar más.
—Me siento muy sola en mi casa. A veces trato de hacer algo para distraerme o le digo a mi madre que me visite y me acompañe. Él tiene un problema, todo lo ve trabajo, de lunes a viernes sale temprano, antes de que yo despierte, y regresa a la medianoche cuando yo ya estoy durmiendo. Los sábados se pone a trabajar solo en la sala, por insistencia mía me acompaña a algún lugar y ese día terminamos peleando. Le gusta tomar y a veces se excede en tragos. Y el domingo, que sería el día libre de la semana, se va a casa de sus padres a pasarla con ellos, con quienes, por cierto, no tengo una buena relación.
Mientras hablaba y hablaba, conocí a la otra Zoe: una chica angustiada, preocupada, nerviosa. Abrumada por la situación, resignada, sin fuerzas para reaccionar. Su rostro no brillaba, era más bien pálido, frío y, por momentos, parecía que iba a llorar.
—Eso de quedarse hasta la medianoche en el trabajo… ¿tú le crees? —le comenté de manera suspicaz.
Ella sonrió, pero con una sonrisa quebradiza, como si le doliera pensar en eso, como si quisiera descartar esa posibilidad que yo veía consistente y que ella quería negar.
—No, él no es así —replicó—. En realidad, él no es muy guapo y es tranquilo.
—Pero al margen de que te sientas sola —respondí—, ¿no te da calidad de tiempo cuando se ven?
Zoe otra vez se derrumbó. La frontera entre ayudarla a desfogarse o hacer leña del árbol caído era ínfima en ese momento.
—Él no me toca, no me dice que me ama, no me dice que me quiere… Por eso me siento sola.
La pregunta que iba a hacer caía por su propio peso. Esta vez no había guerra de miradas entre nosotros. Ella estaba desconsolada, encogida, llorando por dentro, y yo, preocupado, con ganas de abrazarla con mi alma.
—¿Y por qué no lo dejas? —le pregunté.
—Es que no es fácil, él me adora, me da la estabilidad de una relación formal. Hemos vivido varias cosas, me ha apoyado en momentos difíciles, me daría pena… Yo no podría hacerle eso.
Está de más decir que con esas palabras el árbol caído y en llamas era yo. Sentí un profundo vacío en el pecho, como si Zoe hubiera terminado con mis esperanzas e ilusiones de raíz. Después de todo, ¿qué compromiso tenía conmigo si ni siquiera nos habíamos besado alguna vez, si no estaba escrito y firmado en un papel lo que tantas miradas se habían dicho?
Sentí en Zoe resignación y falta de valentía, que no juzgué, pero que parecían ahogarla, como si todo esto estuviera matándola poco a poco, tan lentamente que no pudiera reaccionar o darse cuenta. Su luz se iría apagando y de cierta forma, ella lo sabía, pero no hacía nada al respecto, esperando a que, por arte de magia, las cosas pudieran mejorar.
¿Podría yo embarcarme a rescatarla o terminaría ahogado antes que ella? Yo venía de una relación anterior en la que sentía que me hundía en el mar y que cada vez que quería salir a la superficie, alguien desde un bote empujaba con su mano mi cabeza hacia abajo, dejándome apenas medio segundo para tomar un poco de aire y así, hacerme morir lentamente, como si la única opción fuera rendirse y no luchar, pero tuve la valentía de salir. No fue fácil tomar esa decisión, hasta que me percaté que era mi felicidad y mi vida las que estaban en juego.
Cuando uno está ahogándose piensa que todo es difícil, imposible. Darse por vencido es más sencillo. Sin embargo, una vez que sales con fuerza y decisión a la superficie, todo cambia. Inhalas aire fresco en tus pulmones, te haces fuerte. Sobrevives. Luego aprecias la inmensidad del mar, un mar que asusta, pero que puedes recorrerlo escogiendo la dirección que deseas sin rendirle cuentas a nadie.
Intenté plasmar esas ideas en mi conversación con Zoe, pero no funcionó: o yo no estaba inspirado, o sus palabras me habían quitado fuerza, o simplemente ella no reaccionaba.
Solo opté por recalcarle que el verdadero objetivo de la vida es ser feliz. Si bien uno tiene una reserva de energía en el alma y puede echar mano de ella para ayudar a los demás, no es saludable excederse más allá de sus propias capacidades. Visto de otro modo, eventualmente puedes «sacrificarte» por las personas que amas, después de todo, la parte que sacrificaste te sería compensada de otra manera. No lo veas como interés, sino como equilibrio.
El problema de esa teoría radica en las personas que absorben tu energía, que se acostumbran a que les des más y más. Esas personas que se acomodan y no mueven un dedo por ti. Lo que conlleva a que tus reservas de energía o felicidad se vayan agotando y era eso lo que se notaba en el rostro de Zoe.
Una vez que desciendes más allá de tu límite de emergencia, explotarás de alguna manera. Ya en ese punto no hay conformismo, solo hay supervivencia.
Sea como fuere, en su frente solo veía proyectadas las palabras «miedo», «resignación» y «soledad», y sentía que se estaban tatuando en su piel sin que me permitiera hacer nada para evitarlo. Cuando yo quería atacar su «soledad» para proponerle ser el que la acompañe, salía el «miedo» a arriesgar; y cuando yo atacaba su «miedo», inspirándole confianza, salía su «resignación» a decirle que ya tenía algo no tan bueno pero seguro, y cuando quería enfrentar su «resignación» para decirle que luche por sus sueños, su «soledad» reaccionaba y le quitaba las fuerzas. Y si yo quería volver a enfrentar su «soledad», esperando que su «miedo» también de pelea, era su «resignación» la que salía al frente diciéndole que siga sola, que ya su vida era así.
Vi a Zoe sin impulsos. Para ella, más fácil que ver la realidad, era pretender que todo no estaba «tan mal». Para ella era más fácil tener algo «no tal malo» que arriesgar todo por su felicidad. Para ella era más fácil quedarse con lo que «ya tenía» y descartarme en el intento.
Esa primera cita no debía arruinarse. Pasé un sorbo de vino por mi garganta con mucha dificultad, ya que el nudo que tenía por el desasosiego hizo que me doliera; ensayé mi mejor sonrisa y proseguí con algún tema trivial. Al poco tiempo, Zoe sonreía nuevamente y empecé a recuperar el brillo de sus ojos.
¿Sería que mi misión era hacerla feliz? Yo encantado y ella lo disfrutaba, ¡no se imaginan cuánto! Parecía que solo lo era conmigo, pero todo esto que estaba cediendo o sacrificando ¿sería sostenible? ¿Ella me lo compensaría? Y digo «sacrificando» porque lo más probable era que Zoe no dejaría a su novio y cada noche que dormía en su cama, pasó de ser de un hecho aislado, a ser un golpe directo al corazón.
Tanto me oponía a que ella relegara su felicidad por la de él y sin embargo yo estaba dispuesto a hacer lo mismo por ella. En esos momentos no podía hilvanar bien mi realidad. Confundía la ilusión incoherente de mi corazón como si fueran las palabras sabias de mi razón. ¿A quién no le ha sucedido? A mí me estaba sucediendo.
Al margen de todo, la cena estuvo divina; terminamos riendo y la llevé cerca de su casa, ahí nos despedimos. Por dentro, mi lado pensante me decía que Zoe no significaba mi felicidad.
No sabía si ella quería que la hiciera feliz por el resto de su vida.
Capítulo 7
Inofensivo
Al día siguiente desperté imaginándola —para variar—, pero ahora sí le hacía caso al entorno; es decir, ya me empezaba a afectar esta «relación». Era el momento de decidir si paraba todo o exploraba un poco más.
Volví a escuchar el sonido de un nuevo mensaje. Corrí a verlo y me aventé a la cama cual niño desesperado. ¡Era Zoe!, y decía:
«Gracias, ayer lo pasé muy bien. Eres un chico muy lindo, respetuoso e inofensivo».
Al principio me alegré mucho, pero… ¿inofensivo? ¿Cómo debía traducir esa palabra? O sea, respetuoso estaba bien, porque no me atreví a hacer algo indebido, pero «inofensivo» quiere decir que… ¿no hice nada?, ¿ni lo intenté?
No podía quedarme con el rótulo de inofensivo, debía pasar a la ofensiva ¡pero ya!, así que me armé de valor y respondí su mensaje: «¿Inofensivo? ¡Tenía ganas de besarte!».
Una vez enviado el mensaje, ya no había vuelta atrás. No sé si demoró en leerlo o simplemente estaba buscando las palabras correctas.
Por fin llegó su respuesta: «Ah, ¿sí? ¿En qué momento?».
Bajo un impulso de confianza y seguridad, sumado a que me imaginaba una mirada pícara en su rostro —típica de una mujer cuando se siente halagada—, respondí inmediatamente: «En todo momento».
Y con esa declaración debía esperar un nuevo mensaje de Zoe, pero una vez enviado me di cuenta de que no había mucho rango de respuestas precisas. Podía ser un: «Ah, ya, qué bueno», un «qué coqueto eres» o algo que diera por cerrado el tema.
Mientras pensaba, llegó el mensaje que nunca pensé que Zoe sería capaz de enviar: «Y… ¿por qué no lo hiciste?».
¡Mi Dios! Una sonrisa de oreja a oreja invadió mi rostro y luego, dudé por un segundo si era Zoe quien me escribía, ¡lo juro! Ella era mucho más tímida; por mensajes se estaba mostrando más osada que en persona. Y con esa gran frase, me pasó todo el peso de la siguiente respuesta a mí.
De más está decir que en ese momento mi corazón latía a mil. Nuevamente, ya no existía entorno, ya no había complicaciones, éramos ella y yo dejando que todo fluya, ¡todo volvía a ser emocionante! Mi respuesta no demoró tanto y fue también precisa: «¿Y qué hubieras hecho?».
Zoe, muy inteligente, respondió: «Tal vez sí, tal vez no».
Y ese «tal vez no» no podía convertirse en un «no». Tenía que ser claro y directo, tenía que inclinar la balanza a mi favor, tenía que decidir por ella. Tenía que mostrar mucha seguridad y disposición. Ya no podía ser «inofensivo», debía ¡pasar a la ofensiva total! Así que mi respuesta fue: «La próxima vez que te vea… ¡te voy a besar!».
Y otra vez el martirio de esperar segundos interminables. ¿Qué me respondería? Estaba muy positivo y aunque no esperaba que diera marcha atrás, existía la posibilidad de que me diga algo así como: «Entonces es mejor dejar de vernos». Vamos, Zoe, ¡contesta!, pensaba yo. Esta vez estaba demorando más en hacerlo, claro que ella debió haber pensado muy bien su respuesta porque nuevamente me dejó con la boca abierta: «Pero que no sea en un lugar público».
No hace falta mencionar que salté de alegría hasta el techo y fue gracias a este que mi salto no me puso en órbita como si fuera un satélite. ¡Por fin sabía que Zoe quería que la bese! Que lo que sentía era desbordante, que este sentimiento estaba sobrepasando cualquier situación y podría superarlo todo, hasta su noviazgo, el cual parecía ya menos importante.
Iba a probar sus labios y, si su sonrisa y mirada ya me hacían latir el corazón a mil, un beso suyo podía provocarme un infarto, pero… ¡sería una preciosa forma de morir!
Capítulo 8
La hora de la verdad
Al otro día, busqué mi mejor indumentaria. No las prendas más bonitas, sino las que mejor me quedaban. Me apliqué el perfume que le encantaba y salí de casa.
La completa seguridad de que Zoe quería que la besara era nublada por las dudas propias del momento previo. ¿Y si no podía almorzar conmigo? ¿Y si se echaba para atrás? ¿Y si me largaba de una vez por todas? ¿Y si alguien nos veía? ¡Si alguien nos veía!
En cualquier otra etapa de mi vida, tal vez no hubiera sido tan audaz con ella. Lo más probable es que mi timidez hubiera hecho que nunca la mire así y que terminara siendo una de mis tantas buenas amigas, pero esta vez era diferente. Desde que la vi, y aunque suene repetitivo, fue amor a primera vista. No fue solo un «me gustas», fue un «me gustas tanto que quisiera estar contigo sin importar nada y sin medir el tiempo».
Era como sentir que te has cruzado con una persona que te da tanta paz con su mirada y emoción con su sonrisa, que no sería justo que le cargaras todas las cicatrices de tu corazón.
Era como un curador, como agua en unos labios secos, como una estrella brillando más fuerte que otras en el firmamento. Era como sentir «¿dónde estabas todos estos años? ¡Por fin te encontré!». Era como ver a alguien por primera vez y tener ganas de besarla, no apasionadamente, sino con suavidad, pero con latidos tan fuertes que los sintiera.
Toda esa química fluía entre ambos y me daba confianza. Después de manejar por un rato, estacioné y fui a buscarla.
Llegué a su oficina. El «buenos días» que yo usaba de saludo había variado por un «¡hola, chicos!», ya que sus compañeros de trabajo me iban viendo varias veces y hasta había conocido a algunos. Además, la sonrisa de Zoe hacía notar que era feliz y eso irradiaba más energía que las críticas o los malos pensamientos.
—¡Hola! —le dije a Zoe—. ¿Vamos?
—¡Vamos!
Caminamos un par de cuadras hacia un restaurante. En ese trecho interminable ella me conversaba de cualquier cosa, estaba nerviosa, sabía que en algún momento intentaría besarla. Por ahora tenía la seguridad de la calle, de tanta gente pasando por ahí… muchos testigos.
Yo aprovechaba para bombardearla de miradas y sonrisas con las que le decía «¡hoy no te me escapas!» y ella solo atinaba a seguir hablando sin parar, trabándose en sus palabras.
A pesar de que lo lógico era pensar que de repente ya no quería que la besara, por dentro yo repetía lo mismo: «¡No te escapas!».
Íbamos a entrar al local, pero pensé que al ser un lugar público podía representar una barrera entre sus labios y los míos. Si bien era temprano y podíamos ser los primeros comensales, no quería arriesgarme. Cogí su mano y, en vez de dirigirnos hacia la puerta, la desvié hacia el estacionamiento del restaurante, que también tenía acceso al mismo, y le dije: «Esta vez vamos por aquí».
Zoe estaba muy nerviosa, pero no a la defensiva, sabía lo que podía pasar…
Entramos al estacionamiento y rápidamente se adelantó hacia la puerta. En un atinado reflejo cogí su mano y, mientras volteaba, la alcancé. Me miró con miedo, pero felicidad a la vez. El momento había llegado, ese que habíamos imaginado tantas veces.
Me paré delante de ella y la miré a los ojos.
—¿Qué? —me dijo, como si no supiera lo que pasaba.
—Zoe, te voy a besar —repliqué, como para estar seguro de que no voltearía la cara a último momento.
—Pero ¿si alguien nos ve? —respondió.
—No hay nadie… ¡Te voy a besar! —le dije, acercándome aún más y mirándola fijamente.
Ella sonrió y me besó.
Fueron los labios más suaves que sentí en mi vida. Fueron uno, dos y tres besos… Solo eso, pero cada uno me transportó a un paraíso diferente. Cerré los ojos al igual que ella. Ya estábamos unidos y ese instante, ese contacto, ese nexo, era más fuerte que cualquier cosa en este mundo. Me sentí bien, me sentí relajado. Fue tan romántico. El sentimiento estaba adentro y era interminable.
Abrimos los ojos, sonreímos, me dijo: «¿Vamos?», y avanzamos hacia el restaurante. Entramos y no había nadie, excepto el personal. Me senté a su lado por primera vez, no al frente como lo hacía antes. Estábamos tomados de la mano, pero no era solo un contacto físico: era querer permanecer unidos por siempre.
La miré y su sonrisa era de completa felicidad. Se engreía como niña y bajaba la mirada de manera juguetona, a tal punto que alcancé a besar su cabello y luego su frente, sintiendo el perfume más exquisito que se pudiera haber inventado, el de ella.
—Afuera me besaste tú a mí. Era yo el que tenía que besarte a ti— le dije.
—Verdad, ¿no? ¡Yo te besé!
—Bueno —le dije—, ahora te voy a besar yo.
Y me acerqué a ella lentamente. Mis dedos llegaban a tocar su cuello, casi por detrás de la oreja. Mientras me aproximaba, me miró totalmente entregada, sabiendo que ahora sería más intenso. Mi mirada, acercándose a la suya, advertía algo de la fuerza y la pasión que la iba a envolver.
Así fue como juntamos nuestros labios y sentimos energía, efusión, alianza, indivisibilidad. Mi mano recorría su cuello suavemente al ritmo de nuestra respiración, que seguía el compás de nuestros besos y que, al mismo tiempo, nos estaban dejando sin aliento. Cuando dejamos de besarnos —porque habíamos alcanzado la dosis perfecta—, el rostro de Zoe decía «soy tuya». Yo ya era suyo. ¡Su sonrisa y su mirada eran un millón de veces más bonitas! ¿Sería posible que yo pudiera hacerla tan feliz? ¡Resplandecía! Nunca la había visto así. No había duda: éramos el uno para el otro.
Siguieron las caricias, el sentir nuestros dedos, nuestras manos, nuestros labios; ella sonreía y yo le besaba la frente, la mejilla… no paraba de hacerlo.
—¿Te molesta que te bese tanto? —le pregunté.
—¡Me encanta! —respondió.
Cuando entraba alguien al restaurante, nos separábamos. Ella volteaba a comprobar si era algún conocido y, tomando nuevamente mi mano, me decía: «¡Sigamos!».
Así estuvimos durante todo el almuerzo. Sentíamos que todos nos sonreían, desde el dueño hasta los meseros. Irradiábamos felicidad y parecía que teníamos tanta que hacíamos felices a los que nos rodeaban.
Un «¡Vamos, ya es tarde! ¡Tengo que regresar a trabajar!» me hizo pedir la cuenta, pero seguíamos sonriendo a pesar de que nos íbamos a separar y no sabía durante cuántos días. Salimos del restaurante, otra vez hacia la cochera. Esta vez ya había carros. Miramos de izquierda a derecha, no había personas. Nos besamos y abrazamos. No nos acercamos tanto, pero sí lo suficiente como para que ese abrazo transitara los límites de lo romántico. Nos tomamos de la mano y, como niños, nos escapamos hacia la calle.
Ya afuera, de nuevo nos soltamos, pero esta vez nuestra expresión era otra, nos delataba, como si las personas que se nos cruzaban pensaran: «¡Estos chicos están enamorados!».
Llegué a las afueras de su oficina y me alejé sonriendo. No nos dimos ni un beso en la mejilla; solo un «chau» y una mirada, pero no eran nada comparado a lo que habíamos vivido minutos antes. Suspiré, metí las manos en mi saco, cogí un cigarrillo y fui a buscar mi auto. Podía haberme pasado un camión por encima; me hubiera levantado y saludado al chofer mientras seguía caminando. Felizmente solo quedó en un decir.
Subí a mi coche y me marché, pero ahora el asiento del costado no estaba vacío, ni la calle, ni el cielo, ni el universo. Ahora todo mi mundo estaba lleno de ella.
Capítulo 9
La cuenta
Si bien, solo podía almorzar con ella de vez en cuando, esos episodios eran grandes momentos.
Zoe empezó a superar los «te extraño» por los «te quiero», las miradas por los besos y las sonrisas por coger mi mano. Hacía tanto que no tenía eso… y ella tampoco. Sin embargo, cada vez que tocábamos el tema de su noviazgo, el panorama no lucía nada alentador.
Pensé que, si sentíamos tanto, sería lo suficientemente fuerte como para que ella se quede conmigo y lo deje, pero siempre salía con lo mismo: «Tengo miedo», «es tan difícil», «no puedo hacerle eso». Todo había empezado a caer en un punto muerto. Era hora de empezar a pagar la cuenta.
Cuanto más sentía algo por mí, más se frenaba; cuanto más se enamoraba de mí, más trataba de no hacerlo; cuanto más quería estar conmigo, más evitaba que sucediera.
Todo eso empezó a matarme y la verdad es que me mató muchas veces, pero luego me hacía renacer con un beso.
Se transformó en algo confuso, algo inestable para mí: ¡era el hombre más feliz del mundo estando a su lado!, pero cuando no, ¡ella estaba con él!
Era injusto saber que, cuando él llegaba a su casa, apenas la saludaba y se echaba a dormir. Si Zoe llegara a mi casa, tendría el corazón abierto de par en par, la esperaría con una rosa y me la comería a besos. Prepararíamos algo en la cocina, luego hablaríamos abrazados por horas, sonriendo como tontos, jugando con nuestros dedos, pero… ¿qué podía hacer con todos esos «podrían ser»? Empecé a sentirme solo, a sentirme nostálgico, a sufrir. ¿No se suponía que, si era a mí a quien quería, era suficiente razón para quedarse conmigo? ¿Por qué no me dejaba hacerla feliz por el resto de su vida? ¿Por qué? ¡Por qué!
Las botellas de vino y los cigarros empezaron a hacerse más frecuentes en mi habitación. Empecé a sentir su rechazo, su distancia, su frialdad. Llegaban algunos mensajes con un «te extraño» o un «te quiero» que me daban fuerzas, pero cuando le decía para vernos me contestaba: «No te puedo ver». El mundo que creamos para ella era solo de los dos; pero para mí era de tres.
Ahora era yo el que le insistía para almorzar. Nunca me gustó insistir, aun así, luchaba por ella. Cuando nos veíamos, nos besábamos con más pasión que antes, pero esta vez mis besos decían «para siempre» y sentía que los suyos me decían «adiós».
El que alguna vez amó sabe que estar en la cúspide es indescriptible, es como entrar al cielo, es pretender que los ángeles te envidien porque estás más cerca de Dios que ellos. Pero quien amó también sabe que cuando rompen tus alas, te invade un gran dolor, un gran vacío, es morir y seguir consciente. Todo eso yo lo empecé a vivir día a día: totalmente feliz y totalmente golpeado.
¿Qué se supone que debía hacer? Pasé muchas noches levantando la mirada, buscando una respuesta, pero al mismo tiempo, bajaba la cabeza sabiendo que vivía en pecado.
Lo único que me mantenía con fuerzas eran los pocos momentos que pasábamos juntos, aquellos almuerzos que seguían siendo tan bonitos hasta que yo incluía como postre el presionarla para que se decida, ella no lo hacía y los días y sus malditos 86 400 segundos me golpeaban el corazón.
Para Zoe no era suficiente el quererme, para mí sí y seguiría batallando por ella. Ahora mi coraza era mi sonrisa, que ya no era la misma, pero que intentaba retocar mi dolor interior, no procuraba que me viera afectado, pero lo hizo.
—Ya no te veo tan feliz como antes… —me dijo.
—¿Por qué no lo dejas? Déjame hacerte feliz. —alegué.
Su respuesta fue la misma, como si mis palabras se hubieran desgastado, como si todo lo que sentía por ella fueran centavos. Todo esto me estaba demoliendo, se me estaba notando y, lo que era peor, estaba haciendo que mi piso tambaleara. ¿Cómo estar tan seguro así? ¿Cómo canalizar lo que quería entregarle si no tenía estabilidad? Ya no era asertivo con mis palabras, con mis actos. Tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder intentar seguir enamorándola.
Dicen que, para atraer un buen amor, primero debes tener un buen amor hacía ti mismo. Y recalco la palabra «buen», como adjetivo.
Yo antes de conocer a Zoe, ya venía esforzándome en mantener el rumbo correcto, o por lo menos, un rumbo. Mi relación anterior me había quitado todo, me había dejado sin nada. Luego tuve que hacer un «todo» de esa «nada» y en pleno proceso sanador, intentaba que mi próxima relación sumara, intentaba.
Por estos días se acercaba mi cumpleaños. Todos mis amigos me llamaban para decirme: «Harás una fiesta, ¿no?, ¿dónde iremos a festejar?». Yo solo pensaba en Zoe… ¿Podría pasar un minuto de ese día tan especial con ella?
Capítulo 10
¿Resurrección?
El día de mi cumpleaños se acercaba y nunca marzo me pareció tan diciembre.
Todos querían pasarlo conmigo, pero Zoe solo atinaba a decir que trataría de ir, era un viernes en la noche, un viernes que se lo dedicaba a él.
Jules, una gran amiga, me animó a celebrarlo con todos los chicos en una discoteca al sur de la ciudad. Así que entre pasarlo solo sin Zoe o con ellos, opté por lo segundo.
Llegó mi cumpleaños. Varias llamadas me despertaron y ya no me dejaron dormir; pero Zoe no me llamaba. Pensaba en ella todo el día. Si ya se hubiera decidido por mí, ¡estaríamos juntos justo en ese momento!
Almorcé con mi familia, era una grata compañía y una buena comida, aunque no entraban a esa parte de mi corazón que solo Zoe llenaba. Me fui a casa. Estaba solo. Ya el teléfono había dejado de timbrar y de ella no había ni rastro.
Afrenté la inacción de mi inercia, me di un duchazo y empecé a alistarme. Era ya de noche, casi las diez y no llamaba. Salí de casa, no le había dicho a nadie que me acompañara porque en alguna parte de mi ilusión me veía llegando junto a ella.
Ingresé a la discoteca, bajé las interminables escaleras que daban al bar y estaban ahí todos mis amigos: los de la infancia, del trabajo y de la vida. Pero Zoe no estaba.
Sus sonrisas, besos y abrazos me hicieron sentir muy bien. Estaba feliz de que estuvieran allí, apreciaba que sí valoraban la sinceridad del cariño que les tenía. Tomamos unos tragos. Las chicas estaban más bellas que de costumbre, empecé a reír, aunque por fuera.
En ese momento volteé por instinto a ver las escaleras, todo se puso en cámara lenta, la oscuridad del local se iluminó y algunos destellos comenzaron a cegarme. Era Zoe, más bella que nunca, tan elegante como siempre.
