Capítulo 1

Los caminos de la vida

2014, Buenos Aires – Argentina.

“Amiga, ya tengo los pasajes para Nigeria, voy a buscarlo” – Dijo Ina, totalmente emocionada.

“Vos estás re loca” – Replicó Florencia – “¡No sabés a todos los peligros a los que te vas a exponer! ¿Vos viste toda la gente que está muriendo por ébola en este momento? En esta no te banco Ina!”

Flore, como gustaba que la llamaran, la conocía de arriba abajo. Sabía que, si la contradecía, no la escucharía. Aún quedaban algunas semanas para tratar de convencerla de que no viajara, pero también sabía que cuando a Ina se le metía una idea en la cabeza, siempre ganaba, dependiendo del concepto de lo que era “ganar” para ella.

El pasaje Buenos Aires – Lagos ya estaba comprado. Flore juntaría a todos los seres más queridos de Ina para que entre en razón y no se vaya.

2012, Lima, Perú.

“¿Vienen a casa el viernes? A eso de las 9 está bien…”