Todos se dieron cuenta de que yo la estaba viendo, solo los más allegados sospecharon de quién se trataba. Me acerqué a darle el alcance; en el último peldaño, le acerqué mi mano.
—¡Hola, feliz cumpleaños!
Era todo lo que necesitaba escuchar.
Nos acercamos al grupo y la presenté. Mis amigos más íntimos, al margen de que aceptaran el hecho o no, ya conocían algo de ella en base a lo que habíamos conversado. Jules, era la que más había escuchado mis historias.
De manera discreta, más de uno me decía al oído: «Qué linda es». Yo secundaba la moción y sentía, aunque sea en ese lugar, que era mía.
Permanecí a su lado, aunque guardando la cortesía con mis invitados. Incluso Jules quería bailar conmigo, pero esta vez no cometería el error de dejarla sola.
—¿Por qué no bailas con ella? —me preguntó Zoe.
—Solo hay una persona con la que quiero hacerlo— respondí. A los pocos minutos le dije para ir a la pista de baile, pero ella, sabiendo lo que iba a pasar, optó por negarse. Mi seguridad estaba a flor de piel, así que tomé su mano y la animé a seguirme.
Para nuestra suerte, estaba oscuro y había tanta gente que nadie nos vería desde la zona del bar. Y lo que era más propicio aún, tendríamos que bailar muy pegados. Empezamos a movernos con la música. No recuerdo la canción, solo bastó que me acercara un poco para que Zoe empezara a besarme. Estaba abordando el mejor cumpleaños de mi vida.
Nos besamos, esta vez no tan inocentemente, y juntamos nuestros cuerpos. La abracé con toda mi intensidad. Éramos uno y nadie podría separarnos. Hacía varios días que no nos veíamos y toda esa energía contenida nos estaba fundiendo como un solo cuerpo, una sola alma. Llegué a pensar que éramos un solo pecho y que ambos sentíamos nuestros corazones latir uno dentro del otro.
Fue mágico, demasiado inalcanzable, deliciosamente infinito, arrolladoramente intenso. Estaba haciendo feliz a la mujer que quería; y lo que era más increíble, ¡yo mismo era feliz!
Pasamos una hora besándonos y abrazándonos, no es exagerado decirlo. Sus manos recorrían mis brazos; las mías, su espalda. Nos agitábamos. Todas las canciones las bailábamos como baladas, así fueran súper movidas. Era nuestro mundo otra vez, nuestra burbuja. Era mía otra vez y yo suyo, para siempre.
«Ahora no solo me gustan tus besos, también me gustan tus abrazos» me dijo. Me sentí el hombre más feliz del universo desde el Big Bang hasta nuestros días. Pero al rato agregó: «Ya me tengo que ir». Era aún temprano, pero debía regresar con él, a su casa.
No me importó. Lo inmensamente felices que fuimos era demasiado para que algo lo borrara. La acompañé a la puerta. La vi partir y esta vez nuestras sonrisas no desaparecerían. Sentíamos que habíamos pasado al siguiente nivel.
Regresé a la discoteca, pero ya mi noche había acabado. Luego de algunos minutos, aproveché que mis amigos se habían perdido entre la multitud y me marché. Ya no tenía corazón para más emociones. Regresé a casa. Zoe me había demostrado que me quería y eso me daba la energía para luchar por lo nuestro. Esta vez iba a ser diferente. Ella me quería y yo a ella. Ahora tendría que buscar el «te amo».
Capítulo 11
Palabra
Almorzar con Zoe se volvía más frecuente, al igual que pensar en ella todo el día, al igual que sus mensajes y llamadas, al igual que los momentos felices y al igual que las dudas sobre nuestra relación.
Cuando estábamos juntos, su sola sonrisa despejaba todas mis incógnitas, me daba paz, tranquilidad y alegría. Despertaba en mí una sonrisa tan amplia que me dolía; su mirada me decía tantas cosas hermosas. Tomaba mi mano y sentía un nexo tan bello, como si nuestra piel se volviera una sola, más aún cuando la acariciaba; sus abrazos eran tan apasionados y, al mismo tiempo inocentes, como si quisiera pegarse a mí y no dejarme jamás.
Todo lo que sentíamos, aunque era físicamente imposible, sentimentalmente era lógico.
Con más frecuencia me decía «te quiero», «te extraño», «quiero estar contigo para siempre», «quiero ser feliz a tu lado». Solo el que ha sentido algo así lo entendería y el que no, tendría que imaginarlo y luego multiplicarlo un millón de veces. No obstante, mis sentimientos por Zoe y la angustia de no saber si eran suficientes para que tenga la valentía de tomar decisiones, crecían al mismo tiempo.
Noches difíciles sin poder dormir, en las que cavilaba lo hermoso que sería tenerla en mi cama, solo contemplándola, solo mirándola, solo cuidando sus sueños e imaginando que soñaba conmigo. Pero esas noches se tornaban en pesadillas al saber que ella estaba en la misma cama con él y que se quedaría ahí, por siempre. Me sentía muy inquieto al saber que todo lo que hacía por ella, aún no era suficiente. La felicidad que ella experimentaba la estaba haciendo indivisible conmigo, pero sus temores seguían haciéndola indivisible de él.
¿Cómo ensayaría mantener mi sonrisa, si hasta mis amigos ya se habían percatado de todo esto?, y cada vez el «¿qué te pasa, Sebas?», el «¿te sucede algo?» o el «¿estás bien?» eran más frecuentes. Mi chispa se iba consumiendo. Y luego venía ella con alguna palabra bonita o con su simple sonrisa a dibujarme un arcoíris que borraba mis tinieblas.
Así pasaban los días, como en una montaña rusa, con altos y bajos, pero a diferencia de lo que uno vive normalmente, estos altos y bajos no duraban meses, sino días u horas. Me estaba desestabilizando, totalmente, sentía que ella me besaba el corazón y que luego una daga, con sus iniciales en la empuñadura, lo apuñalaba cruelmente.
A veces pensaba en terminar con todo, pues sentía que era lo correcto, pero ¿acaso lo correcto no es amar de la manera más pura e intensa que existe? ¡Sí que lo era! Y lo que uno hace por amor verdadero es irreprochable.
Transcurrían momentos en los que mi alma tocaba el piso frío y luego la estrella cálida. ¡Cuanto más feliz era, más nostálgico me ponía en las noches! ¿Qué tenía que hacer para que me dijera: «¡Lo decidí!, me quedo contigo»? Mi dolor se enamoraba de mi impaciencia y cada vez más, la presionaba para que dejara atrás eso que no la dejaba volar y que iba apagando el brillo de su estela.
Sus «te quiero» eran minados por sus «no lo puedo dejar», sus «quiero ser feliz por siempre contigo» eran decapitados por los «prefiero ser infeliz que hacerle daño», sus propios besos eran consumidos por su actitud distante, sus miradas eran desdibujadas por las largas horas sin ningún mensaje.
Dentro de mí albergaba una energía inagotable. Lo que sentía por ella era tan grande que si fuera luz iluminaría 10 ciudades; que si fuera agua irrigaría 100 hectáreas; que si fuera viento movería 1000 molinos. Pero ella, una sola, no quería recibirlo.
Pasaba el tiempo y no llegaban las palabras que quería escuchar. ¿Qué más debía hacer para que eso ocurra? Quería comprar todos sus miedos con mucho crédito a favor. Si ella tenía algunas cosas buenas con él, como seguridad, yo también podía dárselo; si ella tenía cosas malas con él, nunca las tendría conmigo.
Los momentos de felicidad a su lado eran inmensos ¡Lo que nos sucedía en esos soplos de vida era tan bonito! Ya quisieran algunas parejas tener esa dosis exquisita y gigantesca de felicidad, de mirarnos cogidos de la mano diciéndonos nada y al mismo tiempo todo. Pero las palabras que quería escuchar, aquellas que me harían el hombre más feliz del mundo, aquellas que se escriben así «¡me decidí por ti!», no llegaban.
Uno de esos tantos días, mientras estaba tendido en mi cama enviándole algunos mensajes, me dio la impresión de que ocurriría algo distinto. Las oscuras cortinas de mi habitación no dejaban percibir la luz, pero de seguro había un sol resplandeciente. Zoe me escribía que me extrañaba, que quería que la bese, pero no me decía que me quería. Seguí respondiendo sus mensajes, sonriendo con solo imaginar que ella lo hacía. Habíamos quedado en vernos, tras varios días sin hacerlo, pero un nuevo mensaje me dijo que eso no sucedería. Y por alguna estúpida razón yo seguía sonriendo. Después de unos minutos llegó otro mensaje.
No me lo esperaba. No era el ansiado «¡me decidí por ti!», pero ahora entendía por qué ya no expresaba que me quería.
Decía: «¡Te amo!».
Capítulo 12
Golpe
¡Zoe me amaba! ¡Me sentí el ser más feliz del mundo! Había conseguido que exprese esa mágica palabrita. ¿Ahora qué sucedería? Si para mí el amor era todo lo que mueve a la vida, lo que en buena cuenta decide nuestra felicidad, ¿lo sería para ella?
Nuestros encuentros cada vez eran más bellos y emocionantes, ahora fluía el amor entre nosotros. Pero el tiempo también iba transcurriendo, habían pasado, sin querer, algunos meses desde que nos conocimos y, de la misma forma, nos iba quedando menos. Después de todo, ella seguía con su novio.
Nunca la juzgué, si bien la relación que estábamos manteniendo no encajaba en mis paradigmas, ambos entendíamos que, si el destino quiso que nuestros caminos se cruzaran, sería por algo. Sabía que en el fondo ella no era feliz con lo que tenía, no como debería de serlo. Para mí se trataba de vivir a plenitud o, por lo menos, morir en el intento. Al fin y al cabo, nadie te obliga.
Se fue conjugando una rara mezcla de sentimientos más intensos entre ambos. Nuevamente el entorno nos pasaba la factura. Nuestros «te amo» se surtían con los «no lo puedo dejar» y los «quiero estar contigo para siempre». Era un cóctel que la misma fortuna que nos unió, nos estaba preparando; un trago dulce que luego mareaba y te hacía sentir fatal. Todo eso me afectaba y a ella también. Estábamos entre lo que sientes que está bien y lo que la sociedad te dice que está mal, entre el amor y la pena, entre lo mágico y lo real.
Empezamos a tener discusiones por el tema recurrente de «si me amas, ¡quédate conmigo!». La presión del dolor que sentía se lo iba trasladando a ella; para mí el amor lo era todo y podía vencer cualquier barrera. ¿Qué más debería pasar para que todo encaje?
Los días de su primer «te amo» iban quedando atrás y nuevamente se convertían en lapsos de agonía, a tal punto que uno de esos malditos días escuché lo que nunca creí que me diría: «Sebas, eres una buena persona. Deberías salir con otras chicas, de repente terminas enamorándote de alguna de tus amigas. Seguro hay varias que quisieran estar con alguien como tú».
No había discurso para recuperarme en ese momento. Me lo había dicho de una manera tan fría, tan práctica y con la sonrisa de siempre. Esas palabras me cayeron como gotas de fuego en el corazón, una tras otra, como si fuera algo que permanecería goteando de manera indefinida. Me lo dijo de una forma indescriptible, de esas en las que la experiencia o las vivencias no preparan una reacción. Yo solo la miré con una sonrisa nerviosa, con la boca abierta, tal cual dicta la frase, sin poder entender, sin poder protestar. Solo esperaba más palabras de ella para terminar de caer. Pero no dijo nada; entonces, ¿qué significaba todo eso?
No pude articular ideas, no pude ser sensato. De manera torpe intenté explicarle que no me interesaba nadie más que ella; pero la misma sonrisa que un día me enamoró y que seguía manteniendo, ahora disparaba esquirlas de hielo en mi pecho; y mi mirada, que antes la envolvía, ahora se humedecía. Preferí marcharme, ella se quedó ahí, como si no hubiera dicho nada malo.
No sé de qué forma cambiamos, pero el «te amo» se tornaba en un «adiós». Ahora su frase recurrente cada tres días era «sal con otras chicas». La seguridad de que lo nuestro iba en crecimiento se caía a pedazos. De alguna manera seguíamos juntos, creo yo que, para no sentir que la perdía del todo.
En mi casa iba a realizarse una reunión de amigos del trabajo, a los que, por muchos motivos, no veía hacía tiempo. Laboraban en otros lugares y por coincidencia, estaban todos juntos en la ciudad con sus parejas. Le pregunté a Zoe si quería acompañarme. Me dijo que era lindo invitarla aun sabiendo que no iba a poder. Cada vez más, nunca podía.
Tanto me vino a la mente su frase de «sal con otras chicas», sumado a su distanciamiento, que para no ser el único solitario en la reunión de «parejas» llamé a mi amiga Jules y le dije que venga y me acompañe en esa velada.
Y así fue. Jules apareció con un lindo vestido, muy apropiado para la ocasión. Abrí un vino mientras llegaban los invitados y le conté todo lo último que me había pasado. Como amiga de toda la vida, intentaba de manera sutil «protegerme» con sus consejos, pero, prudentemente, se percató de que yo no dejaba que algo afectara mi imagen de Zoe. Sí me notó triste, muy triste, aun así, solo insistió una vez más en sus argumentos.
Si uno de buenas a primeras hiciera caso a los consejos sinceros y sensatos de la gente que lo quiere, no se escribirían tantas historias de amor. Aquí se aplica a la perfección el refrán que dice «en casa de herrero, cuchillo de palo», haciendo alusión a que es muy fácil aconsejar desde afuera que juzgar desde adentro.
Llegaron los invitados. Todos pensaban que Jules y yo teníamos una relación, luego de unos tragos se animaron a preguntar cuánto tiempo estábamos juntos. Una fuerte carcajada entre ambos, sumada a una mueca de extrañeza, antecedieron a explicarles que éramos solo amigos desde hacía años, así que el tema se cambió a otros más triviales. Jules me miraba sonriendo, mi cabeza estaba en otro lado.
Antes de que la reunión llegara a su fin, nos tomamos varias fotos para el recuerdo. Todos ensayamos nuestras mejores poses. Mis amigos se retiraron, incluyendo Jules, a quien agradecí por su ayuda y su compañía.
Luego de ver las fotos, decidí subirlas a una red social, ya que para mí evidenciaban lo bonito de la reunión y la gran amistad.
Al día siguiente, un mensaje me despertó. Era Zoe: «Quédate con Jules. No me busques más, por favor». Inmediatamente, sentí como si corriera ácido por mis venas, como si estuviera sufriendo una ejecución por pena de muerte y me hubieran inyectado algún químico mortal.
Me desesperé a tal punto que no fui contundente con mi respuesta, y más bien esta fue extensa y confusa. Le respondí que Jules era solo mi amiga, que ella lo sabía, y que simplemente me había hecho el favor de acompañarme.
En ningún momento, pensé que las fotos eran maliciosas, y también pensé que con eso el asunto se daba por zanjado, pero me equivoqué. Zoe replicó, esta vez me decía que se notaba por las fotos que algo pasó o pasaba entre Jules y yo, y agregó que la dejara en paz con la tranquilidad de su relación, con la seguridad que él le daba y yo no.
Mi angustia no me permitía pensar. Se cruzaba por mi mente el saber que no había hecho nada malo y que justamente por eso había colgado esas fotos. No se me ocurrió decirle que ella misma me había propuesto que yo saliera con otras chicas, pero ni siquiera eso encajaba con lo sucedido. Solo seguí apelando mi inocencia y que su reacción era exagerada. Pero ella otra vez me dijo: «Déjame en paz, no quiero saber nada de ti, malograste todo. Ya nunca estaré contigo; y pensar que mi novio viajará dos semanas al extranjero por negocios y ese tiempo lo íbamos a pasar juntos, pero ¡ya no!».
Y le hice caso, no volví a escribirle.
Por dentro me sentía terrible. No importaba si era culpable, si Jules fuera solo una amiga o que Zoe hubiera agrandado la situación. No importaba nada. Me sentía como un tirano por hacerla sufrir y eso me partía el corazón. Además, ¡Zoe iba a pasar dos semanas conmigo! Y todo eso se desmoronaba como un castillo de naipes. La oportunidad de estar juntos sin límites se había esfumado; y aunque pensé que ella era la equivocada, el dolor que sentía me motivaba a hacer algo para demostrarle que las cosas no eran como ella pensaba; aun así, sus palabras tajantes, de que la dejara en paz y que se quedaría con él, me mataron.
Tenía tanto que darle y ya no iba a poder hacerlo. Ese dolor, ese vacío en el pecho se apoderaba de mí; era como llorar y que las lágrimas se fueran hacia adentro, como si llorara el alma ¿Qué haría con todo eso? Me desbordaba. Tenía que repararlo, sin importar de quién fuera la culpa. Recuperarla era lo que más valía ahora. ¿Qué podría hacer? ¿O sería mejor dejarla en paz?
Capítulo 13
Bala
Y fue así que pasé el día con esas preguntas en la cabeza. Si la dejaba, ¿todo lo que nos sucedió quedaría en nuestra memoria como un sueño?, ¿cómo una película romántica de antaño?, ¿cómo un mundo paralelo de esperanzas y deseos?, ¿cómo una buena novela que llegó a su final?
No se puede matar lo que no muere. No estaba en nuestras manos tomar ninguna decisión referente a terminar con todo ese amor. Era más grande que nosotros, era más fuerte que nosotros, a tal punto que primero moriríamos antes que este. Y eso respondía a mis nuevas interrogantes: ¿cómo pretendíamos que fuera un sueño si despiertos nos amábamos más?, ¿cómo intentar que todo fuera una película si nadie prendía las luces del cine?, ¿cómo pensar que podía ser un mundo paralelo si en nuestro universo sentíamos algo tan fuerte y tangible?, ¿cómo asumir que fue una novela que llegó a su final si sentíamos que había páginas en blanco aún por escribirse?, ¿cómo negar lo innegable?
Zoe me amaba y yo a ella. Aunque se nos ocurriera dejar de hacerlo, no podríamos. El intentarlo nos haría extrañarnos más, nos causaría más daño. Sin darnos cuenta, nuestro amor nos había superado, así que le dejé tomar la decisión: tenía que regresar con ella.
Recibí una llamada de Jules. Parecía que había intuido su complicidad en todo este lío, así que me dio pie a contarle lo sucedido.
—¡¿Qué?! Pero si no pasó nada; o sea, somos amigos.
—¡Claro que sí! Pero, bueno, de alguna forma debe de haber pensado otra cosa.
Jules guardó silencio por unos segundos y respondió: «Acabo de ver las fotos otra vez y puede ser que algunas parezcan otra cosa». Acerqué mi computador para verlas de nuevo. Tenía razón: la química, confianza y amistad que nos teníamos se había plasmado en algunas fotos, las cuales, para ojos de terceros, podían interpretarse de otra manera. Jules me había hecho ver que, si bien para mí no había nada malo en esas condenadas fotos, para otros, el mensaje podía ser diverso, así que eso era un motivo más para arreglar la situación.
Mi imaginación quería despegar en búsqueda de miles de alternativas, pero una pregunta de Jules me detuvo de inmediato:
«¿Cómo te sientes?». El silencio se apoderó de mí y al otro lado de la línea mi amiga lo percibió. Se quedó en silencio también, hasta que empecé a confesar. Le conté que me sentía muy mal, con un dolor en el pecho, no importaba quién tuviera la razón, el ego u orgullo no menguaba el frío, era una brisa que congelaba mi alma, que me enfriaba diciéndome que mi historia con Zoe había llegado a su fin. Era como haber estado caminando frente al mar, viendo la naturaleza y a los niños jugar y que de pronto, todo se pusiera en cámara lenta y vieras que una bala ingresara a tu pecho en dirección al corazón, mientras vas sintiendo cómo perfora la piel muy lentamente, pensando que el momento del final está cerca y no hay otro desenlace.
Jules se preocupó mucho por mí, tal vez nunca me había sentido así, pero con la misma fuerza con la que me sentía golpeado, reaccioné y le dije: «¡Ya sé lo que voy a hacer! Te tengo que colgar, luego te llamo».
Cogí las llaves, encendí el carro y salí de casa. Manejé por un tiempo, escuchando buena música y fumando un cigarro, hasta que me estacioné en un mall, bajé del auto y caminé por el pasadizo principal, buscando y buscando lo que tenía en mente.
Una guapa señorita estaba de espaldas…
—¿Sí, señor? ¿En qué puedo ayudarlo? —me preguntó.
—Quisiera una docena de rosas, por favor.
—Cómo no. ¿Son para entrega?
—Sí, quisiera que se la lleven a su oficina. Es una entidad financiera en el centro de la ciudad.
—Claro, sí la conozco; entonces, las enviaremos mañana en la mañana, ¿cierto?
—Excelente, muchas gracias. Ah, me olvidaba, adjunte esta tarjeta.
En el pequeño pedazo de papel que entregué a la encargada de las rosas se leía: «Discúlpame… No importa si no quise lastimarte, sé que lo hice de alguna forma y sinceramente no quiero volver a hacerlo. Te amo, lo sabes. Y si me permites, quisiera llenar de rosas tu vida».
—¿No va a poner su nombre, señor?
—No. Ella sabrá que soy yo.
Capítulo 144
Angustia
Salí del mall con más dudas que certezas. ¿Qué pasaría si no llegaban a entregar las rosas? ¿O si no quisiera recibirlas? ¿O si ella no estuviera en ese momento y alguno de sus compañeros la recibiera por ella? ¿Y si la señorita de la florería ponía mi nombre? Lo tenía registrado… ¿Y si se dieran cuenta de que no era su novio el que las enviaba?
A todo esto, sus compañeros de oficina siempre fueron amables, pero de un tiempo a esta parte, empezaron a mirarnos diferente, era lógico, ella seguía comprometida. Eran unas miradas extrañas, pues no parecían juzgarnos; tal vez, hasta de aceptación, después de todo, estaban viéndonos felices, pero ¿qué estarían viendo en realidad?
Caí dormido en mi cama ante la impotencia de seguir pensando qué pasaría al día siguiente, si todo saldría de acuerdo con lo planeado y si aún lo nuestro tendría solución.
Al despertar, me alisté para ir a mi oficina. Mientras conducía por el interminable camino, seguía pensando en que las rosas iban a entregarse en la mañana; es decir, si las recibía o aceptaba, debería tener noticias de ella al mediodía.
Llegando, mi amigo Alonso me preguntó si conocía exactamente dónde quedaba la entidad financiera en la que trabajaba Zoe.
—¿Hay alguna reunión? —pregunté sorprendido.
—Sí, estamos evaluando un financiamiento.
—Estaré por ahí. Si quieres, te llevo.
Mi amigo, sin sospechar nada, me agradeció.
Todo se iba alineando, solo tendría que asegurarme de que las rosas hubiesen llegado antes de que yo me apareciera por la oficina de Zoe. Para esto, revisé el ticket que me habían dado en la florería y vi un número de teléfono. Llamé inmediatamente. Una señorita me indicó que aún no habían hecho la entrega, pero que lo harían antes del mediodía.
En ese instante pasó por mi lado Alonso.
—¡Eh, Alonso! ¿A qué hora tenemos la reunión? —pregunté.
—A las once. Salimos en un rato—respondió.
Todo estaba quedando listo para darle la sorpresa a Zoe y aparecer justo después de que le entregaran las rosas. Aunque, pensándolo bien, ¿y si llegaban después que yo? En fin, la conjunción de hechos se iba a dar de una manera u otra.
Alonso y yo subimos a mi auto. En el camino me iba explicando de qué trataría la reunión. «Si quieres, te acompaño», le dije, una propuesta ante la que se sintió agradecido y más aliviado. Ya en confianza, empezó a contarme que tenía dos años de relación con una chica que vivía en otro país y a la que veía pocos días cada dos meses. Me enseñó su foto. Era muy bonita, pero ¿cómo podía llevar una relación así? Me explicó que ella, desde pequeña, había vivido en diferentes países por el trabajo de su padre; por lo mismo, creía en las relaciones a distancia. Ella podía salir con otras personas, pero le era fiel a Alonso.
Por lógica pensé que esa chica escondía algo. Luego recordé lo diferente que es el pensamiento de las personas que son o se han criado en otros países. No la juzgué, aunque noté que Alonso había tenido que aceptar ciertos términos y eso no lo hacía muy feliz; tal vez solo en los escasos días que pasaba con ella cada dos meses. Esa historia me sonaba familiar.
Llegamos al centro de la ciudad, estacioné y nos dirigimos hacia la financiera. Mientras caminábamos, llamé a la florería para saber si habían hecho la entrega. ¡No contestaban! Insistí e insistí para confirmar la entrega, pero ¡no respondían! Casi en la puerta de la financiera, Alonso me dijo: «Vamos que se nos hace tarde». Subí las gradas de la entrada, pasé la puerta de vidrio y me acercaba a la oficina de Zoe.
Si bien la reunión no era con ella, tendríamos que atravesar su área. Por alguna extraña razón, las oficinas que tenían separaciones de vidrio y permitían ver todo, esta vez no me dejaban verla ni tampoco lo que había en su escritorio.
Recién ingresando me di cuenta de que ella estaba sentada en su sitio, rodeada de un par de chicas. Alonso entró primero y con unos «¡buenos días!» logró llamar la atención, pero las amigas de Zoe no se percataron y siguieron ocultándola involuntariamente de mi vista.
Me desvié apenas unos metros para saludar a Zoe. Sus amigas notaron mi presencia, voltearon, me saludaron e inmediatamente se fueron a sentar a sus lugares, despejando la zona y evidenciando que ¡aún no habían llegado las rosas! Su escritorio estaba vacío y Zoe me miró con incomodidad, la cual, trataba de disimular.
El más sorprendido era yo. ¿No habían llegado las rosas aún?, ¿o las habría rechazado?
—Hola, ¿cómo estás? ¿Alguna novedad?
—Estoy bien —respondió mientras miraba en otra dirección—, nada nuevo.
Su indiferencia no ayudaba, recordé sus palabras y opté por retirarme, no sin antes decirle que tenía una reunión de trabajo, como para que no piense que estaba haciendo todo lo imposible por verla.
Seguí de frente. Alonso me estaba esperando en la puerta de la oficina donde tendríamos la reunión. Gentilmente me indicó que entrara. Una señorita muy guapa nos estaba esperando. Ella hablaba, él hablaba y yo solo pensaba en las benditas rosas. Noté que Alonso estaba embobado. Era muy atractiva, así que mi amigo se esmeraba en mirarla de todas las formas posibles, a ver cuál daba resultado. Yo seguía revisando si tenía mensajes nuevos, pero nada. Estaba esperando el mensaje de Zoe que me dijera: «¡Gracias por las rosas!», mas no llegaba.
Ya era mediodía, seguíamos metidos en esa oficina, y yo sin poder saber qué pasó con las rosas. Eran las doce y cuarto cuando no aguanté la incertidumbre. Le mandé un mensaje a Zoe: «¿Almorzamos juntos?». Inmediatamente me respondió: «No lo creo». Estaba atrapado en esa reunión sin saber qué estaba pasando allí afuera, sin poder llamar a la florería para que me confirmen la entrega.
Si le habían entregado las rosas y ni siquiera quería almorzar conmigo, entonces las cosas estaban claras. Pero si aún no las había recibido, ¿se podría solucionar el malentendido?
La señorita de la financiera que hablaba con Alonso se dirigió a mí y me sorprendió: «¿Y usted qué opina de mi propuesta?». Desperté de mi letargo y, acto seguido, noté tardíamente, tal vez por mi indiferencia, que esperaba una respuesta, así que apelé a mi experiencia y me enganché en el tema con ciertas precisiones. Apenas terminó la reunión, Alonso me agradeció por darle la mano en el momento justo:
—Estuviste escuchando todo hasta que en el momento de definir las cosas sacaste las garras. Gracias, ¡me había entrampado con semejante belleza! —dijo riéndose.
Él ni se imaginaba que, por un golpe de suerte, el punto tocado por ella lo había visto unas semanas antes para el proyecto.
Salíamos de la oficina cuando ella se me acercó.
—¿Puedo llamarte Sebas?
—Sí, claro —respondí—. Aquí tienes mi tarjeta, no dudes en contactarme para cualquier cosa.
Le agradecí y me fui. En ese momento, Alonso ya no me miraba con tanta gratitud.
Pasé por el sitio de Zoe. No estaba. De seguro había salido a almorzar con sus amigos, pero tampoco había ningún ramo de rosas en su escritorio. Llamé a la florería y por fin atendieron. «Disculpe, señor, hubo un problema. Estamos enviando las rosas ahora mismo». Les dije que se tomaran una hora.
Zoe estaría almorzando sin mí, y yo a pocos metros de distancia, sin saber dónde estaba y si me extrañaba.
Nos retiramos de la financiera. Manejé de regreso a mi oficina, mientras Alonso seguía hablándome de la chica con la que nos habíamos reunido, quien por cierto se llamaba Cleidy.
Mi oportunidad de ver a Zoe después de que llegaran las rosas se había esfumado. Nada había salido según lo planeado. Sin embargo, un mensaje me hizo darme cuenta de que aún todo no estaba perdido: «¡Me encantaron las rosas! ¡Están lindas! ¡Muchas gracias!».
Capítulo 15
El día previo
¡Por fin lo había logrado! Los témpanos que de ella emanaban estaban derritiéndose y convirtiéndose en fresca agua cristalina que aliviaba mis heridas. Nunca pretendí entender el motivo de su congelación, solo estaba disfrutando del deshielo y quería beber de este.
Zoe estaba cediendo conmigo. Esas rosas definitivamente le habían gustado. Vi una llamada perdida. Era ella. Cogí el teléfono y la llamé de inmediato.
—¡Hola! —le dije.
—¡Hola! Me encantaron las rosas, ¡están lindas! ¡Muchas gracias!
—Ya no estés molesta conmigo, ¿sí? Ya entendí.
—Está bien, creo que me molesté más de lo debido.
—Solo quiero que sepas que nos estamos conociendo y poco a poco sabré qué cosas te molestan para evitarlas.
—Sí, es solo que esas fotos parecían otra cosa.
—Entiendo, pero ahora sabes que no es así. Hablemos de otra cosa…
Volvimos a conversar y sonreír. Cuando pensé que era el momento pertinente, le pregunté si era verdad que estaría sola algunos días. Me respondió que sí, desde mañana, así que le propuse salir en la noche. Le encantó la idea.
Desde que colgué el teléfono, mi mente empezó a crear escenarios para tener la cita ideal. Había múltiples opciones, pero la de una cena romántica me parecía lo más adecuado para reconciliarnos ¿y si de ahí veníamos a mi casa? ¿Habría llegado el momento? Cada vez que nos veíamos, nuestros besos y abrazos eran más apasionados, ¿pasaríamos a la siguiente etapa? Mi atracción hacia Zoe era muy fuerte, muy vehemente, pero a la vez muy bonita. No era el típico caso de afinidad por una mujer a la que quieres llevártela a la cama lo más pronto posible. Este llamamiento venía del corazón, pero ya nos estaba pidiendo estar a solas.
A lo largo de mi vida había aprendido que, para tener sexo con una chica, los besos y abrazos deberían ser un preámbulo, al punto de que cuando ya no sean suficientes, se opten por las alternativas correctas para pasar al «siguiente nivel». Tal vez el hombre puede tomar decisiones incorrectas y la situación no se dé. Pero contrariamente a lo que piensan muchas mujeres, a veces puede hacerlo a propósito para evitar la situación, debido a diversas razones. Lejos de ser un «triunfo» para ellas, termina siendo un «empate con sabor a victoria» para ellos. Recordemos que normalmente la sociedad acepta que la mujer se niegue, pero el hombre no, así que hay maneras sutiles de no decirlo con palabras. Aunque de esto nada está escrito ni nada es absoluto.
El punto es que yo no quería tener sexo con Zoe. Yo quería que hiciéramos el amor y tenía que ser así, algo especial, no solo pasión. Tenía que ser tan tierno como nuestros besos y, al mismo tiempo, tan intenso como nuestros abrazos, tan fuerte como nuestra atracción y tan suave como nuestras caricias. No tendría que tocarla por tocar, simplemente amarla en ese momento, pero para que toda esa lucidez de eventos confluya debía procurar ilusamente que todo fuera perfecto. ¿Debería entonces preparar cada paso o simplemente dejar que todo siga su curso?
Fue ahí cuando recordé mi adolescencia. Cuando una chica me gustaba, antes de salir con ella, yo visualizaba cómo debía ser nuestra cita. Mi mezcla de soñador y perfeccionista lograban crear escenas de película que difícilmente se daban en la realidad; tanto es así que cuando salía con ella y algo no salía igual de acuerdo con lo planeado —no necesariamente mal—, todo se venía abajo y no reaccionaba a tiempo para salvar la situación.
Así que era mejor dejar que todo fluya, simplemente con un objetivo en mente: hacerla feliz esa noche, sea de la manera que ella quiera. Y si terminábamos estando juntos, mejor.
Fijarse el objetivo es clave. Si quieres ser el mejor amigo de una chica, pues te muestras directamente como eres, aunque con absoluta diplomacia, hasta que puedas ir soltándote de acuerdo con la química y confianza que se entable, sin pensar en cómo la miras, qué frases dices o cómo te acercas.
Si en el fondo tienes la intención de que pase algo más, pues no vas por el camino correcto. Si quieres que una chica no te vea como su mejor amigo y lo que quieres es que te vea como un hombre, entonces, la cosa cambia. Tienes que fijar ese objetivo y todo el escenario varía. Tu mirada cambia de un «conóceme» a un «eres preciosa», tu sonrisa cambia de un «qué alegre soy» a coquetería, tus palabras cambian de un «me sucedió esto el otro día» a un «cada día estás más linda» y cosas así, pero nada es absoluto. Total, al final ellas siempre deciden, pero por lo menos sabrán que te atraen como mujer y no solo como amiga. El abanico es más amplio y eso es favorable.
Entonces, mi objetivo estaba fijado, pero no de manera calculadora, sino desde el fondo de mi corazón: si había llegado el día y ese día sería mañana, debería ser uno de los más felices de nuestras vidas.
Ya solo faltaban horas. Una interrogante cruzó mi cabeza: luego de hacer el amor conmigo, ¿Zoe dejaría a su novio? O, por el contrario, ¿se despediría de mí? Ella me decía que hacía meses que no la tocaba, ¿eso iba a mi favor o en contra? Era un tema que quería evitar que poblara mi mente. Ensayaría que nuestros sentimientos simplemente fluyeran, pero recién entendí que la verdadera «hora de la verdad» llegaría al día siguiente.
Capítulo 16
Inimaginable
Llegó el día. Otra vez la vieja pileta de la plaza sería cómplice de nuestro secreto.
Ahí estaba ella, arrancándome el aliento cada vez que la encontraba. Cuando me vio, su mirada arrastró una sonrisa de felicidad, de esas que me enamoraban al segundo.
—Hola, amor —expresó.
—Hola, princesa.
—¿A dónde vamos?
—Tengo una reservación en un restaurante muy bonito. Sé que te va a gustar.
—Claro que sí, además estoy contigo.
Me abrazó y subimos al auto. Al poco tiempo llegamos. Unos cortes de carne acompañarían el vino que pedí. ¿Grueso error? Nunca lo pensé. La cuestión es que ese elíxir en nuestras venas hizo aflorar nuestro lado filosófico y tocamos el maldito tema de su novio. Mi semblante cambió cuando me relató que salió con él a la cena de unos amigos; si bien esto era lógico, la forma en que narraba los hechos me fastidió demasiado, pues lo hacía como si todo estuviera perfecto entre ellos.
Mis reclamos se sumaron a su interminable miedo de tomar una decisión y esto fue complicando la velada. De pronto, salieron de mis labios las palabras que mi aparente sensatez, delineada consecuencia y extraña amargura me dictaron.
—Creo que mejor sería terminar todo esto. No debemos volver a vernos.
Zoe se derrumbó. Sus ojos se humedecieron y tomando mi mano me dijo: «Ya no sigas, por favor, me lastimas».
Me mantuve firme. ¿De qué servían tantas cosas lindas que sentíamos si no nos llevaban a nada? Se acercó y me besó. Era lo perfectamente calibrado que debía decirme sin hacerlo. Toda mi actitud cedió. Nos fuimos a mi auto y en el interior pasó lo que aún no había pasado. Nos besamos de otra forma, de forma desbordante, como desesperados expresando todo lo reprimido. Mis besos bajaron a su cuello, sus sonidos se volvieron más intensos, mis manos asumieron más licencias. Fue algo fuerte, acelerado, apasionado… Mis labios continuaron su recorrido hacia su escote y llegaron a lugares donde se supone que solo las manos podían hacerlo. Su respiración era tan fuerte que subí la mirada y vi que sus ojos estaban cerrados, como si ya no pudiera contener más la realidad y solo dejara que todo fluyera, como siempre quise.
Ante tanto calor, me detuve para dejarla con ganas de más y le dije al oído: «Vamos a mi casa, hay algo que quiero enseñarte». Un «sí» casi imperceptible, por el poco aliento que le quedaba, fue su respuesta. De más está decir que manejé a gran velocidad y que llegamos en pocos minutos.
Entramos a empujones. Cada paso era un beso apasionadísimo y una prenda menos que quedaba en el camino. El vino ahora jugaba a nuestro favor. Las paredes se nos acercaban tanto que chocábamos. Con los ojos cerrados de ímpetu y entrega no se podía ver el sendero, pero nuestros cuerpos iban hacia mi habitación.
Solo al llegar a la puerta noté la cantidad de ropa que había quedado en el pasillo, estábamos desnudos. Nuestros movimientos eran fuertes con cada paso. Llegamos al borde de mi cama con absolutas ganas y apuro. Tenía su cuerpo desnudo frente a mí, mucho más hermoso de lo que imaginé sobre sus atuendos elegantes y sobrios. Pero lo más delicioso fue verla tendida con una sonrisa de felicidad esperando a que yo subiera. Haríamos el amor.
Empecé a recorrer su cuerpo, mientras la suavidad y la temperatura ideal me iban consumiendo; algo peligroso, pues, si bien solo dejaba que todo fluyera, el fantasma de marcar historia en su vida era algo que me preocupaba y motivaba al mismo tiempo. Casi a la altura de su cuello entré en su cuerpo y la expresión de su rostro fue inalcanzable. Cómo pretender describirlo. Justo en ese momento tiró su cabeza hacia atrás, como exponiéndose más, sus ojos cerrados combinaban con su sonrisa y el color de su rostro se tiñó de rosado. Todos los centímetros de nuestros cuerpos rozaban y se convertían en uno solo… en uno solo.
Cada arremetida originaba un hermoso gemido, de esos que dan valor, de esos que te hacen sentir bien, algo geométrico que iba en aumento. La suavidad se volvió más fuerte, como siguiendo el ritmo de la llama interior que sentíamos y se iba convirtiendo en un volcán a punto de estallar. De pronto ella llegó y, más curvada que nunca, sus gemidos se hicieron intensos, eran melodía para mi corazón, que latió tan fuerte como el de Zoe.
Aún agitada, abrió los ojos y con un brillo hermoso me miró como si no pudiera creer lo lindo que nos estaba pasando. «¡Me encantó, mi amor! Te amo, quiero estar así por siempre».
Esas palabras le ordenaron a mi rostro regalarle una sonrisa inmensa. La besé y al mismo tiempo quería sentir más y hacerla sentir más, así que para su sorpresa reanudé el amarla. Nuevamente estábamos al borde de la locura. Esta vez éramos más apasionados, más veloces y cada vez más, su cuerpo desbordaba de sensaciones. Su piel era más cálida, más excitante y cada movimiento mío era exacto, lo notaba por su expresión y felicidad. La química entre los dos era perfecta, todo, el momento, la forma, el roce… el amor. Zoe estaba al máximo y entendí lo que tenía que hacer y lo hice. Otra vez ella explotó, ahora fue más intenso, más fuerte y estaba más agitada. Abrió los ojos y era mía, mía por siempre. Su mirada dijo más que un millón de palabras, pero, aun así, pronunció algunas que valían por dos millones: «Te amo, me has hecho sentir lo que nunca en mi vida he sentido, ¡quiero que me hagas feliz toda mi vida!».
Sí, así de hermoso era el momento y con todo lo lindo que hacía y decía, me sentí recargado, pues nuevamente, para su sorpresa, quise amarla… Un «tienes mucha energía» llenó mis oídos y mi mente. Ahora me di el tiempo de explorar todo su cuerpo con mis labios, los cuales actuaban con delicadeza en la suavidad de su piel; cada beso en su piel era perfecto, lo sabía por cómo la hacía sentir. Así exploré cada rincón hasta llegar a la zona donde había estado antes, pero de otra forma; empezó a retorcerse de placer, de placer con amor. Desde mi ángulo el panorama era perfecto, una mezcla de morbo con corazón me hacía levantar la mirada y, al atravesar todo su cuerpo, ver su rostro; otra vez estaba amándome con cada cosa que yo hacía. Un «ya no puedo más, ¡ven!», me hizo saltar de nuevo sobre ella. Todo fue más intenso. Debía de ser que nuestra anatomía era puro sentimiento: cada poro, cada milímetro nuestro, era uno solo. Se alinearon las temperaturas, la suavidad, las estrellas y esta vez el volcán nos recorrió a los dos; nuestros sonidos fueron increíbles e inimaginables. Temblamos juntos, nos hicimos uno: todo el amor que sentíamos estalló en ese momento y parecía no acabar…
Luego de un interminable paraíso, ambos abrimos los ojos y nos miramos como nunca antes. Felices y entregados, sabíamos que jamás podríamos vivir separados, que el destino nos había juntado, que éramos el uno para el otro, que el universo y todas sus fuerzas confluían en nosotros. Un suave beso y un abrazo desnudo, tanto de cuerpo como de alma, sellaron nuestro amor para siempre.
Capítulo 17
Sebas Y Zoe
Pensé que Zoe quería descansar luego de lo agotador e intenso que vivimos, pero lo que hizo fue lo más hermoso que había visto en mi vida: se cubrió con las sábanas y solo dejaba ver su rostro, un rostro sublime, una piel aún rosada, unos ojos brillantes que iluminaban la oscuridad de mi habitación, una sonrisa de felicidad. Nunca la había visto tan plena. Estaba bella, al natural; su mirada revelaba más información de la que podía procesar.
La palabra «amor» había quedado limitada, era más que un «siempre», era más que cualquier cosa que haya inventado el hombre, era —con el perdón de Dios— algo que aún él no había inventado.
Conversamos horas de horas de lo lindo de nuestro amor y de nuestra entrega, de que estábamos completamente felices, de que queríamos estar así para siempre. No teníamos sueño… Estábamos soñando despiertos, ¿para qué perder el tiempo durmiendo si queríamos que ese momento fuera eterno? Hablamos de lo que habíamos hecho, de lo fuerte y romántico que había sido, de que nunca nos sentimos así. Si muchos piensan que un ser superior une a las parejas en matrimonio para toda la vida, pues nos había casado en ese momento.
Seguimos conversando y sin darnos cuenta ya era de día. Comenzamos a tocarnos, a jugar en la cama, la cual era nuestro palacio, digno de una princesa como ella. Afuera no estaba la calle, nos rodeaba el paraíso.
Nos vestimos apenas, lo mínimo, y sucedió otro momento que quedaría grabado en mi corazón como un tatuaje por el resto de mi vida. Yo estaba echado en la cama mirando hacia arriba. Ella se subió encima de mí, como cabalgando, apoyó sus manos en mi pecho y no dejaba de sonreír; sus ojos, sus bellos ojos seguían iluminando mi alma; simplemente me quedé contemplándola, sin decir nada, no podía articular palabra alguna, mi sonrisa era tan plena que no podía mover los labios; allí estaba ella, feliz, juguetona y perfecta. No aguanté más y me acerqué a besarla, le dije «te amo», ella me lo repitió y nos besamos perdidamente. Todo era demasiado. Si la noche anterior habíamos hecho el amor, pues ahora sin hacerlo físicamente nuestros corazones y nuestra alma lo hacían. No queríamos bajar de la cama, era nuestro mundo.
Pedimos una pizza y la comimos cuidando las mismas sábanas que antes no habíamos cuidado. Prendimos la televisión, pero no la veíamos, seguíamos conversando y jugando. Era como un día de casados o una luna de miel y ¡solo era un día! ¿Cómo sería tenerla así por el resto de la vida? ¡Por siempre!
Platicamos de todo, sin límites, de lo lindo que sería irnos de viaje juntos y pasar momentos así. Empezamos a hablar, como bromeando, de cuántos hijos queríamos tener.
—¿Qué tal dos? —me dijo.
—¿Cómo quieres que se llamen? —le pregunté.
—Sebas como tú y Zoe como yo —respondió.
—Me encanta la idea.
—¡Quiero que sea tan lindo como el padre!
—Y hermosa como la madre —agregué.
Luego, me atreví a preguntarle qué pasaría si tuviéramos un hijo. ¿Se lo diría a su novio? Me respondió que sí y que lo dejaría para vivir conmigo. Si bien todo era suposiciones, estas me hacían sentir como si fueran nuestro destino. ¡Ahora sí, nada ni nadie nos separaría!
Sin darnos cuenta, la noche había llegado otra vez. Habíamos estado despiertos un día entero y ella se tuvo que marchar. Las responsabilidades nos hacían volver a la realidad. No, ¡miento! ¡Nunca más habría otra realidad que nuestros sueños!
Capítulo 18
Velas
Al día siguiente, el motor de un automóvil me hizo despertar y el timbre de mi casa sonó cuando quise volver a conciliar el sueño. Me asomé por la ventana: ¡era Zoe! Llegaba con algunas maletas que el taxista bajaba de su auto. Me miró y sonrió; de pronto, escuché otro sonido: el despertador.
Me lamenté, todo había sido un sueño, pero por lo menos amanecía con los latidos de mi corazón acelerados. Me desperecé con algo de nostalgia; una ducha tibia me relajó. Permanecí bajo el chorro de agua por un buen tiempo, pensativo, recordando lo vivido con Zoe. Interrumpí mis ideas para apurarme, pues tenía que ir a trabajar.
Ya en mi oficina, los mensajes que nos enviábamos eran cada uno más hermoso que el otro.
—Te amo —me dijo.
—¡Yo más! —respondí.
—¡Quiero verte!
—Claro que sí. ¿Te parece si cenamos hoy?
—Me encantaría.
Así, mil ideas de tener otra noche mágica pasaban por mi cabeza mientras revisaba unos contratos que me habían dejado sobre el escritorio. ¿Un restaurante? ¿Un bar? ¿Rosas? ¿Vino? No. Quería algo más personal, más íntimo.
Llegó la noche y manejé hasta la vieja pileta otra vez. Estuve fumando un cigarrillo a la par que esperaba. Mis ansias habían hecho que llegara temprano. En eso se me acercó una linda niña de no más de tres años, es más, ¡se parecía a Zoe!, me miró y me habló.
—¡Hola! ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias ¿y tú? —le pregunté siguiéndole el juego. Su madre se acercó, me sonrió y se dirigió a la nena:
—Zoe, vamos, ¿ya?
Me quedé petrificado. Hasta antes de Zoe no había conocido a nadie que se llamara así. ¿Sería una señal del destino? ¡Fue increíble!
Al rato llegó mi Zoe. Le conté la anécdota y se sorprendió. Cogió mi brazo, apoyó su cabeza en mi hombro y, sin pensar ya en que alguien nos podía ver, caminamos juntos hasta el auto. Esa pequeña señal era grande para mí. Cada vez nuestro mundo paralelo se volvía más real.
Ya en el coche me preguntó a dónde iríamos; «sorpresa», le respondí. Mientras manejaba, cogía mi mano y sonreía; sin darnos cuenta ya estábamos estacionados en la puerta de mi casa. Por un instante, su mirada pícara insinuaba que yo no había preparado nada especial y que quería que se repitiera lo sucedido el día anterior, pero no era así, en parte.
Entramos a mi sala y en la mesa había una botella de vino, una rosa y unas velas. ¡Le encantaron! Saqué del horno una lasaña. Todo era perfecto. Retiré la silla para que se sentara y ahí la tenía, frente a mí, cogiendo su rosa y disfrutando de su aroma.
Por un instante eterno vi cómo la rosa apreciaba con envidia el perfume natural de Zoe; las velas se sorprendían al iluminar con su luz un rostro tan bello; y el vino quería llegar a sus labios para probarlos.
Ese instante fue interrumpido por un «¡gracias!», un beso y un «¡te amo!». Estaba haciendo feliz a la mujer de mi vida. Como siempre, empezamos a conversar y beber. Eran esas pláticas entretenidas que solíamos tener y en las que escuchaba cada cosa que me decía como si fueran melodía, queriendo detener el tiempo de su mirada.
Luego de cenar, y casi con la botella de vino vacía, nos sentamos en el sofá, empezamos a besarnos y mi cuerpo fue subiendo al suyo; sonrisas, respiración, sonidos, piel, calor… todo se conjugaba en una extraña pero perfecta armonía. Cuando parecía que no nos importaba que la incomodidad del sofá fuera evidente, me susurró al oído: «Vamos a tu habitación». Al entrar, había un espejo de cuerpo entero y se detuvo para vernos. Ella ocupaba casi todo el reflejo y yo aparecía por detrás abrazándola por la cintura. Mientras besaba su cuello ella miraba el reflejo con una sonrisa. Quería ver cómo se veía el amarnos, quería ver cómo nos veían los demás, cómo nos miraban los ángeles; empezó a moverse suavemente cuando mis besos se hicieron más intensos y mis manos recorrían su cuerpo. La ropa parecía deslizarse por sí sola hacia el piso. Ahí estaba ella, en el reflejo de mi espejo como si este fuera el más bello lienzo que jamás se hubiera pintado; tomó mi mano y me llevó hacia la cama.
Otra vez nuestros cuerpos desnudos se acariciaban como si cada centímetro fuera sensible. La temperatura cálida era igual en ambos. Nuevamente estábamos haciendo el amor. Cuando estalló, nuestros latidos eran uno solo, fuertes y profundos. «¡Te amo!», expresó, aunque esta vez no dijo nada más. Tenerla con los ojos cerrados, sonriendo y sintiendo era suficiente para mí.
—Mañana tengo que trabajar —me dijo.
—Quédate conmigo y te llevo mañana temprano.
—¡Esta bien! —respondió con una sonrisa.
Esta vez debía respetar su sueño. Nos abrazamos; ella durmió, yo no. Me quedé mirándola, aunque la poca luminaria no me dejaba observarla bien, pero ya la tenía grabada en mi vida, así que era como si la luz de las velas pasara otra vez por ahí. De la nada, abrió los ojos.
—¿Me estabas mirando? —preguntó adormilada.
—Para qué dormir si verte es un sueño.
—Tenemos que descansar —afirmó.
Fingí cerrar mis ojos para verla un rato hasta que no pude más. No podría decir que tuve un descanso profundo, porque hasta dormido sentía su cuerpo.
Nos sorprendió la mañana; el timbre de la alarma sonó, pero esta vez era real, despertamos abrazados. Nos levantamos desnudos jugando a cubrirnos con pudor infantil y corrimos hacia la ducha. El chorro tibio caía sobre nuestros cuerpos mientras nos besábamos y el agua se evaporaba con el calor de nuestra piel. Su desnudez era sublime, ya era parte de mi hogar.
Todos los ambientes tenían su imagen, su perfume, su brillo. Todo lo que yo hacía solo, entre esas paredes no volvería a ser lo mismo sin ella.
Regresamos a mi habitación, quitándonos la única toalla que tenía. Empecé a vestirme de espaldas a ella y cuando estaba aún casi desnudo volteé a verla, me estaba mirando tendida en la cama. Percibí en sus ojos la misma expresión que debo de haber tenido cada vez que yo la veía. Cuando intenté acercarme con amorosas intenciones, sonrió y me dijo: «Hay que apurarnos… ¡se nos hace tarde!». Comprendí y me detuve. Parecía que estuviéramos juntos hace años. Aunque siempre pareció que nos conocíamos de toda la vida.
Salimos en el auto y la dejé cerca de su casa. No era pertinente que los vecinos la vieran llegar tan temprano y con el cabello mojado. Un beso e ir soltándonos hasta la punta de los dedos era señal inequívoca de que no queríamos separarnos nunca más.
Capítulo 19
Donde sea
Terminé de trabajar temprano, llegué a casa y tomé una siesta. El sonido de mi teléfono me hizo saltar de la cama y me apresuré a contestar.
Zoe estaba llorando…
—¡¿Qué pasa?! ¿Estás bien? —pregunté.
—Me llamó mi novio. ¡Llegará en cualquier momento! Nos vamos de viaje al sur a ver a toda mi familia. Quiere apurar nuestro matrimonio, ¡quiere que me case con él lo más pronto posible! Tengo que colgar, parece que está llegando… ¡Te amo!
Me quedé sin nada que decir, sin nada que hacer. Seguí con el auricular en el oído, mientras el dolor en mi pecho arrancaba una helada lágrima de mis ojos. No sé cuánto tiempo estuve así. ¡Como si el bendito aparato pudiera revertir lo que escuché!
Me había invadido la perversa incertidumbre de no poder llamarla, de no poder saber qué pasaba. Tan solo me quedé con su «te amo», pero no era suficiente. Por mi cabeza transitaba la imagen de él llegando con flores a verla, aunque ella me había dicho mil veces que nunca hacía eso; la imagen de él besándola, aunque ella me aseguraba que esa iniciativa no existía; la imagen de él tocándola… Nuevamente, sentí gotas de fuego en el corazón.
La felicidad que sentimos días antes se desmoronó por completo. Parecía tan fuerte y sostenible, parecía que por fin nuestros sueños se hacían realidad…
Lloré.
Recorrí mi habitación, la sala, cada lugar de mi casa en donde había estado ella. Era como verla, aunque en tinieblas, todo estaba oscuro. Contuve mis movimientos, quería explotar. ¿Qué podría hacer ahora? Necesitaba escapar de ahí.
Agarré las llaves del carro y me dirigía a la vieja pileta, donde siempre nos encontrábamos. Tenía un horrible dolor en el alma que me consumía. Sentí que debía inclinarme hacia adelante para detener mi sufrimiento. Apareció un auto frente a mí. El sonido de los neumáticos frenando sin poder detenerse y el rostro del otro conductor asustado mirándome me hicieron sentir escalofríos.
Esquivé el peligro: ¡me salvé por un centímetro! Eso hizo que me estacionara a un lado del camino, apoyara mi cabeza en el volante y llorara por unos minutos… Esas lágrimas constantes que llegaban a mis labios me hacían sentir su amargura; esos labios que solo conocían el sabor de Zoe ahora sabían a veneno.
Me repuse y seguí manejando. Lloraba, pero más que por los ojos, por el corazón. Toda mi expresión debió de haber sido aterradora. Lloraba con todo el rostro, con todo el cuerpo…
Llegué, no había nadie, estaba oscuro. El cielo era de un azul tenebroso, era la combinación perfecta con mi espíritu, oscuro y frío. Me apoyé a un lado de la pileta bajo la protección parcial de un árbol, encendí un cigarrillo y me quedé ahí parado.
Quería pensar y solo dolía, quería reponerme y solo dolía, quería sentirme vivo y solo dolía.
Un policía se acercó a mí.
—¿Está usted bien?
—No, pero estaré mejor —de alguna manera entendió y se fue. Mis propias palabras me hicieron dar cuenta de que tenía que ser fuerte, que algo así podía pasar en cualquier momento, algo que quise negar, que quise enterrar, pero que era la realidad. No podía quedarme así, derrotado, sin fuerzas y sin ganas de seguir viviendo. Tenía que sacar energía de adentro, porque estaba solo y nadie más que yo podría levantarme.
Quería llamarla y no podía. Ella estaría con él. Mi teléfono se había quedado en el auto y esos pocos metros me parecían imposibles, apenas podía mantenerme en pie. Algunas personas caminaban a mi alrededor, la vida continuaba; Observé a la gente, ahí pasaba una anciana con su nieta sonriendo, un señor apurado camino a quién sabe dónde, una pareja de jóvenes enamorados de la mano, una señora con una bolsa de víveres, un sujeto raro con cara de preocupado, cada uno con sus propios problemas y felicidades, cada uno con su propia vida en movimiento. Era lo mismo que debía hacer.
Moví mis piernas y entré en el auto, regresaba a casa. Llegué a mi habitación y me senté en una esquina. Volteaba y veía a Zoe. Recordaba que horas antes había estado ella ahí mirándome, todo parecía un castigo divino. Saqué una botella de licor que tenía guardada y comencé a beber. Parecía que el alcohol me había hidratado de nuevo y empezaron a brotar lágrimas de impotencia. No podía hacer nada. Ella ya estaría en un avión con él. ¿Sería contra su voluntad o con su consentimiento? No sabía nada. Ya no creía en nada…
Me tumbé hacia atrás. Una llamada me hizo reaccionar. Corrí al teléfono, desesperado, a tal punto que me tropecé y me golpeé contra el suelo, aun así, llegué a contestar.
—Aló, ¿Sebas? —Era mi madre.
—Hola, mamá.
—¿Qué pasa? Te noto mal —me respondió.
—Nada, mamá, todo bien… Hablamos luego, ¿sí?
—Ok, pero me llamas, cuídate.
Nuevamente la melancolía, mezclada con el licor, me invadió. Recién al cabo de unos minutos se me ocurrió revisar mis mensajes. Había uno de Zoe.
«No quiero viajar, no quiero dejarte, no quiero irme, no quiero casarme. Quiero estar contigo. No sé si todo está mal, pero te amo… ¡Te adoro!»
Más adelante había otro que decía: «¿Por qué no me contestas? No es mi culpa. Dime algo, por favor, lo que sea. ¿Sebas? ¡No me dejes sola!».
No me importó nada en ese momento, a pesar de que habían pasado un par de horas desde esos mensajes y que él podía contestar, la llamé.
—¡Sebas, te amo! —contestó inmediatamente—. No sé qué hacer. Ha preparado una reunión con el resto de mi familia que vive en el sur. Quiere que me case con él inmediatamente.
Yo, que tenía miles de palabras y argumentos pensados en todo el día, no dije nada.
—¡Sebas! No te quedes callado, dime algo, ¡en tres horas salgo con él al aeropuerto!
Seguí callado, ella solo sabía que estaba al otro lado del teléfono porque mi respiración sonaba a llanto.
—¡Sebas! Te amo, no es mi culpa, ¡perdóname! Sé que estás molesto conmigo. Tal vez sea nuestro destino, sé feliz —me dijo, mientras los segundos siguientes me hacían presentir que colgaría.
Creí que era mejor así. No contesté nada, me quedé mudo. Zoe se iba a casar con él. Nuestra historia de amor llegaba a su fin. Quizá Dios y el destino querían que así fuera. Adiós, Zoe, pensé.
—¡Escápate conmigo! —le propuse.
—¿Aló? ¡Sebas!
—Escapémonos de aquí, ¡por favor!
—¿Escaparnos?
—¡Sí! Escapemos hacia nuestra felicidad, de una vez, no hay nada que dejar… Tengo el auto, algo de dinero, una botella de vino y un botón de tu blusa que se quedó en el asiento, pero tengo todo mi corazón y mi vida para entregártela y hacerte feliz, ¿qué dices?
No escuché nada. Solo seguí.
—¿Aló? ¿Aló? ¿Zoe? ¡Zoeeeeee!
—Sí. ¡Hagámoslo!
Y volvió a latir mi corazón.
—Te espero bajo el puente, por la zona de bares. A las ocho en punto. No lleves muchas cosas
—¿A dónde iremos?
—Donde sea —respondí.
—Ok, nos vemos a esa hora. ¡Te amo!
Capítulo 20
A solo diez metros
Cogí una maleta y aventé sobre esta algo de ropa. Cada vez que quería cerrarla, me acordaba de algo que me faltaba, pero nunca me faltaría nada, con Zoe tenía todo lo que necesitaba.
Salí de casa de manera apresurada. Parecía que habían declarado su evacuación. Subí al auto y emprendí el camino. Dos cosas daban vueltas por mi cabeza: el trabajo y la familia, pero solo la familia era irremplazable; una vez que llegáramos a algún sitio, los llamaría.
Lo único en lo que me enfoqué fue en llegar a las ocho en punto y estacionarme bajo el puente. La ruta que siempre hacía en minutos se me hizo interminable; maldecía cada coche que se me ponía enfrente. Faltaban quince minutos y un buen trecho por recorrer.
Un mensaje de Zoe llegó: «¿Estás ahí? Estaré a las ocho en punto. No me falles. Si él se da cuenta, de seguro me seguirá». Me preocupé aún más. Diez minutos y diez cuadras, llenas de tráfico; los nervios me invadían, todo se confabulaba en mi contra.
Faltaban cinco minutos y solo había avanzado una cuadra. A ese paso no estaría a la hora exacta. Pensé en salir y correr hasta el puente, pero el lento avance me hacía dudar: solo siete cuadras y dos minutos me alejaban de Zoe.
Los vehículos comenzaron a avanzar. Un bus malogrado al lado de la vía había sido la causa del retraso. Pisé el acelerador dispuesto a romper el destino. Avancé como un loco y ahí estaba el puente, el sonido de mis llantas frenando bruscamente marcaron el fin de mi odisea. Bajé, mi largo saco negro no contenía el frío del todo, así que prendí un cigarrillo. Había llegado a las ocho en punto.
Me apoyé sobre el auto mientras fumaba. Bajo el puente había una zona de bares y un camino empedrado, por allí ella debería venir. Recién en ese instante me puse a pensar a dónde iríamos, qué haríamos. Una silueta apareció por el camino, levanté la mirada, pero un viejo farol no me dejaba ver bien el rostro. Cuando avanzó, me percaté de que no era ella.
Las ansias me invadían. ¿Qué pasaría si el novio la seguía?
¿Dónde estaba Zoe? Miré mi reloj y ya eran las ocho y diez. La gente pasaba a mi costado. Ellos no tenían tantas cosas en la cabeza como yo. Seguro empezarían su noche de bares; se les veía despreocupados, divertidos, había algunas chicas muy guapas que pasaban, pero no era a ellas a quien yo esperaba.
Repentinamente apareció contrastando la luz del viejo farol una silueta diferente, con un caminar suave y apurado a la vez. Yo me separé un metro de mi auto estacionado, con una mano en el cigarro y otra en el bolsillo. Comencé a sonreír. ¡Tenía que ser ella!
Atravesó el haz de luz y ahí estaba, bella como siempre, preocupada pero emocionada, como a unos veinte metros de mí. Me reconoció y comenzó a sonreír. Nuestra locura de amor se materializaba. Ella llevaba una pequeña maleta rodante, solo unos quince
metros nos separaban. Volteó para ver si alguien la seguía, pero luego brilló más enamorada que nunca. Nos largaríamos de ahí cuanto antes. Por un momento pensé que la gente estaba parada a los costados mirando la escena, dispuesta a aplaudir cuando nos abrazáramos.
A solo diez metros, el tiempo se suspendió. Zoe me miró con la expresión más preocupante que pude imaginar. Sus ojos se abrieron al máximo, soltó la maleta de miedo, se quedó ahí parada, aterrada, pálida… Fue entonces que sentí una presencia detrás de mí, sentí los pasos de alguien haciendo sonar el camino empedrado. No volteé, solo me quedé inmóvil.
Zoe me vio y movió la cabeza como diciéndome «¡No!». Yo no entendí, solo la miré y me contagié de su inercia. Una sombra se acercó. Zoe se agitó. Sus ojos se humedecieron. Se veía asustada. Solo atiné a girar la mirada hacia mi derecha. Era un tipo bajo y moreno que pasó en cámara lenta por mi lado sin percatarse de mi existencia. Solo miraba de frente hacia Zoe, pero por una décima de segundo volteó a verme. Cruzamos las miradas, no me manifestó nada con eso, solo siguió de frente hacia ella.
No era necesario adivinar, era su novio. Me quedé inmóvil para ver la escena que sucedería. Él avanzó hasta ella, la cogió fuerte de los brazos y llorando le suplicó que no lo dejara, que él cambiaría. Parecía encogido, casi de rodillas, sonaba tan falso. No podía ver las cosas de manera objetiva, pero su forma de hablar no era sostenible ni consecuente con lo que decía. Parecía más egoísmo, el «¿qué dirán?» o una actuación. Sabía que a Zoe le daba pena dejarlo.
Alguna vez escuché que un hombre enamorado es aquel que enamora a su mujer todos los días y no solo cuando la está perdiendo, pero ¿de qué servían esas frases sabias en este momento? Zoe lloraba y levantaba por instantes la mirada como petrificada, me veía y no sabía qué hacer, yo tampoco.
Él le dijo: «Voy a cambiar, sé que no te he demostrado todo lo que te amo, pero no me dejes, no sé qué haría sin ti. Te voy a dedicar tiempo. Viajemos. No te dejaré sola, ya no te voy a ignorar, pero ¡no me dejes!».
Zoe sollozaba, yo no podía, tan solo me quedé ahí observando como si ya no fuera parte de la película. Ella no se movía; él estaba inclinado suplicando casi en su pecho; ella ni siquiera lo abrazaba, estaba con los brazos pegados a su cuerpo, no sabía qué hacer. Quise asumir un rol y di un paso hacia adelante. Zoe abrió aún más los ojos y con la cabeza me dijo «¡no!», atemorizada. Me quedé con medio paso adelante; era el máximo esfuerzo que hice, por su bien no podía ponerla en evidencia de que se iba a escapar conmigo.
Él volvió a hablar de manera muy nerviosa: «Escúchame, Zoe, de repente te has asustado con todo esto. Viajemos, vamos a distraernos, vamos a ver a toda tu familia y hablamos, ¿ok?».
Ella no dijo nada. Me miró y lloró más que antes, sin sonidos. Esta vez su mirada lloraba lágrimas de desesperanza; se dejó abrazar por él mientras giraba dándome la espalda y se fueron hacia abajo, por el camino que hacía unos minutos había recorrido en busca de su felicidad a mi lado.
Su silueta se fue perdiendo bajo la estela de la luz del farol, solo un tenue brillo me hizo entender que había volteado a mirarme.
Ella se fue caminando con él, retrocediendo paso a paso, cada paso que había caminado hacia su libertad. Ella decidió, coaccionada por él, pero decidió. Se dejó envolver por todos los temores, los compró.
Mil veces Zoe me había dicho que, si bien su novio no era una mala persona, él no era buena pareja. No la tocaba, no la besaba, no le decía «te amo», no tenía detalles, no quería hablar, llegaba cansado del trabajo, tarde. Las pocas veces que salían, él bebía, peleaban; ella se sentía sola, pero, en ese momento, ella volvió a comprar todo eso, a dejarse convencer, a dejar que su pena valiera más que sus sueños.
Ahí me quedé yo, en la fría noche, apoyándome otra vez en mi auto, con mi maleta adentro cargada de abrazos, besos, entrega, sonrisas, miradas, intimidad, una noche normal, dilema, guerra, te extraño poquito, brillo en los ojos, sola, inofensivo, la hora de la verdad, la cuenta, resurrección, palabra, golpe, bala, angustia, el día previo, inimaginable, Sebas y Zoe, velas, donde sea… Todo lo que había alrededor de nosotros se quedó a solo diez metros.
Capítulo
21 Ángel
Me alejé diez metros del auto, me paré exactamente donde ella había estado, creo que hasta sobre sus lágrimas. Aquellos sentimientos que tenía adentro ahora me dolían como mil cuchillas. ¿Tan poco valía todo esto? Di la vuelta y tomé la dirección contraria al camino que tomó Zoe. Cada paso que dio nos alejó, y cada paso mío era irreversible. Deambulé en la fría noche; los árboles con sus hojas negras oscurecían aún más mi sendero, en aquel momento apareció frente a mí la vieja pileta, aquella donde ella buscaba su felicidad. Estaba inerte, con agua negra, sin sonido.
Caminé y caminé, como buscando algo, alguna señal, alguna respuesta. Pasé por el teatro, aquel donde alguna vez me dijo que la llevara; luego por aquel bonito café, donde alguna vez nos expusimos a que todos nos vieran; las luces de neón ahora eran color noche. Todo se volvió monocromático. Era mi viejo y golpeado corazón que me estaba diciendo: «¡Hey! ¿Cuánto más crees que puedo soportar?».
Un cigarrillo salió de mi bolsillo, lo encendí, pero esta vez sentía el humo en mi pecho como si fuera una piedra. ¿Qué más da?, pensé. Una chica se acercó a decirme si podía invitarle uno, lo saqué y se lo encendí. Me agradeció con una mirada coqueta. Sonreí y me fui. Por dentro pensé: «¡Ya tuve suficiente de ustedes por hoy!».
La gente transitaba por mi lado, esta vez eran tantas las miradas que no decían nada. Era noche de todos, pero no mía. No lloré, ya había sido suficiente. Mi corazón procuraba cerrar sus puertas y yo no tenía fuerzas para ayudarlo, pero tampoco para detenerlo. No pensaba en qué estaría haciendo ella; yo seguía en estado de shock: ido, ebrio de dolor, drogado de pena.
Decidí regresar bajo el puente, ahí había dejado el auto y debía retornar a casa. Casi a punto de abrir la puerta vi que los bares estaban en su mejor momento. Las siluetas de las chicas bailando y los chicos bebiendo me llamaron la atención. Un mesero se me acercó y me dijo: «Pase, ¡la noche se seguirá poniendo más buena!». ¿Por qué no?, pensé, y lo seguí.
Entré a ese bar, tenía una terraza preciosa y, por fin, al cruzar la puerta, encontré un lugar lleno de luces, risas, gente eufórica y despreocupada. ¿Podrían contagiarme algo de eso? No importa. A como estaba hace unos segundos, cualquier cosa era mejor.
—¿Se sirve algo? —me preguntó el barman de la barra en donde me senté.
—Ese vino que está ahí, por favor. —Respondí
—Muy buena elección —replicó, mientras dejaba la botella y una copa.
No recuerdo bien cada momento. Conversé con algunas chicas que se acercaron; algunos chicos que me conversaron cosas triviales; el mismo barman charló buen tiempo conmigo. Vi que ya no tenía vino, ahora estaba tomando otro trago y otro… Giré mi silla
para ver cómo bailaban. Una chica me hizo una seña para que me acercara a bailar con ella.
Cuando puse un pie en el piso, me di cuenta de que había bebido tanto que no era recomendable dar un paso más. Al igual que con Zoe horas antes, ese fue mi máximo esfuerzo.
La cabeza me pesaba, a veces volteaba a ver quién me había golpeado y no había nadie; las figuras eran difusas; la música, solo bulla; las luces me agredían; solo miraba mi vaso, con un brazo apoyado en la barra, la cabeza hacia adelante, la mirada baja.
Oí una voz familiar de alguien que se sentó a mi costado.
«Hola». ¡Era ella! ¡Había regresado! Estaba sola. Abrí bien los ojos y la besé, la besé con desesperación, casi llorando. Me abrazó y me besó, ¡de forma diferente, pero me besó! Cogí su rostro con mis dos manos y le dije «¡Zoe! ¡Te amo!».
«¿Zoe? ¡¿Quién es Zoe, imbécil?!», y se fue. Recién cuando se iba, vi que esa chica ebria no era Zoe. El alcohol y mi corazón me habían jugado una mala pasada. Ahí quedé yo, otra vez solo, parado casi al medio de donde todos bailaban, sin opción a moverme más, sin opción a volver a la barra de la cual me había alejado como un barco a la deriva. La gente me empujaba, las chicas sonreían, alguna se puso a bailar rozándome de espaldas, mientras yo sentía que la lluvia caía encima de mí, solo de mí. No recuerdo mucho más, solo imágenes moviéndose, algunos rostros, algunas luces… Todo se volvió oscuro.
Pasaron horas. Me despertaron unos toques en mi brazo, abrí los ojos y la luz del sol me cegó. Estaba echado en un jardín al lado de una banca. Me percaté que se trataba de una desaliñada anciana.
—¿Ya estás mejor, hijito? —me preguntó.
—No lo sé —respondí mientras me sentaba.
Pararme era imposible. Agarró mi mano e intentó ayudarme, pero no podía hacerlo.
—¿Qué hago aquí? —agregué.
—Yo lo vi todo, yo vendo cigarrillos y golosinas aquí bajo el puente —me contó—. Se te acercó una chica a bailar. Disculpa que te haya estado viendo, es que me recuerdas a mi esposo cuando era joven y salíamos a caminar por este mismo lugar; entonces parece que el novio de la chica se puso celoso y la empujó, tú reaccionaste y te golpeó. Sus amigos te sacaron y te golpearon, pero yo te defendí diciendo que llamaría a la policía y se fueron.
—Gracias, señora. Es usted un ángel.
—¿Cómo te llamas? —me preguntó con curiosidad.
—Sebastián, pero todos me dicen Sebas.
—¡Te pareces mucho a mi Antonio! Él era un muchacho joven, buen mozo, decente… Ahora me ves toda vieja y andrajosa, pero yo era muy bonita. Usaba unos vestidos hermosos que mi madre mandaba confeccionar. Aún vivo a dos cuadras de aquí, en una vieja casa, pero mis hijos se fueron al extranjero y no sé nada de ellos hace un buen tiempo. Mi Antonio murió hace unos años ya y yo para sentir que hago algo útil salgo a vender. No me quejo, la gente me ve viejita y me compra.
Cuando entré en razón, reparé que debió de haber sido muy hermosa de joven, toda una dama, se notaba hasta por su forma de hablar.
—¿Toda la noche me he quedado aquí? —pregunté al mismo tiempo que buscaba mi billetera para saber si me habían robado, pero todo estaba en su sitio.
—No te preocupes, yo te cuidé toda la noche. Eres igualito a mi Antonio y fue como verlo de nuevo.
Toda la madrugada vendía mis cositas y volteaba a verte. Me trajiste tantos recuerdos. Gracias. Y empezó a llorar sonriendo.
—Gracias a usted —le dije— gracias por cuidarme y por ser una bella persona. La verdad es que me ha salvado, no sé qué hubiera sido de mí sin su ayuda. No suelen pasarme estas cosas. Es usted un ángel.
—Dime Blanca no más, ese es mi nombre.
Me paré y la abracé. Agarró con sus manos temblorosas mis mejillas y me dio un beso en la frente, mientras me agachaba.
—La acompaño a su casa, querida Blanca —le dije.
Cogió mi brazo y escolté su paso lento, disfrutando su compañía; en mi otro brazo yo llevaba su cesta.
—Mira, Sebas, ¡esa es la vieja pileta! Ahí, sin que mi padre supiera, conocí a Antonio. Esos eran otros tiempos, solo eran miradas, sonrisas… ¡No como ahora que las chicas se emborrachan y no saben con quién amanecen!
Era una señora adorable. Blanca vivía en una fantasía, probablemente, su avanzada edad, había hecho que su realidad fuera difusa, diferente, pero lo bueno es que parecía disfrutarlo. Seguimos caminando y cada lugar que pasábamos tenía una historia. Llegamos a su casa. Me dijo que iba a prepararme un desayuno, pero vi que no tenía ni un pan en su mesa.
—Espéreme unos 10 minutos y regreso —le dije mientras salía— Ahora me toca a mí.
Sin la guía del brazo de Blanca, me di cuenta de que mis pasos eran torpes, aun así, llegué a una bodega y compré de todo: pan, leche, mantequilla, huevos, jamón y más. Era tanto lo que había comprado que el ayudante de la tienda tuvo que coger una carretilla para ayudarme a llevar todo a la casa de Blanca.
Toqué la vieja puerta de madera y ella se sorprendió. Otra vez cogió mis mejillas y lloró de alegría. Junto al ayudante pusimos todas las cosas sobre una mesa y por donde hubiera espacio. Ella estaba feliz, como un niño al que en Navidad le dan cien juguetes, uno tras otro.
—Ahora sí, Blanca —le propuse—, preparemos un rico desayuno.
Ella empezó a calentar la leche y a partir el pan; seguía con sus historias, con sus recuerdos; me contaba lo linda que había sido su casa hace mucho tiempo. Sus viejas y disparejas paredes, aquel teléfono antiguo colgado en un muro, esa lámpara dorada y viejos cuadros me hacían dar cuenta de que había sido una residencia muy elegante en su época.
Comimos, nos reímos, no había diferencia de edades para eso, pero me tenía que marchar.
—Gracias, Sebas, me has hecho revivir todo lo que fui, desde que conocí al buen mozo de mi Antonio hasta las charlas que tuvimos hace años aquí mismo.
—Blanca, eres maravillosa —le contesté aún conmocionado—, yo te tengo que agradecer a ti, lo que ha pasado hoy día es un milagro, eres un ángel.
—Y tú eres el ángel de mi Antonio. Sabía que no me equivoqué cuando te ayudé anoche. Eres un joven de buen corazón.
Mis ojos se humedecieron. Esta vez yo cogí sus mejillas y la besé en la frente.
—Así se despedía él —expresó.
—Volveré a verte.
Capítulo 22
Foto
Llegué a casa, aquella que había decidido olvidar por irme con Zoe, y cerré la puerta. Me vi entrando como si una cámara filmara mi retorno. No me sentía dentro de mi propio cuerpo. En mi habitación, aventé las llaves del auto y mi saco. Me senté en la esquina de la cama con los codos apoyados en mis piernas y las manos juntas. Solté un suspiro, pero ya no más lágrimas.
La lenta y dolorosa misión de olvidarme de Zoe debía empezar cuanto antes. Quería saber qué estaría haciendo y, a la vez, no quería saberlo; quería saber lo que él le estaría diciendo y no quería saberlo; quería poder encomendar a un ave que sobrevolara sobre ella y luego me contara al oído cómo la había visto, pero no podía hacerlo… Solo recordaba su sonrisa. ¿Ella tenía la culpa de todo esto? ¿ella pudo hacer algo? Al universo no le importaba lo que pensaba. Me martirizaba recordando su rostro en mi cama, su aroma, su sonrisa, su mirada, pero yo mismo decía «¡basta!». No podía. Todo mi aire era ella. Si cerraba los ojos, la veía más.
Y qué raro es el amor. Te da y te quita, llega y se marcha, pero solo dentro de ti, llega y no se va, y te quita más de lo que te dio, como si no valiera la pena enamorarse y, sin embargo, todos queremos hacerlo porque es lo más hermoso que existe. Siempre valdrá la pena intentarlo de nuevo.
Sonreía recordando todos los capítulos de mi vida con Zoe, pero mi sonrisa dolía. Esos pequeños músculos de mi rostro ahora jalaban desde el pecho, incluso me preocupaba no sentir mis latidos. Parecía que mi corazón era lo único que se había llevado Zoe consigo. ¿Se estarían besando? ¿Se estaría casando con él? ¿Cuánto masoquismo más podría soportar? ¿Es que mi mente simplemente no podía dejar de pensar en ella? No, no podía. Había sido el centro de mi universo. ¿Había sido? Eso tenía que cambiar. Tendría que ser duro y aceptar la verdad. Había hecho que mi realidad fuera ella cuando siempre fui un paralelo, un sueño, una ilusión óptica, un destello que se desintegraba cada vez que ella entraba a su casa, cada vez que lo veía.
En esa historia yo ya no era el protagonista, era él. De qué me servía recordar cuando tocaba su cabello si ahora él lo estaba haciendo, de qué me servía que pasé esa noche con ella si todas sus noches eran para él. Todo lo que había sido de dos, de ella y yo, se convirtió en tres, y ahora, de nuevo en dos, ella y él.
Yo nunca le dije adiós; ella, sí. Nunca tuvo que decirlo, solo lo hizo; ella nunca podría decir que no valió la pena, nunca podría decir que dio todo de sí, nunca podría decir que lo intentó todo, nunca podría decirme realmente si… ¿alguna vez me amó?
Luego de pensar, cogí el teléfono por instinto y llamé a Alonso para tomarnos unas copas. Apareció en mi casa a las pocas horas. Notó lo mal que estaba y comencé a contarle todo. Se sorprendió con lo profundo de mi dolor.
—Olvídate de ella, no vale la pena —me expresó—. Si de verdad hubiera sido real todo lo que te dijo, ahora estaría ella aquí contigo y no yo.
Su compañía era como un cuadro en mi pared, me sentía solo, aunque él estuviera presente hablándome e intentando que yo mejorara. Pasó un tiempo y se tenía que ir. Mi sonrisa despidiéndolo le hizo sentir que había hecho algo bueno por mí. Yo mismo me sorprendía al actuar como si tuviera un mejor semblante, ideal para que mi buen amigo se fuera más tranquilo.
Así pasaron mis días, uno igual o peor que el otro. Todo se repetía, las noches eran de un color azul amanecer, nunca eran negras para permitirme dormir, eran interminables.
Otros amigos y amigas pasaron por mis paredes; todo era igual, todos me decían lo mismo: que me olvidara de ella, que si de verdad me hubiera amado se hubiera quedado conmigo, porque el verdadero amor todo lo puede. Pero cada vez que escuchaba eso, más extrañaba a Zoe. Era esa estúpida sensación insensata de insistir en algo que duele pero que se desea.
Cada hora, cada minuto pasaban como si estuviera sentado sin sentidos, como una película en modo rápido. Yo no actuaba, no hacía nada. Con una irreverente inconciencia de querer que todo se arregle por sí solo. Necesitaba una señal, una estrella fugaz, un ángel.
Cogí las llaves y fui a buscar a Blanca por los bares del puente. Llegué y no la encontré, era extraño. Me dijo que siempre estaba ahí. Subí unas gradas y fui a buscarla a su casa. Estaba cerrada y nadie respondía.
Fui a buscarla a la plaza, no estaba. Me senté en la banca donde había una linda chica, muy abrigada, con sombrero y bufanda, con la cabeza agachada; aun así, se notaba que era bella.
Vi que tenía una foto en sus manos, pero no alcancé a ver el retrato. De seguro su novio también habría partido, pensé; entonces éramos dos en lo mismo, dos personas en esa banca, dos mundos diferentes en ese mismo pedazo de madera.
Empezó a llorar.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí, no te preocupes —contestó sonriendo, mientras vi el reflejo de la luz por las lágrimas que habían recorrido sus mejillas.
—Si te sirve de algo, somos dos los que estamos tristes. No sé por qué lo estás ni por qué estás llorando, pero yo estoy llorando por dentro.
Sonrió un poco y se fue, volteó a verme, levantó su mano y se despidió no sin antes regalarme una sonrisa.
Fue un bonito instante que me hizo comprender que al universo no le importaba lo que pensaba, porque no podía detenerse por cada persona que tuviera una pena.
Prendí un cigarrillo y fui a la casa de Blanca a buscarla nuevamente. Necesitaba oír sus palabras, necesitaba su consejo. Llegué, la puerta estaba entreabierta, toqué para escuchar la dulce voz de Blanca invitándome a pasar. Una sombra se acercó, ¡era la muchacha del parque! Se sorprendió al verme.
—Disculpa, ¿se encuentra Blanca? —le pregunté antes de que me pudiera cuestionar si la había seguido.
—¿La conoces?
—Sí.
Ella se acercó a mí y me abrazó. Se puso a llorar.
—Murió hace dos días. Era mi abuela —me dijo al oído, con una voz tenue.
Un frío intenso recorrió mis venas. Un frío tan fuerte que no me permitió seguir sintiendo el calor del abrazo de aquella bella chica. La separé de mí cogiéndola de los brazos, entramos a la casa. Nos sentamos en las viejas sillas de madera en donde había desayunado con Blanca. Vi el vino en la alacena, aquel que había comprado ya varios días antes; lo abrí y le serví en un viejo vaso de vidrio. Me preguntó cómo la había conocido. Le conté mi historia, ella lloraba aún más.
—Yo nunca la conocí. Siempre le decía a mi madre que quería conocerla, pero nunca me trajo a verla, aunque ella sí lo hizo muy de vez en cuando. Solo tengo esta foto de ella y mi abuelo Antonio
— me acercó la foto.
Era verdad, yo era casi idéntico a su querido Antonio, eso me hizo sentir escalofríos y alegría al mismo tiempo. Ella dejó de llorar, levantó la mirada y cogió con una mano mi mejilla, tal y como lo hacía su abuela.
—De verdad te pareces a él.
Cuando estuve a punto de sonreír nuevamente, me quedé mirándola.
—Tú eres igual a ella — Sonrió.
—Me llamo Sofía —agregó—, mi madre me envió aquí porque una vecina, vieja amiga de mi abuela, la llamó para decirle que estaba mal, pero ella pensó que sería una de las tantas veces en las que recibía esa llamada. Ella se había cansado de insistirle que viniera a vivir con nosotros, pero mi abuela no quería despegarse de sus recuerdos. Llegué hace dos días. Había fallecido apenas algunas horas antes. Seguía echada en su cama, sonriendo como dormida con una foto tuya. ¡Perdón!, de mi abuelo.
Me causó satisfacción el saber que había muerto en paz y que ahora estaría con su Antonio querido.
Sofía me dijo que el día anterior había sido su sepelio. Conversamos bajo la luz de la lámpara dorada por horas hasta que se acabó el vino.
—Sofía, yo sé que no nos hemos conocido en las mejores circunstancias, pero sé que Blanca está viéndonos desde el cielo y está sonriendo.
—¡Sí! —exclamó.
—Ya es tarde —respondí—, pero ¿podría invitarte un café mañana?
—Viajo de regreso temprano —contestó—, pero estoy aquí nuevamente en uno o dos meses. Ya sabes, para ver temas legales de la herencia de mi abuela, aunque vivía en esta vieja casa aún hay algunos terrenos que dejó abandonados de sus buenas épocas. ¡Me hubiera encantado tomarme un café contigo, Sebas!
Cogí mi saco, me despedí de ella con un beso en la frente y me marché. Mientras caminaba por esas viejas calles, recordaba a Blanca, ella se estaba despidiendo de mí y yo de ella.
Descansa, mi querido ángel, pensé.
Casi llegando al auto, un mensaje llegó a mi teléfono: «Sebas, ya regresé. ¿Podemos conversar, por favor?».
Era Zoe.
Capítulo 23
Hola, ¿cómo estás?
Luego de leerlo, mil cosas dieron vueltas por mi mente o, por lo menos, intentaban hacerlo, pero no las dejé. No contesté nada. Subí al auto y me marché a mi casa. Llegué, bajé a abrir la cochera y, aún con el motor encendido, no aguanté y me puse a revisar mis mensajes:
«Por favor, respóndeme, no me dejes», «te amo, te extraño, no sabes lo mal que me siento», «¿por qué no me respondes, Sebas?
¡Respóndeme, por favor!».
Estuve a punto de escribirle, pero no sabía qué era más doloroso, redactar un mensaje o ya no volver a hacerlo nunca más. Guardé el carro y entré a mi casa. Mi cama me acogió como siempre. Prendí la televisión, fui a preparar algo de comer, di unas cuantas vueltas, me puse a revisar mis mensajes y ahí estaban los de Zoe:
«Perdóname… Es que no es fácil para mí, es más complicado de lo que crees, ¡tengo miedo!», «por favor, ¡habla conmigo! ¡Dime cualquier cosa!», «no pasó nada de nada con él. No me he casado. ¡Yo quiero estar contigo!».
Tantos mensajes estaban debilitando mis defensas. Ya no sabía qué hacer, tenía ganas de llamarla. Cogí el teléfono y fue el mío el que timbró. Era Zoe quien me estaba llamando.
—¡Hola!, ¿cómo estás? —me dijo como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera bien, como si estuviera sonriendo.
—Aquí, ¿cómo crees? —contesté sorprendido por su forma de hablar.
—¿Por qué no me contestabas? —reclamó.
Otra vez sorprendido por lo incongruente de su ligereza, procuré continuar la conversación:
—¿Por qué no te contesté? He pasado varios días solo sin saber de ti, imaginando que estabas con tu novio y encima, ¿me reclamas?
—Ok, discúlpame, es que realmente no pasó nada con él; es decir, viajamos, habló con mi familia sobre el tema de nuestro noviazgo, pero ya no puso una fecha límite como quería hacerlo. Se portó bien en todo momento, por cierto, no pasó nada de nada—replicó.
En lo profundo de mi ser no entendía si eso tenía que tranquilizarme o angustiarme más; o sea, yo había estado sufriendo, sintiendo algo duro y profundo y ella hablándome como si hubiera sido todo un simple viaje de turismo.
No entendía nada. ¿Qué debía decir? ¿Qué debía hacer? ¿Quería tal vez que yo lo tomara todo a la ligera para que la perdone o realmente fue algo «ligero» lo que sucedió? Cada segundo que pasaba me volvía más inestable.
Mi silencio obtuvo una rápida reacción de ella.
—¿Podemos ir a tomarnos un café? —preguntó.
—Nos vemos mañana a las ocho en la pileta —atiné a responderle mientras seguía anonadado con toda esta escena.
Colgué el teléfono y quedé aún más desconcertado que antes.
¿Es que ella no había sufrido igual que yo? Yo estaba solo, con el peor fantasma de todos: la incertidumbre, aquella que me había envuelto esos días y había hecho contrastar mi seguridad con la impotencia de no poder hacer nada. Largas noches pensando en no pensar, sonriendo sin sonreír y viviendo sin vivir, y un frío
«hola, ¿cómo estás?». ¿Era todo lo que resumía eso?
Pensaba que lo razonable era dejar a Zoe para siempre, pero por una estupidez inaudita iba a tomar un café con ella, iba a escucharla. ¿Podría volver a abrir mi corazón? ¿Era justo? Otra noche sin dormir, otra noche que iba a marcar más mis ojos cansados. Era como haber envejecido un año cada día.
Y ahí estaba yo, siempre a las ocho en punto en aquella pileta, la misma pileta de Blanca, de Sofía y de Zoe. Ella llegó a paso apurado. Me saludó con un beso en la mejilla.
—Hola, ¿cómo estás? —saludó para continuar con mi martirio.
—Hola —respondí, y como quería evitar seguir hablando me demoré una eternidad en encender un cigarrillo, al mismo tiempo que caminábamos hacia un café.
Ella caminaba y hablaba, me contaba de cosas diversas como el paisaje que había visto en su viaje o acerca de su familia. Yo no entendía nada. ¿Era la misma persona que días antes me había triturado el corazón?
Llegamos al café. Pedimos algo y no pude contenerme más… La interrumpí para no seguir escuchando lo «bonito» que lo había pasado.
—Zoe, tú nunca lo vas a dejar, ¿de qué me sirve amarte? —le increpé.
La expresión de su rostro cambió por completo. Era como si un viento helado la hubiera dejado con un solo gesto, atónita, sin decir nada, como si lo irrelevante de la conversación diera un giro hacia el invierno que yo sentía y no siguiera en su confortable verano.
Era mi turno:
—Zoe, para mí el haber hecho el amor contigo y creer en todo lo que dijiste, me llevaba a pensar en que te decidirías de una vez por todas; si no es así, esto ya no tiene sentido. Sabes todo lo que tengo por darte, lo sabes y aun así no lo valoras, prefieres que seamos infelices a dejarlo por no hacerlo sentir mal a él, a una persona que me has dicho que no te hace feliz.
Esta vez Zoe no disponía de los minutos que le daba el contestar un mensaje. Esta vez estaba yo al frente, esperando su réplica. Como no lo hacía, proseguí:
—Mira, tú ya decidiste, tú ya decidiste quedarte con él, más no puedo hacer.
Ante mi silencio posterior y mirada de reclamo, ella intentó responder, pero su respuesta no fue nada alentadora:
—Sebas, ¡yo te amo!, pero no es fácil para mí, con él he pasado muchas cosas malas, es cierto, pero también buenas; él es mi amigo y me ha acompañado en momentos difíciles como, por ejemplo, la muerte de mi abuela a la que adoraba, lo destrozada que quedé de una relación anterior, él me ha apoyado hasta cuando yo perdí el trabajo. Yo le he dicho para terminar, luego de alguna pelea o cuando nos dábamos cuenta de que las cosas no funcionaban, él lloraba y me rogaba que no lo dejara. Me da pena hacerlo, además es complicado, es todo el tema de romper un noviazgo, la familia… Es muy triste, tengo miedo de todo eso.
Definitivamente no había nada de lo que quería escuchar en sus palabras. Para qué entonces quería hablar conmigo con tanta insistencia. ¿Era para que me dé cuenta de que yo estaba más de salida que de entrada? No entendía. Lo que mi vago raciocinio me hizo notar en ese momento fue que Zoe, cuando me perdía, se desesperaba; pero cuando estaba otra vez con ella, se mostraba tranquila.
—Creo que no hay nada más que decir —sentencié.
Pedí la cuenta y nos fuimos. Las pocas cuadras que nos separaban de la pileta tuvieron un aura de silencio, de ese silencio al que quieres llegar para no hablar más, para no lastimar más. Por un momento quise romperlo, pero no dije nada, estaba muy dolido; en una vía paralela a ella, pero sin intersecciones. Solo cuando me detuve, Zoe se acercó a mí, me abrazó y me dio un beso en la mejilla.
—Chau, cuídate.
Y se fue. Ese «chau» fueron mil «hola, ¿cómo estás?», así de fríos, así de duros. ¿Por qué sufrí tanto en esos días? No era justo. Yo esperaba que, al verme, ella me hubiese besado, abrazado y gritado que me amaba, que hubiera llorado en mis brazos y que nunca más se hubiera separado. Un «hola, ¿qué tal?» fue un soplo de hielo que atravesó mi pecho y enfrió aún más mi corazón. Ella no había hecho nada por arreglar las cosas; por el contrario, las marchitó. Y ahora ¿qué debía hacer yo? ¿cómo interpretar un «chau, cuídate»? ¿Era un adiós? ¿era un «entendiste que nunca lo voy a dejar»? ¿era un «sígueme queriendo, pero ya sabes lo que pasará»? Era un todo y era una nada, era un «te amo, pero no te amaré», era un «te extraño, pero no puedo vivir con eso», ¿era un «seamos infelices para siempre los tres»?
Si la última noche que había visto a mi Zoe me había roto el corazón porque la amaba y me amaba, esta vez, una Zoe que no conocía me había roto el corazón porque no me amaba.
Ahí estaba yo otra vez, manejando en la oscuridad camino a casa, con la cabeza llena de cosas, pero ni siquiera con más preguntas que respuestas, pues no sabía qué preguntarme. Y ahora, ¿qué hacía nuevamente con todo mi amor a cuestas?
Las estrellas me acompañaban en el firmamento, eso me hizo recibir una lluvia de ideas plasmadas de irrealidad y surrealismo; apenas podía procesarlas, pero me decían: «¿Qué tal si lo que está haciendo es enfriar las cosas? ¿Y si de repente le ha ganado el remordimiento? ¿Y si solo ha reaccionado así porque debe ser muy difícil para ella vivir estas dos cosas juntas a la vez? ¿Y si todo lo malo que decía de su relación no era verdad? ¿Y si solo fui un ave de paso por su vida?
Ahora tenía miles de preguntas sin respuesta. Mi desahuciado corazón estaba tratando de justificarla, y es que así son los vaivenes del amor cuando ponemos en posición débil a la otra persona, sin querer la defendemos, pero cuando esta persona es la agresiva, nos defendemos nosotros. Nunca me gustaron las estrategias. Siempre quise ser franco y sincero, entonces… ¿en qué estaba envuelto esta vez?
Mis ojos avizoraban una noche más sin dormir bien. Mi corazón estaba despierto. No quería dormir, ¿la razón? Porque estaba tan golpeado que quizá no podría despertar al día siguiente.
Capítulo 24
Atemporal
Por algún milagro, despertaron mi cuerpo y mi alma juntos. Sí, mi corazón seguía latiendo, débil pero parejo.
Me alisté para ir al trabajo. Amanecí cansado, consternado. Instintivamente salí de casa por compromiso. Llegué y me saludé con Pedro, sonreí como siempre. No era difícil para mí hacerlo, no importara cuál fuera la circunstancia. Más adelante me encontré con Alonso, un abrazo me hizo entender que me apoyaba en lo que estuviera viviendo. Entré a mi oficina e ingresó la señora Ramos con una chica bastante atractiva.
—¡Hola, Sebas! ¿Qué tal?
Si bien este saludo era algo parecido al que me había estado martirizando, el tono de voz de la señora era musical.
—Hola, todo bien —respondí
—Te presento a Dayana, ella desde hoy trabaja con nosotros.
—Hola, Dayana, lindo nombre. ¡Bienvenida!
—Buenos días… ¿Sebas?, ¿puedo llamarte así?
—Claro que sí, aquí todos somos amigos.
—Así es—añadió la señora Ramos—. Sebas es una buena persona. No dudes en pedirle ayuda—cogió mi brazo y sonrió.
—Ok, eso haré, si no te molesta —dijo Dayana.
—Para nada, cuando gustes —agregué.
Salieron de mi oficina, no sin antes cruzarnos en un trío de sonrisas.
Casi de inmediato llegó un mensaje nuevo. Era Zoe: «Sebas…
¡No sé por qué me dueles tanto! ¿Podemos almorzar hoy?». «Ok»,
respondí.
Me quedé cerca de la oficina de Zoe, pero esta vez no quería entrar y cruzarme con las miradas de sus compañeros; así que la llamé y le dije que la esperaba en la esquina del restaurante de siempre.
Mientras se acercaba, no podía negar que, como era de costumbre, estaba linda. Otro «hola, ¿cómo estás?» fue lanzado mientras me saludaba, pero esta vez me sonó mejor. ¿Estaba diferente? Parecía que sí.
Nos sentamos en la misma mesa, aquella que había sido testigo de nuestras miradas, nuestro enamoramiento; el mesero de siempre, la misma decoración, hasta ordenamos lo mismo.
—Te extraño mucho —dijo Zoe, mientras cogía mi mano y la acariciaba.
Mi respuesta fue un arriesgado beso, el cual fue seguido por ella de manera suave pero desesperada. Me miró de cerca, apoyando su cabeza en mi hombro.
—No dejo de pensar en ti. ¡Me duele tanto no verte, no estar contigo! —exclamó.
Yo sonreí, pero no sabía qué decir. ¿Qué se supone que estaba pasando?, ¿lo nuestro se estaba volviendo «atemporal»? Parecía que quería que todo siguiera igual; es decir, que la siga queriendo, que la siga viendo, que la siga besando y que ella siga durmiendo con él. No sabía cómo hacerle notar todo lo que me pasaba por la cabeza, todo aquello que me golpeaba. Su mirada y sonrisa eran tan plenas que no quería arruinarlas.
¿Qué tenía que asumir? ¿Qué no me tenía que importar el tiempo que pasara? ¿Que podían pasar meses y seguir en lo mismo?
¿Que de aquí a un año debía volver a preguntarle otra vez si ya se había decidido? No pude.
—Zoe, si de verdad me amas, ¿por qué no terminas con él? —le pregunté.
Y otra vez su respuesta fue la misma: que me da pena, que no puedo hacerle eso, que no se lo merece… Solté su mano y me concentré en mi plato, aquel delicioso manjar que me sabía a amargura.
—No te molestes conmigo —replicó—. No quiero hablar de eso, ¿sí? Me hace daño.
Dejé que cambiara de tema y me contara todas sus anécdotas de trabajo. Siempre había sido bueno escuchándola y eso le gustaba. Terminamos de almorzar, salimos por el estacionamiento, como siempre. Caminamos unos pasos y se quedó frente a mí, esperando que la besara. Solo bastó con que me pusiera a medio metro para que se entregue a mis brazos. Nos empezamos a besar como si hubiéramos cohibido el amor; se quebraba, me abrazaba fuerte como queriendo entrar en mi cuerpo.
No sabía si eso me haría bien después, pero en ese momento me sentía conforme. Quería aparentar ser el tipo seguro y alegre de siempre; sin embargo, por dentro, tenía una extraña mezcla de sentimientos: ¿amarla más o perderme en el vacío del tiempo? Parecía sincera en lo que sentía, aunque eso no decidía nada.
Nos despedimos. Cogí el auto y me marché. Esta vez no iba soñando despierto, solo sonriendo. Creo que mi corazón, por instinto natural, se estaba volviendo duro.
Llegué a mi oficina. Unos proyectos me mantuvieron allí hasta tarde. En eso escuché que tocaban la puerta y, antes de que pudiera decir «pase», se asomó un lindo rostro. Era Dayana.
—Hola, Sebas, ¿interrumpo? —preguntó.
—Nunca —respondí, mientras sonreía por lo raro de mi respuesta.
Dayana se quedó conmigo hasta tarde, mientras le explicaba algunas cosas del trabajo. Su mente fresca colaboró en la revisión de los proyectos que me estaban complicando. Ya entrada la noche, me ofrecí llevarla a su casa.
—Me van a venir a recoger, gracias —me respondió.
Apagué las luces y nos marchamos. A ella la recogió un chico en un automóvil negro; yo subí a mi coche. Llegué a mi casa, destapé una botella de vino, puse algo de música y revisé mis mensajes. No había ninguno. Otra vez el remordimiento, pensé. Cuando terminó mi momento íntimo de soledad, llegó un mensaje: «Sebas, creo que no podremos vernos esta semana». Era Zoe.
Lo mismo de siempre. Otra pregunta se me vino a la cabeza, ¿para qué quería verme ese día? Me sentí molesto, contrariado; aun así, me fui a dormir. Eso es lo que intentaba. Pensé que debía seguir con el proceso de olvidarme de ella, pero otra vez su rostro aparecía recostado a mi lado; cerraba los ojos para saber si era real o una ilusión y ya no estaba ahí. Cogí algo de sueño y de pronto ella estaba encima de mí, jugueteando… Otra vez enfocaba mi mirada para que se borrara esa imagen y así sucedía.
Todo eso me estaba haciendo sentir tan feliz y miserable a la vez. ¿Es que ella no podía pensar que, por no hacerlo sentir mal a él, me estaba haciendo sentir mal a mí que tanto la amaba?
Deliciosa sensación de ilusión desvanecida por apocalípticas visiones de ellos juntos, brisa del mar en mi rostro inundado de negras olas agitadas en medio de la noche, destellos de luz abrigadora que penetraban mi pecho para luego sentir puñaladas de besos que no eran míos, alucinógenas miradas de Zoe que me elevaban a la estratósfera para luego dejarme caer al vacío; caricias de su mano que me hacían sentir inmortal borradas con vidrio quebrado haciéndome llagas de indiferencia; las rosas de su calor sobre mi piel desgarrándome con sus inconclusos miedos. Eso me hacía sentir Zoe. El cielo y el infierno con una frontera irreconocible. Tanto sentir me demostraba que la amaba más de lo que creía.
Capítulo 25
Final
Iban pasando los días y no sabía qué hacer. Por momentos Zoe era mía, sobre todo en aquellos almuerzos que antes eran magia y que se estaban degenerando en algo atemporal. No había ningún indicio de que ella se armaría de valor y decidiera algo.
Era esa dilatada espera, de lo peor o lo mejor, de perderla para siempre o de que por siempre fuera mía, de que se resigne a no ser feliz por no hacerlo infeliz a él y seamos infelices los dos o de que seamos felices por el resto de nuestras vidas. Ahí estábamos, sobreviviendo por nuestro amor a ese insano entorno que nos lastimaba, mas, iban pasando los días, siendo felices a cuentagotas…
¿Era mejor estar así o ser infelices en ese momento?
Definitivamente nos extrañábamos, definitivamente queríamos vernos, definitivamente nos queríamos. A veces es mejor saber la verdad y no prolongar la fantasía. Aunque suene masoquista, tenemos que tomar esa decisión algún día; después de todo, como seres humanos, buscamos amor, trabajo, estabilidad económica, familia, tranquilidad. ¿Para qué? Simplemente para ser felices: el gran y verdadero objetivo de nuestras vidas.
Ella lo pasaba duro. Estaba con alguien por gratitud, pero no era feliz; traducido en otras palabras, tenía seguridad, estabilidad, conformismo, pero yo había llegado a dar vuelta a su mundo al hacerla sentir el verdadero amor. Muchas personas dejan todo por eso, pero Zoe no era esa clase de persona, para pesar mío.
Allí estaba ella, en su casa, el lugar que se convertía en su prisión; llamándome a escondidas, mandándome mensajes cada vez que no la veían, a veces me contaba que salía con él a algún sitio y la pasaban de lo más normal; otras veces, peleaban y se sentía fatal. Ahí estaba yo, solo en mi casa, con un amor desbordante que se salía por las ventanas y sin nadie que lo recoja; con todas las ganas de llamarla y sin poder hacerlo, escuchando canciones de amor que me decían tantas cosas tristes y felices, pero que no podía vivirlas libremente. Echado a un lado de mi cama, respetando el otro lado que le pertenecía a Zoe. Muriendo cada hora, cada minuto, cada segundo hasta que ella se comunicaba conmigo y me daba un poco de oxígeno para poder seguir respirando. Ahora perdía mis noches, mientras ella apagaba las luces de su habitación para no pensar en mí.
No podía tomar el ayer ni apostar por el mañana. Solía recibir noticias de algunas chicas a las que les fue mal en el amor, cuando yo tenía que tragarme el mío que era lo más puro y sincero que había sentido por alguien. Estaba tratando de salvarme, tratando de estar tranquilo, sin saber si ello era posible con o sin ella; gastando todo el saldo de mi corazón, diciéndole que había la posibilidad, queriendo retroceder el tiempo y tenerla entre mis sábanas otra vez para no dejarla ir nunca.
Ella me hería sin querer. Era difícil recordar lo lindo que habíamos vivido meses antes sin sentir nostalgia al ver cómo no avanzábamos, era como tratar de que el ocaso no nos quitara la luz, como pararse frente al mar en un atardecer e intentar con ambos brazos sostener el sol para que no se oculte tras el océano. Mis palabras se iban con el viento, atravesaban a Zoe y no se quedaban en ella. No podía ser feliz solo con existir; cada vez estaba más solo, cada vez nos veíamos menos, y ya no estaba seguro del por qué.
Si es triste ver a dos personas que no se aman, es más difícil ver a dos personas que se amaron y dejaron de hacerlo; es frustrante ver a una persona que ama a otra y esta no le corresponde, ¿y cómo es entonces ver a dos personas que se aman y no pueden estar juntas?
La perfección de su rostro aparecía frente a mí, la delicadeza de sus gestos, su sonrisa angelical, su mirada que me iluminaba, ahora eran más un recuerdo que un presente. Me moría de ganas de decirle: «Zoe, regresa a mi cama y nunca más te vayas. Aquí podremos sobrevivir más que cada uno en la suya». Pensaba: «¡Zoe, despierta de tu pesadilla y ven aquí! Estos brazos están abiertos para ti toda la noche, te podría abrazar toda la vida, podría dejar de dormir cuidando tus sueños. Enfrenta a todos que nuestro amor nos dará fuerzas», pero me guardaba mis palabras. ¿Por qué?, porque se las había dicho miles de veces y cada vez que se las decía, ella se ponía a la defensiva.
Estábamos otra vez frente a frente y ella no sabía si quedarse más tiempo, y mientras yo, pensaba que no había un lugar mejor para estar juntos en ese momento. Ella parecía ver fotos nuestras sonriendo, como haciendo memoria, mientras yo quería hacer algo memorable.
Quería cantarle una canción al oído, acariciar su cabello tumbados en el sofá, tomar vino, pero ella no decía qué pasaba por su mente, solo me miraba como si quisiera hacer lo mismo hasta que un «ya es tarde, ya me voy» terminaba con todas mis ilusiones. Era como cantar una canción de amor llorando.
Y yo no estaba ahí para llevarle el desayuno a la cama. Quería ver su expresión cuando recibía rosas, quería sentir su respiración mientras dormía; y yo no estaba ahí para coger su mano cuando estuviera triste, no estaba ahí para hacerla sonreír, ni cuando tuviera miedo para invadirla con mi sonrisa, para escucharla cuando quisiera hablar, para poner mi cuerpo y evitar que se golpeara cuando se cayera, no estaba ahí, pero quería estar allí por ella, por siempre.
Cogí el teléfono, pero no para decirle que la amaba.
—Zoe, no puedo seguir con todo esto, tú nunca lo vas a dejar. Todo esto me lastima, ya no veo que entregues todo por lo nuestro.
Solo escuché que lloraba al otro lado de la línea, allí donde siempre la hacía reír.
—Zoe, te amo, pero eso no te basta. Todo lo que quiero entregarte no cuenta. Cada noche me acuerdo de ti y cada imagen tuya es una espina que me desgarra.
Ella se quedó en silencio un momento.
—Está bien, si eso es lo que quieres, yo seguiré con mi noviazgo. Quizá todo hubiera sido tan lindo si nos hubiéramos conocido en otras circunstancias. Te voy a extrañar mucho, pero no es justo para ti. Conoce a otras chicas buenas que puedan hacerte feliz.
Por fin escuchaba algo definitivo. Lo peor que me imaginaba, pero definitivo al fin. Estaba tocando fondo, llorando sin que lo notara.
Muchas veces pensamos que al “tocar fondo” estamos situados en el peor escenario posible, pero no es así. Me explico. La peor posición es pensar que ya tocamos fondo cuando aún no lo hemos hecho. En esta situación, es como querer ponerse de pie sobre un suelo de cartón. Cuando intentes levantarte, se va a romper y vas a caer otra vez. Tus desgastadas energías irán disminuyendo. No puedes pensar bien ya que, en vez de buscar una solución, estás pensando en no hundirte. Por el contrario, si realmente tocaste fondo, por fin tendrás un suelo macizo y podrás ponerte de pie. No digo que sea fácil, pero por lo menos ahora tu esfuerzo valdrá la pena y en este punto, solo queda pensar en qué es lo que quieres y cómo lograrlo. Luego darás un paso y ese será el inicio de tu avance.
Solo un frío «ok» marcó el fin de mi llamada y un «te amo» de Zoe fue el final de algo tan hermoso. Ahora el «para siempre» se había convertido en un «hasta siempre».
Este viejo corazón estaba desangrándose en el suelo, este luchador estaba vencido; la amaría eternamente, por hoy y por toda la vida, pero ahora su decisión había torcido el universo. Él sería quien acaricie su cabello, quien le dijera cosas bonitas, quien la hiciera feliz. Yo solo podía envidiar sus sentidos.
Pensar que bastó una noche, solo una noche, para entender que viviría para ella, y ahora yo tendría miles de noches para intentar olvidarla.
No había precio que no pudiera pagar por ser él. Debía empacar mis sueños y mi amor, cargarlos a la espalda y buscar otro lugar. No hay cosa peor que decir adiós cuando amas. Qué, ¿acaso el mundo no podría terminar ahora mismo y dejar de dolerme tanto? Zoe, quería hacer tantas cosas por ti y no me dejaste hacerlas.
Capítulo 26
Lucha
Fueron pasando los oscuros días, las frías horas y los hirientes segundos sin saber más de ella, pensando en qué momento se arruinó todo, preguntándome si alguna vez de verdad me quiso o si solo me transformé de una ilusión a un pasatiempo para ella. A veces llegaban algunos mensajes, pero era más de lo mismo.
De alguna manera voluble el destino había transgredido nuestra felicidad y la había enviado al dolor, como si hubiera borrado la sonrisa de nuestras fotos imaginarias.
Aquellos recuerdos que no deberían serlo, y que eran el cimiento de un amor para siempre, ahora realmente se mostraban como tales, como simples recuerdos.
Una de esas noches, solo en casa, con un cigarro y una copa de vino, ingresó un nuevo mensaje de Zoe. No quise leerlo inmediatamente, quería que mi golpeado corazón aprendiera a endurecerse. Al cabo de unos minutos, no pude más y lo leí: «Sebas, ¿por qué me dueles tanto? Te extraño, te quiero, te amo. No soy feliz, solo lo era contigo. No dejo de pensar en ti y en todo lo que hubiera sido lo nuestro».
Hasta ahí era el típico mensaje de Zoe en el que pretendía que respondiera, pero lo que decía más adelante me agarró desprevenido: «Si tan solo hubieras luchado un poco más por lo nuestro, solo un poco más, hubiera estado más segura de ti y hubiera tenido la valentía de dejarlo porque te amo. Dime algo».
¿De verdad no había luchado lo suficiente por ella? ¿De verdad lo que quería era conocerme un poco más para estar segura? ¿De verdad le faltó solo un poco de valentía? ¿O simplemente no quería perderme totalmente?
Mi mente lo tenía claro, sabía que no debía ceder, que no podía tropezar de nuevo. Sabía cómo debía actuar, pero… ¡hice lo contrario! ¿Amor? ¿Ilusión? ¿Sueños? ¿Idealismos? Sea lo que fuere, uno no puede juzgarlos hasta que los vive.
«Zoe, deberíamos conversar en persona y ver si lo nuestro tiene arreglo», respondí.
«¡Sí! ¿Nos vemos mañana?», preguntó. Accedí.
De nuevo abordé el tren, soñaba despierto que todo eso pudiera volver a ser la fantasía que algún día nos hizo ser tan felices y volar sobre el resto. Las cosas debían ser claras y esta vez Zoe debía luchar contra la corriente para realmente proponerme algo que valiera la pena. Si yo mismo tuviera que recomendarme algo, esto sería: «No vayas a verla, sabes que volverás a caer», ¿pero si eso era lo que yo quería?
Ocho de la noche, la misma plaza; estaba parado frente a la pileta, en la que meses antes, mi sonrisa era la envidia de los preocupados transeúntes y que ahora mi rostro extrañaba.
Apareció Zoe. No dejaba de estar linda, pero ya no causaba en mí el mismo impacto. Sonriente y con su clásico «hola, ¿cómo estás?», me llenaba de más dudas que respuestas. Hablamos cosas ligeras mientras llegábamos a un café.
Ella se recostó en mi hombro y cogió mi mano.
—Te extraño mucho —dijo—. Nunca he sentido esto ni pensé que lo iba a sentir, solo sé que no quiero estar sin ti.
—Zoe —respondí—, ¿en serio querías que luche más por ti? En realidad, ¿podrías tomar la decisión que espero?
—Sí —no dudó en responder—, quiero conocerte aún más, quiero saber que no voy a quedarme sola, que voy a dejar todo por ti. Quiero que lo nuestro dure para siempre y no solo un par de meses.
Esta vez sí parecía más firme. Tal vez nuestro distanciamiento le había hecho entender lo que perdíamos ambos si terminábamos con todo. Mi mente me decía que no dijera lo que iba a decir, que no creyera lo que estaba escuchando, pero, cual niño al que le ordenan que no salga al patio y luego le dan permiso, mi corazón salió corriendo hacia el frente.
—Mira, Zoe, realmente yo te amo y sabes lo que quiero que suceda entre nosotros. Yo voy a luchar por ti, voy a dejar que me conozcas más, vas a darte cuenta de que todo lo que te digo y propongo es verdad, pero para eso, para poder arriesgarme otra vez, solo debemos prometer algo, ¿ok?
—Sí, ¿qué quieres que te prometa? —decía mientras sus ojos brillaban casi, solo casi, como la primera vez.
—Quiero que esta vez no pongas frenos, deja que todo fluya, solo así sabremos si el destino quiere que estemos juntos para siempre o no.
—¡Me parece bien! —respondió.
Y así fue como me acerqué de nuevo y, con un cálido beso, me iba demostrando que esta vez sería diferente, que esta vez sí me dejaría intentar hacer todo lo que quería hacer con ella.
Dadas las nuevas reglas del juego, yo debía ser más optimista, más comprensivo, más amoroso. Esta vez podría hacerlo sin tanto sacrificio porque ahora ella daría todo de sí, más incluso de lo que me dio antes. Debía llevar mi actitud al máximo, aunque los peldaños a subir pudieran seguir siendo frágiles, frágiles como Zoe.
No voy a negar que mi confianza ya no era plena. Zoe me había hecho sufrir tantas veces… Sería mi último y real esfuerzo. Si esta vez ella me fallaba, sería un adiós para siempre y yo tendría la tranquilidad de haberlo dado todo y convencerme de que por más que hiciera lo que hiciera, si ella no ayudaba, más no podía hacer. Según ese punto de vista, esta nueva etapa valía la pena, aunque me daba pena que tuviera que razonarlo así, tan fríamente y no dejándome llevar por la ilusión de la primera vez. Cada paso que diera para lograr que Zoe se sintiera más segura tenía que ser correspondido por ella; caso contrario, el mismo corazón que respondió por mí, de seguro le pediría cuentas.
Capítulo 27
Muestra gratis
Así empezaron los nuevos días. Esta vez nuestro amor no iba a tener límites. Esta vez ambos daríamos lo mejor. Esta vez el intento debía cristalizarse en algo definitivo. Una tarde, mientras revisaba los mensajes que me había enviado, me dijo para ir a un teatro. No me importaba qué obra veríamos, si era buena o mala; solo quería estar con ella.
Subió al auto y nos besamos. No sé cómo lo lograba, pero cada vez la percibía más hermosa. Era entonces fácil de entender por qué me enamoraba más. Ella Sonreía feliz, libre. Nuevamente todo sería de dos.
Llegamos y la función aún no había empezado. Las puertas de la sala principal no estaban abiertas, así que nos sentamos en un salón de recepción. Zoe permanecía a mi lado, recostada en mi hombro, acariciando mi brazo y cogiendo una de mis manos. Nos besábamos. Algunas señoras de avanzada edad que estaban en el lugar —lejos de mirarnos con pudor o incomodidad— pasaban sonrientes, tal vez recordando los viejos amores de antaño. Las puertas del teatro se abrieron. De seguro todos pensaban que éramos enamorados, novios o esposos. Sentíamos que el cosmos nos sonreía, juntos éramos radiantes. Su mano jugaba con mis dedos; la mía descansaba apoyada en su pierna.
Su perfume se mezclaba con el mío, su calor alimentaba mi calor, si esto era una muestra gratis de lo que podría ser un simple momento de nuestras vidas, pues yo quería comprar todo nuestro futuro.
Entre escena y escena apagaban totalmente las luces, ese era el momento perfecto para besarnos. Minutos después nos dábamos cuenta de que ya había empezado otro acto y que nuestra respiración se había acelerado. Los reflectores podrían habernos iluminado durante esas dos horas y de seguro, al final, tanto los actores como el público se hubiesen puesto de pie para aplaudir nuestro amor.
Salimos abrazados y nos dirigimos hacia el auto para enrumbar hacia su casa. En el trayecto seguíamos besándonos, aprovechando las luces rojas de los semáforos. No solo nos amábamos, sino que nos estábamos conociendo más, volviéndonos más cómplices y enamorándonos de nuestras formas de ser.
La noche había llegado a su fin. Las horas que me había regalado Zoe eran las que necesitaba para creer en ella y en lo nuestro. Me despedí con un beso.
Vi desaparecer su silueta; mientras la luz de los faroles de la calle proyectaba su sombra. De manera ilusa anhelaba convertirme en esta y permanecer de manera indivisible a su lado. Empezaba a extrañarla.
Ironías de la vida. Ella estaba en el lugar equivocado y con la persona incorrecta; yo estaba en el lugar perfecto, pero sin la persona indicada. Sebas, tienes que ser positivo, no puedes desmoronarte ahora, pensé. Esta vez tenía que hacer un doble esfuerzo, debía ser mi propio motor y el de Zoe también. Era nuestra última chance y parecía que ambos estábamos dando todo.
No sabía qué podía pensar ella cada vez que caminaba hacia su hogar. No debía resultar sencillo, pero de algo podía estar segura: la próxima vez esa escena sería al revés. Ella aparecería entre las luces, dejaría su pesada sombra en casa y se vendría a la mía para toda la vida.
¡Zoe, no te vayas! ¡Espera! ¡Te estás llevando mi corazón! ¿Cómo sigo viviendo si lo tienes tú?, parecía decirme una voz interior. Esa pregunta me acompañó hasta que llegué a casa.
Capítulo 28
Definitiva
Amanecí pensando en ella. Las ganas y el esfuerzo que le estaba poniendo a lo nuestro me tenían de nuevo ahí, detrás de sus pasos. Una llamada me alegró la mañana, pero no era la de Zoe.
—¿Sebas?, te habla Pedro. Alonso estará de vacaciones y quiero que la próxima semana te dediques a la parte económica del proyecto. Tendrás que ir a la financiera todos los días para que puedas reunirte con Cleidy. La conociste hace un tiempo, ¿no? —me preguntó.
—Sí, claro —respondí—, el día que acompañé a Alonso.
—Perfecto, entonces cuento contigo.
—Claro, lo haré. Pierde cuidado.
Ni bien colgué el teléfono me sentí muy feliz. Iría toda la semana al lugar donde trabajaba Zoe. Ese mismo día la llamé y le pedí que almorzáramos juntos.
Llegué y pasé por su lugar. Le di un beso en la mejilla y sonreímos cómplices; luego, saludé a sus compañeros. Todos se daban cuenta de que ocurría algo entre nosotros.
—Hola, Sebas —me dijo Cleidy—. Por favor pasa a mi oficina para revisar el proyecto.
Ya adentro, rompimos el hielo hablando algunas cosas sobre el trabajo y las salidas nocturnas. Ella, muy entretenida, empezó a contarme sobre su rutina diaria, su gusto por el cine y que solía salir con amigas.
Esperando que retomara los papeles del proyecto me dijo:
—De repente un día, saliendo de acá, podemos ir a tomar un café, ¿no?
—Sí, no hay problema —respondí.
Para mi buena suerte, luego de mi ambigua respuesta, nos centramos en el trabajo. Después de un par horas me despedí con la satisfacción de haber avanzado bastante.
Fui al sitio de Zoe para recogerla y nos dirigimos al restaurante de siempre. Al ingresar, otra vez estábamos de la mano, aunque había un detalle que había cambiado: ya no me decía que me amaba. Pensé que ella tomaba esta etapa como un proceso para conocerme y enamorarse de verdad.
A medida que pasaban los días, Cleidy y yo desarrollábamos el financiamiento del proyecto a la par que charlábamos de todo un poco. La verdad es que yo solo esperaba la hora del almuerzo para ir por Zoe. Sin embargo, algo extraño venía sucediendo: no me contaba cómo le iba con él ni me decía que me extrañaba. Yo intentaba mantenerme feliz de verla, pero cuando no estaba a su lado, solo trataba de evadir la realidad. Era mi consuelo.
En uno de los almuerzos, Zoe se mostró un tanto conflictiva. Nuevamente salió con el tema de que yo tenía muchas amigas y que, de seguro, alguna de ellas quería estar conmigo. Como coincidencia, Alonso, que estaba de vacaciones, me invitó a una reunión en su departamento a la que asistirían varias personas.
—Zoe, ¿quieres acompañarme? —pregunté, tratando de reducir las tensiones.
Obtuve un «sí» como respuesta, algo que me sorprendió de sobremanera, pues eran muy pocas las veces que ella podía salir de noche.
Pasé a recogerla. Como siempre, estaba preciosa. Un sobrio y elegante vestido dibujaba su figura. Traté de besarla, pero el temor de que alguien nos viera hizo que me esquivara. Subimos al auto y partimos rumbo a la reunión.
Cuando llegamos a la casa de Alonso, la terraza ya estaba llena. La mayoría de los invitados había preferido pasar directamente del trabajo, por lo que fuimos casi los últimos. Era un lugar muy cálido y acogedor; la luz a medias, la música suave, las sonrisas iban y venían, la conversación se focalizaba en grupos y los tragos no faltaban.
Entramos de la mano y todos voltearon a ver quién era la linda chica que venía junto a mí. Allí estaban Alonso y Karen, dos de mis grandes amigos. Saludamos a todos y en sus miradas se podía leer la alegría que compartían conmigo, menos en la de Karen.
Estuvimos sentados formando un gran círculo. Zoe tomaba mi mano con cierta timidez; de pronto, me di cuenta de que nos habíamos vuelto el tema de conversación. Los clásicos «y cómo se conocieron», «cuánto tiempo llevan juntos», «hacen bonita pareja» hicieron que Zoe se soltara un poco y empezara a regalarme algunos besos y caricias.
La extraña mirada de Karen no pasó inadvertida por Zoe, quien me pidió que nos levantemos y vayamos a tomar aire fresco un poco más allá. En cuanto nos alejamos, empezó a besarme libremente, pero a los pocos minutos me sorprendió ver que el ángulo en el que estábamos era justo frente a Karen.
Zoe me pidió que bailáramos. A pesar de que había poca gente, nos movíamos muy cerca uno del otro al compás de la música. Ella cogía mis brazos y de rato en rato ponía sus manos en mi pecho; yo en cada abrazo sentía que llegaba hasta su alma.
Otra vez el universo giraba en torno a nosotros. Nada era impropio. Las personas que estaban en la fiesta pudieron apreciar nuestras miradas enamoradas mientras acariciaba su cabello. Esa noche fue divina. Era increíble ver cómo estaba así de entregada, como si fuéramos una pareja de manera oficial y ante la sociedad, sin importar que alguien en esa reunión pudiera conocer a su novio.
Ese momento sublime solo llegó a su fin cuando me pidió que la llevara hasta su casa. Esta vez no me dolió, solo sonreí y pensé que mi corazón no podría soportar tanto amor en una sola noche. Había sido suficiente.
La dejé en la plaza, lucía cansada y solo pude robarle unos cuantos besos. Ya de regreso, tendido sobre la cama, me sentí más enamorado que nunca. Hasta que un mensaje me hizo abandonar mi zona de confort: «¿No te diste cuenta de que solo quería marcar territorio? ¡Tonto!». Era Karen.
Capítulo 29
Menú
Desperté vigorizado, aunque por momentos el mensaje de Karen me hacía perder la concentración de lo que estaba haciendo. Me alisté para ir a la financiera. Ese día fue más de lo mismo, solo esperaba la hora del almuerzo.
Decidí esperar a Zoe a pocas cuadras del restaurante que frecuentábamos, mientras tanto, venían a mi memoria los momentos previos a nuestro primer beso, los días en los que venía sonriente y feliz, cuando éramos conscientes de que algo lindo nos estaba pasando, solo de eso. Eran épocas en las que simplemente no pensábamos en nada más. Era apenas la necesidad de vernos y de estar a pocos metros uno del otro. Recordaba que nuestro primer beso había sido en el estacionamiento del restaurante, aquel momento que había durado tan solo tres segundos, pero que no olvidaría jamás. Su mirada, su sonrisa, su entrega. Un nexo que no se rompería nunca. No sabíamos qué podía pasar, pero sentíamos que algo nuevo nacía.
A mi mente también venía la imagen de la primera vez que tomé su mano, nuestros tímidos abrazos, el efímero roce de nuestras mejillas; luego, nuestros primeros acercamientos y la sensación de querer fundir nuestros cuerpos en uno. Aquellos besos que comenzaban en sus labios y recorrían hasta el sur de su cuello. Evocaba las conversaciones en las que me contaba su vida con ternura y la pena que dejaba traslucir al hablar de su presente.
Zoe apareció con un gesto que reflejaba preocupación. Traté de imaginar todo lo que debía estar pasando por su cabeza, por su vida y por su corazón; todas esas cosas que estaban quebrando su tranquilidad. Solo cuando estuvo a unos cuantos metros me regaló una sonrisa.
Cruzamos el estacionamiento y entramos al restaurante. Era claro que Zoe iba cambiando de actitud con el paso de los días. Cada vez era más difícil convencerla, solo con la mirada, de que nos besáramos.
Mi positivismo iba menguando, a pesar de mis intentos por darle vuelta a la situación, de mostrarme más amoroso con ella. Tenía que ser más comprensivo, pero me costaba y me dolía a la vez. Mi esfuerzo contrastaba con sus pocas ganas. Las veces que nos veíamos se limitaban estrictamente a una hora, minutos en los que ya casi no nos besábamos. Más adelante, esa hora dio paso a una frase fría: «Estoy cansada. No nos podremos ver hoy». Sabía que si me alejaba sería ella quien me buscara, pero yo era frontal, no andaba con estrategias ni juegos.
Uno de nuestros días la fui a esperar al boulevard. Le había pedido que nos viéramos a la hora de la salida. Mientras quemaba el tiempo sentado en una banca, un mensaje llegó a mi teléfono: «No nos podemos ver. Tengo demasiado trabajo y no quiero hacerte esperar tanto». Inmediatamente, le respondí que la esperaría.
Después de una hora me envió otro mensaje: «Voy a demorar una hora más. No quiero que esperes tanto. Lo mejor será que vayas a casa». Si el primer mensaje fue un dardo que pude esquivar, este segundo sí pasó muy cerca. Otra vez respondí que no se preocupara por mí, que estaba entretenido viendo una exposición de pinturas que había en el lugar.
La gente que pasaba ya no me envidiaba como antes, cuando mi rostro mostraba felicidad desbordante; ahora, solo veían a un tipo sentado por horas, con un cigarro entre los dedos, siendo víctima del frío y sin saber siquiera si tanta espera iba a valer la pena.
Luego de hora y media llegó otro mensaje de Zoe: «Estoy muy cansada. Me fui para mi casa. Necesito dormir. No te molestes conmigo, ¿sí?».
Esta vez su mensaje dio en el blanco. Una daga había caído en el lugar que ocupaba mi corazón; sin embargo, no sentí dolor, recordé que mi corazón lo tenía ella.
Me estaba convirtiendo en un ser inanimado que solo cobraba vida cuando estaba a su lado y eso no estaba bien. Yo no me sentía bien. Un frío «ok» fue la respuesta que di a su último mensaje. Cogí el carro y regresé a casa. Mientras manejaba, Zoe me escribía, pero me resistía a responder. De pronto, el celular empezó a sonar. Me saludó con su alegre y frío «hola, ¿cómo estás?». En algún momento de la conversación le dije que si no me quería ver me lo hubiese dicho de manera directa, sin rodeos. El tono de la conversación cambió cuando me dijo que «necesitaba su espacio».
Ahí estaba nuevamente: solo, sonriendo como un tonto sin entender lo que pasaba. Veía cómo todo se desmoronaba. No era justo. La sensación de haber hecho todo y no recibir nada a cambio me envolvía. Este era mi último esfuerzo. Debía llegar hasta el final, así Zoe no me reprocharía algo. Y, sobre todo, sabría que ya no se podía hacer más.
Después de todo, ¿quién era yo para exigirle a la vida que escriba una ley que asegure que cuando hagas el bien por alguien, esa persona lo haga por ti?
Amar es construir, amar es enamorar aun cuando ya sabes que te aman. Amar no es solo decirlo, es también hacerlo.
Capítulo 30
Divertirse
De nuevo Zoe no iba a poder verme el fin de semana, así que llamé a Alonso y lo cité para tomar unos tragos. Una vez en el lugar, bastó que me viera para darse cuenta de que mi sonrisa era impostada.
—Es por ella, ¿no?
—Sí, es por ella —respondí.
Le hice un recuento de cómo sucedieron las cosas. Mientras continuaba con mi relato, Alonso no dejaba de recalcarme que las cosas iban mal, sobre todo si ella se casaría pronto. Con el pasar de las horas y los tragos, mi historia cada vez me deprimía más; sin embargo, aún no le confesaba por completo lo que soporté. Mi orgullo no me lo permitía.
Alonso me comentó que el día de la reunión en su terraza se nos veía muy felices y que no comprendía el cambio tan radical en poco tiempo. También me comentó que ella me estaba haciendo daño al no decidirse y que, si de verdad me amara, lo dejaría todo. Dejé la copa sobre la mesa y levanté la cabeza. Vio mis ojos llorosos y el sentido de sus consejos cambió. Empezó a decirme que ella también la estaría pasando mal al vivir con él, estando enamorada de mí. Al final sus palabras fueron contundentes: «Sebas, ella no lo va a dejar. Ya lo hubiese hecho. Ella solo se aferra a no perderte. Si la estás tomando como diversión, está bien. Pero a mí me parece que Zoe se está divirtiendo contigo».
Mi respuesta salió de mi orgullo herido: «Sí, claro, ahora siento que solo me divierto, sé que nunca lo va a dejar.». Mientras lo decía, sentía que yo mismo me estaba apuñalando.
Hasta que me preguntó de manera muy directa: «¿Y sigues acostándote con ella?».
No tuve más opción que confesarle: «No desde la vez que te conté, desde ahí no ha vuelto a pasar».
Su respuesta fue inmediata: «Entonces, no te estás divirtiendo, amigo. Estás haciendo todo lo que ella quiere y en la medida que lo necesita».
Cada vez más sus palabras eran demoledoras. Prefería quedarme callado y escuchar. Me sentía como un tonto al amar a alguien hasta el punto de aceptar sus condiciones. Alonso me sacó de mis cavilaciones para comentarme sobre las chicas lindas que había en el bar y a qué mesa deberíamos acercarnos. Yo, por mi parte, solo pensaba en Zoe, aquella del brillo en los ojos, la que me dijo «inofensivo» esa noche inimaginable. Ahora todos esos recuerdos no tenían nexo con la realidad.
—¿Alonso? ¡Hola! —saludó una chica que había llegado hasta
nuestra mesa.
—¡Hola, Alessandra! ¿Qué haces por aquí? —respondió sonriente.
—Estoy con mi hermana que ha venido de visita. Estamos en la barra del bar —respondió ella.
—Alessandra, él es Sebas.
—Hola, Sebas, estoy con mi hermana en la barra, ¿por qué no se acercan y tomamos unos tragos? —sugirió.
—Claro —respondí—En un momento vamos para allá.
Alonso propuso que fuéramos hasta donde estaban las dos chicas, pero le dije que no necesitaba conocer mujeres en ese momento. Su respuesta fue inmediata: «Ya sé lo que necesitas». Cogió el teléfono y habló con alguien, llegué a escuchar que decía que estábamos cerca y que se apurara. No me inquieté y seguí bebiendo. Minutos después, alguien por detrás, me tapó los ojos con sus manos. Por un momento pensé que era Alessandra, pero luego, por instinto, pronuncié el nombre de Karen.
—¡Sí! ¿Cómo sabías que era yo? —preguntó desconcertada.
—No lo sé. Solo adiviné.
La veía diferente, muy linda. Había llegado con una amiga, la cual cruzó miradas muy coquetas con Alonso. Se sentaron en nuestra mesa. Al ver que Karen y yo empezábamos a conversar, Alonso no tuvo mejor idea que salir a bailar con la amiga.
—Estás tomando mucho —me dijo Karen—. Es por ella, ¿no?
Asentí con la cabeza, mientras miraba el fondo de mi copa y absorbía el humo de mi cigarro.
—Ya olvídate. Todo esto te está haciendo daño. Tú te mereces algo bueno, ¡ya déjala! Sebas, te conozco demasiado y se nota a leguas que estás mal. No sé cómo has podido creer todo lo que te han dicho —cogió mi mano y se levantó—. Ven, vamos a bailar.
Mi gesto de rechazo ante su propuesta fue aplacado por un jalón y una mirada de «¡no me vas a dejar parada!». La seguí y empecé a bailar a pesar de mis pocas ganas. Karen se acercaba a mi oído y seguía aconsejándome. Alonso y la amiga bailaban a pocos metros, mirándonos como si algo más fuera a pasar.
Mi resistencia inicial dio lugar a unos movimientos más animados. Ella ensayó divertidos pasos de baile. Yo parecía disfrutarlo, pero en el fondo solo trataba de escapar de la nostalgia.
Alonso se acercó hacia nosotros para decirnos que se iba junto a la amiga. Karen le respondió que no había problema, ella se encargaría de llevarme a casa.
Con el paso de las horas y los tragos, me di cuenta de que no podía articular bien las palabras. Salimos abrazados del lugar. Ella guiaba mis pasos. En el asiento de su auto, mientras Karen manejaba, yo veía por la ventana algunos de los lugares donde había sido feliz con Zoe. Pasamos cerca de su departamento y me sugirió: «Sebas, no te duermas. ¿No quieres conversar un rato en mi depa?».
Acepté sin refutar.
Entramos a su sala, preparó un vodka con naranja, empezamos a beber y me pidió que le narrara toda la historia. Preferí contarle cómo me sentía. Lloré. Ella apoyó mi cabeza en su hombro y empezó a hablarme al oído: «Yo también he vivido lo que me cuentas. Es horrible, pero ya pasará. Nadie se muere de amor. Podría juzgarla; sin embargo, por ahora, lo que me interesa es que estés bien. Ya olvídate de todo. Te estás haciendo daño». La escuché hasta quedarme dormido.
Al día siguiente, unos ruidos me despertaron. Levanté la cabeza y sentí un dolor muy fuerte. Karen estaba preparando el desayuno.
Había pasado la noche en el sofá. Se acercó con un jugo y unas tostadas.
—¿Cómo te sientes? —me preguntó.
—¡Fatal! —respondí.
Empezó a contarme lo bien que la pasamos la noche anterior. Terminé el desayuno, le agradecí y me llevó a mi casa. Antes de partir me dijo: «No quiero verte mal. Te llamo más tarde».
La vida se parece a una montaña rusa, con altos y bajos. Eso te hace sentir vivo. Si no quieres vivir intensamente los picos, confórmate con lo que tienes, enciérrate en tu habitación; si quieres vivir la vida como se merece, tendrás alegrías y tristezas. Las alegrías para hacer latir tu corazón a mil por hora, y las penas para aprender a crecer y levantarte. La decisión es de uno mismo.
El amor es ese extraño sentimiento que puede llevarte a ser la persona más feliz del mundo y también borrar tu sonrisa de un solo trazo, pero siempre valdrá la pena.
No te vuelvas duro, solo aprende porque en algún momento llegará la persona ideal para ti; aquella con la que no tienes que cargar con el pasado y que te enseñará a darlo todo.
Para ser feliz debes haber aprendido a sufrir y saber superarlo, sino no dimensionarás tu felicidad como se debe. Hay que vivir para aprender a vivir; es solo eso, tan simple pero tan complicado a la vez.
Y entre tanto pensamiento, llegó un nuevo mensaje de Zoe.
Capítulo 31
Migajas
Leí inmediatamente su mensaje. A veces ni yo mismo comprendía mi ansiedad por averiguar lo que Zoe tenía que decirme, sobre todo al saber que sus palabras me causaban perjuicio. Era en esas circunstancias que afloraba el instinto incoherente, aquel que nos hace dejar de lado el raciocinio y nos mueve al ritmo de la frecuencia de migajas que la otra persona deja caer. Lo rescatable de ese estado, si es que lo hay, es que tarde o temprano uno termina cansándose, y por fin puede cortar definitivamente con aquello que le produce dolor.
«Sebas, mi amor, no te molestes conmigo. He tenido una semana difícil y no he tenido el tiempo suficiente para verte como quisiera. Hoy podríamos estar juntos toda la tarde. ¿Se puede?», se leía en el mensaje de Zoe. Mi corazón ya tenía una respuesta: «Sí, claro que quiero verte».
Pero esta vez las cosas se harían como yo quería, así que agregué en otro mensaje: «Vamos a mi casa, comemos y tomamos algo. Hace mucho tiempo que no estamos a solas».
Ella aceptó y luego escribió: «¡Dime algo bonito!».
A lo que tan solo atiné a responder: «Escribir algo bonito me resultaría fácil. Prefiero decirte que eres lo más hermoso de mi universo».
Es que el amor es tan complejo que resulta espinoso entenderlo. Es mejor no intentar hacerlo, por el contrario, es preferible vivir y aceptarlo tal cual viene. No basta la experiencia, ni los temores, ni las defensas, no bastan los esfuerzos ni los cambios. Siempre habrá algo nuevo en cada nuevo amor.
Otra vez estaba pensando en ella. Debía prepararle algo especial y sorprenderla. Una parte de mí estaba por las nubes; mientras que la otra, mucho más negativa y alimentada por el despecho, me traía a tierra. Ese lado herido me repetía frases como: «Ya no te ama», «solo quiere mantenerte pendiente de ella», «no quiere perderte, pero nunca lo dejará». Pero mi corazón desterraba esas ideas al recordar su sonrisa, su mirada, sus palabras.
Compré unas rosas, un buen vino, algo de queso y, después de mucho tiempo, arreglé la sala de mi casa. Habíamos acordado encontrarnos después del almuerzo. Tendríamos toda la tarde para nosotros. Vería a Zoe en la intimidad de mis paredes, en el lugar donde había conocido su mejor versión, donde era libre, donde nadie la miraba ni juzgaba.
Cogí el auto y partí rumbo a la pileta de siempre. A medida que me acercaba, mi corazón latía cada vez más fuerte. Pensaba en la última vez que estuvimos a solas y que hicimos el amor. Suspiros, sonrisas, felicidad.
Llegué hasta la pileta. Bajé del auto. A los pocos minutos llegó su mensaje, aquel que me aceleró el pulso y los latidos del corazón:
«Lo siento, Sebas. No podré verte hoy».
Subí al auto. Sentía que cada raya blanca de la autopista era como un signo menos que restaba mi felicidad. El camino de regreso a casa se hizo más largo. Ella ya no era la misma; la mujer de la que me enamoré tampoco lo era y, lo peor de todo, es que yo tampoco era el mismo. La relación con Zoe había sacado lo mejor de mí y, aunque pareciera irónico, ese había sido mi peor error. Me sentía tan mal que ahora mi cabeza tenía que pensar por mi corazón, si cuando el amor era puro no había de qué preocuparse.
¿Por qué tenemos que arruinar ese sentimiento mezclando temores, cálculos, desconfianza y dolor? Y todo eso lo hacemos nosotros mismos, pues el amor es puro. Nosotros lo contaminamos.
Capítulo 32
Giroscopio
Definitivamente, todo había terminado para mí. Mi pobre y golpeado corazón no podía ilusionarse nuevamente con Zoe. Solo me quedaban algunas dudas: ¿por qué me decía tantas cosas bonitas cuando estábamos juntos?, ¿estaba jugando conmigo?, ¿podría intentar tomar todo más a la ligera como al parecer ella lo estaba haciendo?
El tiempo se había vuelto como un giroscopio sin control. No sabía si con el paso del tiempo Zoe estaría más segura de quedarse conmigo, si se enamoraría más de mí o, por el contrario, si todo se deterioraría. Lo peor era que estaba perdiendo la brújula, sobreviviendo y esperando en final.
Después de un par de días, Zoe reapareció nuevamente a través de un mensaje: «Hola, ¿cómo estás?». Parecía no darse cuenta de las cosas. Sus palabras solo demostraban que para ella todo estaba bien.
Existe un momento en la vida de todo hombre en el que asume el papel de ganador, a pesar de que esté siendo derrotado en la batalla. Se trata de orgullo masculino, de falsa autoestima e inseguridad.
Respondí sus mensajes una y otra vez, imitando la aparente serenidad que Zoe me demostraba. Me pidió que nos viéramos ese día, a lo que accedí con “total tranquilidad”.
Nuestro «amor» era ahora como un juego de ajedrez en el que perdí mi reina y todas mis defensas, pero aún seguía en pie evitando el jaque mate.
Nuevamente estaba allí, en la misma pileta y esperando por Zoe. Sentía que no merecía todo mi esfuerzo, pero al mismo tiempo seguía creyendo en todo lo que alguna vez me había dicho. Apareció, busqué sus labios, pero solo encontré su mejilla.
Llegamos a un cine cercano y escogimos un drama con algo de romance. Entramos a la sala sin tomarnos de la mano. La oscuridad del lugar hizo que Zoe se sintiera más cómoda y apoyara su mejilla en mi hombro. La miré y la besé con tal pasión que, en menos de cinco segundos, olvidamos por completo la película y la poca gente que había a nuestro alrededor. Una vez que la dejé de besar, me miró sorprendida. Retomé la iniciativa. Empecé a recorrer su cuello y sentí su agitación. Me detuve; ella me miraba, enamorada, feliz.
Con inusual atrevimiento, empecé a desabotonar su blusa, lo suficiente para que una de mis manos pudiera llegar a donde mis labios ya no podían hacerlo. Zoe estaba perdiendo el control. Se contorneaba y cruzaba las piernas, como si tratara de hacer una conexión a tierra. Frotaba mi brazo, me acariciaba y recorría mi cintura. Su delgado y ajustado pantalón no era un obstáculo para mí.
Deslicé mi mano por sus piernas, separándolas sin resistencia. Llegué a donde quería llegar y no paré de acariciarla. Zoe no podía más. No había pudor, solo placer y, tal vez, algo de amor.
Presentí que la función estaba por terminar, así que ejecuté mi acto final: coloqué una mano en sus piernas; la otra, debajo de su blusa; mis labios, en su cuello.
Aparecieron los créditos en la pantalla. Zoe estaba agitada, acalorada y sonriente.
—¿Te gustó la película? —pregunté con tono sarcástico.
—Es la mejor que he visto en mi vida —respondió
La dejé en la pileta, pero esta vez no me quedé observándola desaparecer. Me di la vuelta y me marché. La idea del giroscopio regresó a mi mente. El sentir cómo cambian las cosas de forma tan repentina, de cómo giran en torno a las distintas circunstancias, de cómo estamos de ida y de vuelta, un minuto arriba y al siguiente abajo.
Mientras manejaba a casa, no paraba de sonreír cuando me pregunté: ¿Y si ella solo busca eso de mí? ¡El maldito giroscopio nuevamente! ¡Otra vez pasé a estar de cabeza!, pensé.
Capítulo 33
Amigos
A la mañana siguiente, Zoe me escribió para decirme que moría por pasar el día a mi lado; contraataqué pidiendo que sea en mi casa. Así llegó el domingo, en la mañana me dijo que nos veríamos de todas maneras. Esta vez no preparé nada. No iba a haber rosas, vino, ni velas.
Ya por la tarde me envió otro mensaje: «Sebas, discúlpame, no podré verte hoy. No te molestes, ¿sí?».
Para qué molestarme si sabía que eso iba a suceder. Solo sonreí y seguí con mi día, un verdadero día normal. Estuve toda la tarde con mis padres, quienes siempre me preguntaban por ella.
Al día siguiente, siguió enviándome mensajes. Esta vez me pedía que nos viéramos a las afueras de su oficina, acepté. Llegó sonriente y linda como siempre. Qué suerte tenía él de verla llegar a casa todos los días. Zoe ya no era mía y yo estaba dejando de ser suyo, aunque ella no se diera cuenta.
Lo primero que me dijo es que no tenía mucho tiempo. No sé si se esmeraba en hacerme sentir mal o si solo me daba motivos para dejar de quererla. Y lo estaba logrando. Caminamos hacia un restaurante cercano, no el de siempre, no el que era testigo de nuestros buenos momentos, no el que intentaba contener tanto amor dentro de sus paredes.
Me pidió que nos sentáramos en una zona alejada de las ventanas, tal vez previendo que la besaría, pero esa vez estaba equivocada. Lo que había planeado era no dar el primer paso; si esta vez nos besaríamos, sería Zoe la de la iniciativa.
Decidí callar, ella sonreía y se acercaba poco a poco. Su seguridad iba desapareciendo al ver que yo no la besaba. Momentos como esos hubo muchos. No sé qué pasaría por su mente, parecía que estaba esperando mis labios y solo veía una sonrisa salir de mi boca.
Ella era mis fines de semana y mis días de trabajo, era mi cielo azul y mis noches oscuras, mi compañera y mi soledad, era mi metro cuadrado y mi universo, pero ahora, por alguna extraña razón, había construido un muro entre los dos y en su castillo, yo ya no era bienvenido.
Una vez que terminamos de cenar, Zoe me dijo que tenía que irse, así que salimos del restaurante y la llevé hasta la pileta. Me perdí en mis pensamientos; cuando reaccioné, ella ya se había ido. Ni bien llegué a casa, recibí un nuevo mensaje Zoe, uno que cerraba nuestro capítulo: «¿Será que nos estamos volviendo amigos?». Yo no estaba para juegos, por lo que traté de ser lo más honesto con mi respuesta: «Eso fue lo que siempre quisiste, ¿no?».
De más está recordar lo que me respondió. De pronto los infinitos «te amo», «te extraño» y «no puedo vivir sin ti» que nos dijimos no valían de nada.
Por mi cabeza cruzaba una sola idea: no podía seguir con esa relación. Zoe quiso mi vida y se la di; quiso mi amor y se lo di; quiso mis sueños y se los di; quiso mi futuro y se lo di. Era momento de que se los quede. Ahora debía construir algo nuevo para mí, porque se iba de mi vida y no me dejaba nada. Y estaba bien que así fuera, de lo contrario, todo me recordaría a ella.
Sus mensajes siguieron llegando. Hubo un momento en el que me pidió que no la dejara, pero ¿para qué? Yo ya no era el mismo, y eso se reflejaba en la frialdad y sensatez de mis respuestas. Si bien no quería perderme, había hecho de sobra todos los méritos para terminar alejándome de su lado. No podría reclamarme nada. Era momento de decirle adiós.
Recibí su último mensaje: «¡Nunca podré ser feliz sin ti!». Mi respuesta fue inmediata: «Tampoco podremos ser felices los tres».
Capítulo 34
Reflexión
El amor es impredecible, mágico y doloroso. Cuanto más amas, más te puede afectar. Entonces, ¿cómo actuar para que esto no pase tan a menudo y con tanta intensidad? Solo encuentro una respuesta: conociendo a la persona con la que te involucras.
Ya hace varios años atrás, cuando la tecnología era otra, si querías salir con una chica, debías ir a buscarla a su casa y el primero en abrir la puerta era su padre. Ahí estabas tú, parado como si estuvieras frente al matadero, sufriendo un interrogatorio o una mirada que te hacía reducir a un tercio de tu tamaño. Ya superar la prueba era una hazaña y por lo menos se vislumbraba tu tenacidad y determinación, sea poca o mucha.
Si querías hablar con ella, tenías que buscarla y sentarte en la puerta de la casa o llamarla al teléfono de casa en la noche, a escondidas. Todo iba más despacio. Pero justamente, en el proceso, iba sucediendo algo maravilloso, ibas conociendo a la persona y a su entorno. Podía nacer el amor o la amistad, quién sabe, pero por lo menos, el terreno lo conocías.
Hoy todo empieza con un beso o en una cama y hay un riesgo enorme de que no funcione, son dos mundos diferentes que colisionan por el azar. Si no eres de las personas que han aprendido a convivir con la soledad al punto que la llama libertad, tienes malos augurios. Si no eres de los que disfruta estando consigo mismo, encontrando actividades que te llenan y que realmente quieres hacerlas solo, tienes pocas probabilidades.
Me explico. Si basas tu felicidad en alguien, estar con alguien, hacer todo con alguien para no sentirte mal, para no sentirte solitario, entonces vas a proyectar todos tus anhelos, ilusiones e ideales en la otra persona. Ergo, no puedes ser feliz por ti mismo, no puedes estar solo. ¿Qué es lo que sucede en esos casos? Pues tu posición no es ventajosa, lo que generalmente ocurre, es que te enamoras de un ideal que tú mismo has creado, más que de la persona que tienes al frente y eso hace que te ciegues al punto de tratar de encajar todas las virtudes y detalles que imaginaste de tu pareja perfecta, en ese pobre individuo que acaba de cruzarse en tu camino. Y claro, como dice el dicho «Escoba nueva, barre bien», la otra persona está en todo el proceso de «encantarte», así que parece que por fin te sacaste la lotería, cuando ni siquiera compraste el boleto. Si eres feliz contigo mismo, sin que eso dependa de alguien en especial, podrás decidir quién merece entrar en tu vida y no meterte a la vida de otro, como si te estuvieran haciendo un favor.
Si tan solo lo hubiera sabido antes. Regresemos a lo nuestro. A Zoe la amé como nunca había amado antes. Mi amor por ella llegó a tal punto que borré de nuestra historia a un personaje principal: su novio. Pero ¿acaso con borrarlo de nuestra historia dejó de existir?
Hay en el mundo muchas mujeres que entablan una relación con tipos que no valen la pena, pero su frágil y hermoso corazón quiere creer que el sexo, la costumbre y la obsesión son motivos suficientes para darles una oportunidad más.
No digo que uno no deba enamorarse. ¡Enamórense! ¡Todos los días!, pero primero de uno mismo; luego, sepan escoger.
No me arrepiento de todo lo que viví con Zoe. Y debo decir que no siempre el amor termina por una infidelidad. En mi caso, ese sentimiento simplemente cambió.
Zoe, nunca te voy a olvidar. Gracias por aquella noche, por aquel dilema en mi interior, por aquellas guerras, por extrañarme poquito, por regalarme el brillo de tus ojos, por confiar en mí cuando estabas sola, por haberme llamado «inofensivo» para hacerme reaccionar. Gracias por decirme «te amo», por hacerme sentir vulnerable con cada golpe, por esa noche inimaginable, por querer fugarte conmigo, por haber estado a solo diez metros nuestra felicidad, por haberme dejado ahí para poder conocer un ángel y plasmarnos en una fotografía.
Perdóname por no soportar más tus «hola, ¿cómo estás?», por decirte a modo de premonición que lo tuyo con él era atemporal, por dejar que seamos solo amigos esa noche.
Gracias y perdóname.
Te amaré por siempre, pero viviré el mañana. Me enamoraré otra vez, de eso no hay duda, aunque en algún extraño mundo paralelo siempre te amaré. Tal vez solo en mi memoria, pero lo haré. Gracias por regalarme parte de tu vida. Llévate la mía a cambio.
Capítulo 35
Días
Pasé varios días sumido en una profunda oscuridad. Apenas podía distinguir la realidad. Perdí la cuenta de las horas. No quería despertar. Un gran vacío se había instalado. Sentía que habían arrancado una gran parte de mí.
Extraña sensación de soledad mezclada con dolor. Amargura en los labios con sabor a olvido. Demencia racional que no se podía entender.
Así de indescriptible eran mis tinieblas personales, sin el resplandor de su mirada. Ahora sí, todo había acabado. La sustancia del amor se iba derritiendo en mi aura como si mi energía se agotara y daba paso al sufrimiento del pasado. Este se iba diluyendo en mi memoria como si la tinta de un tatuaje se borrara y daba paso a grabarlo con un cincel. Ahora ese mismo cincel se iba disolviendo en mi alma como si mi corazón lo rechazara, pero se quedaba en mi piel. La sustancia del amor ahora sabía a hiel.
Qué estaría haciendo quien un día fue mi Zoe. ¿Tal vez sufriendo como yo? ¿Habría sufrido tanto tiempo que ahora solo descansaba? De cualquier forma, tenía que sobrevivir, pues en su cuerpo llevaba dos vidas, la suya y la mía. En silencio deseaba que Zoe volteara y recordara el ayer. Aunque, desde lo más profundo de mi ser, esperaba que nunca más llorara, que nunca más me volviera a ver.
Pareciera que el amor no importara ni valiera nada, pero es solo un parecer. El amor vale la vida entera —con bajones y escaladas, caricias y miradas— hasta que se deja de aprender.
La nostalgia bailaba conmigo y me abrazaba fuerte. La razón me había abandonado. No sabía qué sentía, no sabía qué decir.
Y así fueron pasando los días.
Capítulo 36
Rayos de sol
Era de esas mañanas en la que uno siente que despierta y el sol le da en el rostro nuevamente, como si uno hubiese naufragado toda la noche y se quedara rendido después de luchar contra el mar. Reaccioné, abrí lentamente los ojos y tuve la sensación de que agua de manantial llegaba hasta mi pecho.
No tenía la fuerza suficiente para decir que lo había superado, pero al menos me sentía mejor. Me puse de pie y, por instinto, levanté la cabeza. Volví a ver la ciudad y me di cuenta de que por mis penas el mundo no se había detenido. Era hora de subirme a la vida.
La ebriedad emocional que aturdía mis pensamientos se estaba disipando. Sentía que debía dejar todo atrás. Tenía que volver a ser la persona que no paraba de sonreír. Ya no debía seguir lamentándome; había llegado el momento de pensar en qué haría las próximas horas. Retomaría mi vida, paso a paso, pero sin desfallecer. Estaba presto para salir, aunque no quisiera; encontrar nuevas personas, aunque no tuviera la motivación; conocer a otras chicas, aunque no fueran Zoe.
—¿Aló, Sebas? ¡Soy yo, Alonso! Llamaba para saber si mi buen amigo aún sigue vivo.
—Renaciendo de las cenizas, como el Ave Fénix. —Respondí.
Conversamos un buen rato. Mi humor había cambiado, me sentía diferente. Sabía por él, que tenía problemas con una chica; sin embargo, su atmósfera cálida y de positivismo no se había alterado.
—Oye, ¿recuerdas esa noche que estuvimos en el bar y que Karen te llevó a tu casa totalmente ebrio?
—¡Cómo voy a olvidarlo —respondí—, si hasta ahora me duele la cabeza!
—¿Entonces recuerdas que, antes de que pasara todo eso, se nos acercó mi amiga Alessandra? Una chica guapa, de unos ojos preciosos y con un cuerpo espectacular. Ella estaba con su hermana, que había llegado de visita.
—Claro que sí. Era muy atractiva.
—¡Me vas a deber una! Resulta que estuve saliendo con Diana, su hermana, y Alessandra siempre me pregunta por ti. Mañana se van las dos, así que me han propuesto salir los cuatro. ¿Qué te parece?
Sin pensarlo dos veces, poseído por un instinto animal, respondí:
—Dalo por hecho, ¡hoy día nos vemos!
Alessandra me había causado una buena impresión y, por su forma de actuar ese día, sabía que tarde o temprano algo podría pasar entre los dos. Yo aún no me sentía preparado para iniciar una nueva relación, así que su viaje, más que ser un problema, representaba un alivio.
Tomé una ducha rápida, elegí una camisa, un jean elegante, algo de perfume y salí hacia el bar donde Alonso me dijo que nos encontraríamos con las chicas.
Una vez en el lugar, me di cuenta de que mi amigo había planeado todo a la perfección. Se trataba de un espacio bonito, acogedor, con paredes grises y detalles en rojo; además, la iluminación era perfecta.
—¡Alonso!, ¿qué tal, mi hermano? ¿Y las chicas? —pregunté.
—¡Sebas! Qué bueno verte. Están en camino.
Tomamos unos tragos para aligerar la espera. Alonso me contó que ya le había robado unos cuantos besos a Diana, pero que no habían llegado a más. Luego me comentó que Alessandra le preguntaba a menudo por mí, pero él, al ser consciente de mi situación, prefirió no sugerir una salida de a cuatro. Ahora, que las cosas habían cambiado, se animó a proponérmelo.
—¡Hoy vas a ganador! Parece que le gustas y se va de viaje. Creo que viene dispuesta a que pase algo —me dijo Alonso.
Trataba de recordarla. Al sentir el sonido de unos tacones, volteé en dirección a la puerta y me encontré con la imagen de una chica hermosa y provocativa. Miraba hacia las mesas del bar y al primero que encontró con la vista fue a Alonso, quien levantó una mano. A su lado estaba Diana, una mujer igual de guapa.
Se acercaron, pude ver que Alessandra llevaba un vestido corto ceñido al cuerpo. Diana, a diferencia de su hermana, lucía más formal que provocativa, pero su belleza no pasaba desapercibida.
—¡Hola, Sebas! Por fin nos vemos de nuevo —dijo Alessandra.
—¡Hola, qué gusto verte! Qué guapa estás —respondí con cierta timidez.
Alessandra se acercó a mi oído para que le confirmara lo que le había dicho; tomé algo de valor y repetí las mismas palabras. Ella, por su parte, agradeció el cumplido. Y fue ese el momento en el que confirmé que algo pasaría esa noche.
Las miradas y coqueteos continuaron, mientras Diana y Alonso empezaban a prodigarse algunos besos muy discretos. A medida que pasaban las horas y los vasos empezaban a cubrir nuestra mesa, Alessandra y yo pasamos a conversar muy de cerca. Lo único que llegábamos a ver eran nuestros ojos. Me animé a tocarle el hombro desnudo; ella no se quedó atrás, por momentos apoyaba su mano sobre la mía. Alonso sugirió salir del lugar e ir a bailar. Ellas, visiblemente emocionadas, secundaron la idea. Cuando me levanté de la silla, noté con preocupación que los tragos habían surtido efecto, pero al ver la silueta de Alessandra con ese vestido, mis cinco sentidos se alinearon nuevamente en dirección a mi objetivo.
Llegamos al lugar y no tuve duda de que Alonso había realizado una vez más una excelente elección. Nos conducimos al interior y esta vez la atmósfera era perfecta para la sensualidad de mi acompañante. Nos ubicamos cerca de la barra. Mis brazos ya no tomaban a Alessandra por los hombros, sino por la cintura.
Los besos entre Alonso y Diana eran más frecuentes. Alessandra cogió mi mano y me sacó a bailar al lado de ellos. Por un momento lo lamenté, pues la banca del bar me permitía recorrer con la mirada sus hermosas piernas, pero una vez que nos empezamos a mover al ritmo de la música, supe que cualquier sacrificio valdría la pena. Revolvía su brillante cabello con sensualidad absoluta a tal punto de que cuando las puntas tocaban mi rostro, yo sentía electricidad.
Cada vez me acercaba más a Alessandra. El alcohol en mi sangre estaba en el punto exacto, entre el atrevimiento y la sensatez. Alonso interrumpió el momento para entregarnos unos tragos. Agradecimos el gesto y seguimos bailando con las copas en la mano. Luego de beber su contenido las apartamos, me acerqué a Alessandra para besarla, pero me detuvo para preguntarme:
—¿Por qué quieres besarme?
—¡Porque me encantas! —contesté con seguridad.
Para asegurarme de que no girara la cara, tomé su rostro con ambas manos y me acerqué a sus labios. Sus besos rápidamente se tornaron apasionados. Alonso, muy cerca de nosotros, hacía lo mismo con Diana. Solo levantó la mirada para indicarme que había comprado otra ronda de tragos.
Al rato, Alessandra me jaló hacia la barra y nuestras manos permanecieron entrelazadas. Diana y Alonso se acercaron. Entonces, Alessandra comentó que iba al baño y tomó de la mano a su hermana. Aproveché para hacer lo mismo.
Caminé de manera torpe. Una vez frente al espejo, levanté la mirada. Me costaba enfocarme. Sentí que todo se movía a mi alrededor y apenas podía mantenerme en pie. Mi visión se iba apagando. Estaba perdiendo la lucidez. Me estaba rindiendo ante el alcohol. Un solo pensamiento cruzó por mi cabeza: «Tengo a una hermosa chica esperando por mí. No puedo desvanecerme, no ahora que todo va muy bien»; sin embargo, sentí cómo las piernas no me respondían y mi reflejo iba desapareciendo hacia abajo.
Capítulo 37
Tatuaje
Unos fuertes brazos me sujetaron e impidieron mi caída. Era Alonso.
—Hey, tío, ¿qué pasó?, ¿estás bien?, ¿puedes pararte? —preguntó.
—Todo me da vueltas —llegué a decir.
—Toma agua y échate un poco a la cabeza. Voy a entretener a las chicas, pero no puedes hacerme esto. Tienes que estar bien para cuando nos vayamos los cuatro a mi departamento.
Habían pasado casi quince minutos, de seguro Alessandra estaría preocupada, así que me recuperé un poco y salí del baño. Cuando la vi, una consigna se instaló en mi cabeza: debía mantenerme de pie.
—¿Cómo estás? Estaba preocupada por ti —dijo ni bien me acerqué a ella.
—Es el trago. Creo que bebí demasiado, pero ya estoy un tanto mejor —respondí buscando sonar convincente.
Alessandra me abrazó y me llevó hasta la barra, pero eso solo empeoraba mi situación. Entonces fue Alonso quien se acercó.
—¿Estás mejor?
—Un poco, pero si quieres que pase algo, vámonos ahora mismo a tu departamento —respondí.
El mensaje había sido contundente. Alonso no tardó en convencer a las chicas de irnos. Sin pensarlo dos veces, ya estábamos saliendo del bar. Alessandra en todo momento se ofreció a ayudarme, lo que de alguna manera me daba mayor tranquilidad.
Subimos al auto de Alonso, traté de mantener los ojos abiertos y me recosté en las piernas de Alessandra. Todos me aconsejaban que no durmiera, pero mi estado solo me permitía obedecer a mi cuerpo. Después de unos minutos, que para mí fueron eternos, llegamos hasta su estacionamiento. Al sentir que el auto se detenía, me reincorporé lentamente. Me senté y, para mi suerte, la cabeza ya no me daba vueltas.
—¿Ya estás mejor? —preguntó una preocupada Alessandra.
—Sí, ya estoy mejor —respondí.
Ingresamos al ascensor y no paré de besarla. Sentía que estaba recuperando el tiempo perdido. Llegamos al piso en el que vivía Alonso y fue él quien salió primero. Abrió la puerta de su departamento y no hubo nada más que decir: Alonso entró a su cuarto con Diana; yo me dejé guiar por Alessandra a otra habitación.
Todavía de pie, empezamos a besarnos con desesperación. Todo su fuego de mujer me estaba haciendo hervir la sangre. Bastaron un par de movimientos para que el vestido que llevaba puesto cayera al suelo. Alessandra era impresionante.
Juntamos nuestros cuerpos y me abrigó con su calidez. La suavidad de su piel contrastaba con la intensidad de sus besos. Al desplomarnos en la cama pude ver un hermoso tatuaje al final de su espalda, donde comenzaba su paraíso. Mis labios tenían que llegar ahí. El alcohol se había disipado. Mis besos eran apasionados y ella parecía no resistir más. Llegué a mi objetivo. La agitación que sentía a penas le permitió hablar: «¿Te gusta?», preguntó. Terminé de besarla y la acomodé frente a mí. Mis manos la exploraban y me sorprendía cada curva que encontraba en su anatomía. Era un paisaje perfecto.
Había llegado el momento de entrar en su cuerpo. La contorsión que logré en ella fue impactante. Abrió los ojos, me miró desconcertada y empezamos a movernos cada vez más rápido. Cada una de mis arremetidas era correspondida por sus caderas. Si bien la acción acontecía en el sur, todo su continente me rozaba. Ese momento fue electrizante, duradero y deliciosamente agotador.
Permanecimos despiertos y con los ojos muy abiertos. Apenas vi que se había recuperado de tanto fuego, me volví a sumergir en ella. Estábamos otra vez buscando llegar a la cima del mundo; esta vez el ascenso iba más lento, pero a paso seguro. Luego de varios minutos, sus gemidos volvieron a tornarse inquietantes. Sus ojos se cerraron y ella no podía resistir mis besos. Su respiración no se lo permitía.
Nuevamente, sentimos que la energía recorrió cada parte de nuestro cuerpo. Los sonidos que emitía me hacían pensar que estábamos cerca de la frontera con la locura. Nos abrazamos con fuerza, esperando la siguiente arremetida. Hasta que llegamos a la felicidad, intensa y eterna.
Esta vez la energía se concentró en un punto y explotó por todo nuestro ser. Quedamos exhaustos. Nos abrazamos y nos besamos, como si no pudiéramos creer lo que nos estaba pasando.
El sudor invadía nuestra piel. Mi mano tomó su cintura. Volvimos a besarnos como dos enamorados; luego, las sonrisas y las caricias dieron paso a las miradas. Ya bastante extenuados, nos quedamos dormidos.
Ya de mañana, los halos del sol que se filtraron por las cortinas no eran lo suficientemente fuertes para despegarnos, pero aproveché para abrir los ojos y verla desnuda. Escuchamos unas voces cerca del cuarto. Diana abrió la puerta, se sorprendió y la cerró de nuevo. Se llegaron a escuchar sus risas junto a las de Alonso.
—¿Diana entró? —preguntó Alessandra, con cierto pudor.
—Sí —respondí, y empecé a besarla nuevamente.
—¿No te cansas? —dijo sonriendo.
Ejecuté un movimiento rápido y nuevamente ingresé en su cuerpo. Esta vez fui más agresivo en mi actuar. La separé de mi para volver a ingresar con más fuerza. Su rostro dejaba ver una expresión de dolor aceptado. Estalló en un sonido intenso, mientras sus manos desgarraban las sábanas. En plena explosión abrió los ojos y me miró para decirme: «¿Qué me has hecho? Fue demasiado fuerte e intenso. Me haces sentir tantas cosas». Me besó totalmente entregada, completamente mía. Por mi cabeza rondaba una idea:
¿podría nacer algo especial?
Capítulo 38
Lágrimas
Al cabo de unos minutos, escuchamos la voz de Diana: «Chicos, ¿están visibles?». Alessandra y yo nos tapamos hasta el cuello con la sábana. Abrió la puerta y nos dijo que Alonso nos llevaría a pasear y a almorzar. Cuando cerró, empezamos a vestirnos.
Salimos del cuarto y coincidimos en la misma escena con Diana y Alonso. Ambos nos miramos y sonreímos. «Vamos, antes de que se haga tarde. Recuerda que las chicas viajan hoy», me dijo.
En ese instante, recordé que Alessandra viajaría con su hermana. Ni siquiera le había preguntado por qué ni cuánto tiempo, simplemente pensé que regresaríamos a esa misma cama una y otra noche.
—Ale, ¿cuándo estás de regreso? —preguntó mi amigo.
Diana volteó de inmediato, sonrió y esperó a ver cuál sería la respuesta de su hermana.
—Tengo para varios meses. Nuestros padres quieren que estudie y trabaje afuera, como lo hace Diana y a eso estoy yendo.
La situación se iba complicando. Era como tener el pie en el acelerador y no saber si pisar a fondo. Esa idea se afirmaba y desvanecía a medida que Alonso iba manejando. Recorrimos por un buen rato una zona bonita de la ciudad, hasta que nos detuvimos a comer algo.
Tenía que ser muy cauto con lo que le diría a Alessandra, después de todo no me había hablado de intenciones. Sin embargo, fue ella misma, mirando a su hermana, quien dijo algo que describió con precisión cómo se sentía: «No sé qué me ha hecho Sebas, pero me siento muy feliz».
Diana sonrió y dirigió su mirada hacia mí. Yo, sin darme cuenta, también sonreía, a la vez que tomaba a Alessandra por la cintura y besaba su mejilla.
Mientras esperábamos la comida, me acerqué a su oído y le dije:
«Me gustaría verte pronto». Ella agregó: «¿Cuándo podrías viajar o, de repente, yo me escapo unos días para acá?».
Ambos sabíamos que era muy difícil, pero queríamos jugar a lo imposible. Habíamos creado un vínculo, no había duda, pero ¿podríamos forzar al destino? ¿De verdad queríamos hacerlo?
—En tres semanas podría visitarte, ¿qué dices?
—¡Me encantaría! —respondió feliz.
Nuevamente, estaba frente a un desfile de temores e ilusiones que frenaban mis pensamientos. Entre besos y ambigüedades, llegó la hora en la que Alessandra y su hermana debían irse a casa para alistar sus maletas. Las dejamos en la puerta y empezó la dolorosa despedida.
Alonso no dejaba de besar a Diana; yo, por mi parte, no dejaba de mirar a los ojos a Alessandra. Mientras ellos buscaban la manera de darse la mayor cantidad de besos en esos pocos minutos; nosotros buscábamos contener el tiempo.
—Te voy a extrañar mucho —dijo ella—. No me voy a olvidar de este par de días que hemos pasado juntos.
—Yo tampoco. Ya veremos la forma de coincidir de nuevo — respondí
Cogí con ambas manos sus mejillas y le di un beso suave; se humedecieron sus ojos y me miró como si me hubiese amado por años. Entraron a su casa y apenas pude ver su silueta que cerraba la puerta.
¿Todo había acabado ya? ¿Por qué estaba tan pensativo? ¿Zoe se había llevado toda mi ilusión?
De pronto, una frase interrumpió mis dilemas: «¡Carajo! Estoy jodido». Era Alonso y se veía muy afectado; al parecer se estaba enamorando.
—¿Tanto así? —le pregunté.
—Sí, hermano —afirmó.
—Vamos al aeropuerto —sugerí.
—Pero sus padres las van a llevar.
—No importa. Nos escondemos un rato y cuando estén por abordar, nos aparecemos. ¿Qué dices?
—¡Vamos!
Calculamos el tiempo exacto que nos tomaba llegar hasta el aeropuerto. Una vez en el lugar, nos ubicamos en un café por donde pasarían. A los pocos minutos, dos hermosas chicas, acompañadas de sus padres, desfilaban frente a nuestra mesa. Alonso buscaba la mirada de Diana, pero ella estaba abrazada con su padre. Giré y encontré la mirada de Alessandra, quien se veía desesperada, como si buscara soltarse de su madre y correr hacía mí. Uno de mis gestos le hizo entender que tenía que seguir su rumbo y no hacerse notar.
Caminamos muy cerca de ellas, contemplamos la emotiva despedida y hasta nos cruzamos con sus padres cuando se iban. Unos segundos después, las teníamos frente a frente nuevamente. Alessandra me abrazó y apoyó su cabeza en mi pecho. Esta vez eran Diana y Alonso quienes ensayaban sutiles miradas y besos.
—Nunca te voy a olvidar, tienes que ir a verme —me dijo
—Lo intentaré —respondí mientras me acercaba a sus labios y vi que las primeras lagrimas asomaban en sus ojos.
Les quedaba poco tiempo, así que tuvieron que marcharse. Cuando las puertas se cerraron, le dije a Alonso: «Lo disfrutamos con intensidad. Espero que las volvamos a ver», pero su pena no lo dejó articular sílaba alguna.
Otra vez retornaba solo a mi casa. Solo, pero aprendiendo a convivir con mi soledad; después de todo, sin esta no hubiera conocido a Alessandra.
Capítulo 39
Siete llaves
Pasaron algunos días y parecía que el tiempo empezaba a hacer su trabajo. Sonreía al recordar todo lo que había vivido en esos últimos meses: amor, desamor, llegadas, partidas. Mi vida se estabilizaba de a pocos. Por lo pronto, mis rodillas habían dejado de apoyarse en el piso. Era momento de levantarse.
El destino aun me había preparado una prueba más. El sonido de un mensaje entrante despertó mi curiosidad:
«Te extraño». Era Zoe otra vez.
¿Por qué me decía eso? ¿Por qué insistir en lo mismo? Habíamos tenido la oportunidad de tener algo hermoso, pero ella la había dejado pasar. ¿Para qué me escribía de nuevo?
«No me extrañes. ¡Ven!», respondí. Solo un minuto después, ella contestó: «¿Nos vemos en una hora en el mall del norte?». Acepté de inmediato.
Llegué y estacioné. Bajé del auto y la vi, estaba hermosa como siempre, pero su hermosura no penetraba mi corazón.
—¡Hola! —me dijo, con esa sonrisa bella que ya no me cegaba con su luz, con esa mirada dulce que ya no destruía mis defensas.
—Hola —respondí—. Vamos.
Nos dirigimos hacia el auto y nos fuimos rumbo a mi casa. En el trayecto me contó sobre su día, como si solo hubiese sido ayer cuando dejamos de vernos. Llegamos y recorrimos el mismo camino de la primera vez. Fuimos a la sala. Abrí un vino, pero no había velas ni rosas; sabíamos lo que iba a pasar, pero esta vez todo parecía diferente.
No aguanté más y la besé. Finalmente, eso era lo que ella quería. Cerró los ojos, como lo hacía en aquellas épocas, y me deslicé por su cuello. Seguía causando el mismo impacto, pero el tiempo había conseguido que las cosas para mí, sí fueran distintas. Otra vez, su sonrisa era la misma y me miraba con mucha ternura, yo solo sonreía.
Me besaba y acariciaba como antes; mientras que yo la tocaba, pero sin involucrar sentimientos. Mi corazón solo latía para mantenerme vivo, ya no por ella. Deslicé mi mano por los botones de su blusa. Zoe volvía a contorsionarse mientras me despeinaba. Cogí su mano y nos fuimos a mi habitación. Al llegar, nos paramos frente al espejo y me puse detrás de ella para poder desvestirla.
—¿Recuerdas la última vez que estuvimos justo aquí? —pregunté.
—Sí, cómo olvidarla.
Tenía su reflejo totalmente desnudo frente a mí. Trataba de mantener esa imagen en mi cabeza, como un cuadro colgado para siempre en mis recuerdos, pero mi mente empujaba la puerta entreabierta de mi corazón y la volvía a cerrar bajo siete llaves. Me bastaba recordar que ella se iría a casar, que todo lo que hice no valió la pena y que fueron muchas las esperas a las que nunca llegó.
Se dio la vuelta y me miró entregada. Mi ropa para ese momento ya estaba cerca del piso. Cuando estuvimos en igualdad de condiciones, nos deslizamos en mi cama. Me deslicé como un felino, clavando sobre ella mi mirada. Entré en su cuerpo. Se arqueó, cerró los ojos y emitió un sonido excitante. Nuevamente era mía, al menos por esa noche. Empecé a moverme e inmediatamente recibí su complacencia. Me miró a los ojos y dijo: «¡Mi amor!». Yo solo sonreía.
Mis labios recorrieron todo lo que tenía a la vista. La suavidad de su piel no había cambiado, pero ya no se fundía con la mía. La miré nuevamente y arremetí con más fuerza. Se arqueó nuevamente y sus gemidos me hicieron saber que estaba sintiéndose mía. Tembló por un momento. «Soy tuya», dijo. Hace unas semanas le hubiese confesado todo lo que sentía, pero esta vez, yo solo sonreía.
Su cintura era perfecta y lograba ser el punto de apoyo ideal para que pudiera entrar cada vez más en ella. Esta vez no pudo aguantar más y dijo: «Te amo. Te amo. Quiero permanecer así por el resto de mi vida». Después de unos cuantos besos agregó: «Quédate así, quiero sentirte dentro de mí. Siento que soy tuya para siempre». Zoe me miraba, me deseaba, sentía que me necesitaba, yo solo sonreía.
Sabiendo que todo había cambiado y que esto significaba un adiós más que una nueva vida, volví a encender la pasión y empecé nuevamente a hacerla mía. Nuestros cuerpos latían y la piel se hacía más sensible. Nos pegamos más y más, hasta el límite de nuestra anatomía, y por unos instantes volví a sentir el gran amor que le tuve. Bajé la guardia…
—Este lado de la cama aún está vacío. Y te pertenece —murmuré.
Esta vez fue ella quien solo sonreía.
—Me tengo que ir —dijo de pronto.
Esta vez sus palabras no me destrozaron. Cogí el auto y otra vez la dejé en la vieja pileta. Bajó y fue ella quien me besó. Nuevamente, yo solo sonreía.
De regreso a casa iba pensando en los giros que da la vida. Antes, cuando Zoe era mía, yo sufría; ahora, que era de él, yo solo sonreía.
Todo lo que había sucedido esa noche fue hermoso, no lo podía negar, pero era casi una locura pensar que podía llegar más allá. Zoe lo había estropeado, y lo sabía. Ella me había enseñado a sufrir y a volverme duro. Me había enseñado a entregar mi corazón y a cerrarlo. Me había enseñado a decir las palabras más bonitas que pude haber dicho en esta vida, pero también me enseñó a callarlas. Todo lo que dijo en mi cama hacía notar que aún me amaba, pero que al mismo tiempo había aceptado lo que venía para ella. Y si bien nunca le pregunté cuándo se casaría, estaba seguro de que la próxima vez que supiera algo de ella sería después de ese día.
Llegué a casa, mi celular recibió un mensaje. Me demoré un par de minutos en leerlo, pensando que sería Zoe.
«¡Hola, Sebas! ¿Te acuerdas de mí? Soy Sofía. Mañana llego a la ciudad»
Un silencio total se instaló en mi interior.
Era Sofía, la chica de la plaza que lloraba al observar la foto de Blanca, su abuela. Me emocioné. Cuando ella se fue, había quedado algo pendiente entre nosotros. A veces, uno decreta pasar un tiempo solo, pero este decreta otra cosa.
Lo que yo sí podía decidir es que «¡Se acabaron los días de Zoe!»
Y con el permiso del tiempo, ¿empezamos las Noches de Sofía?

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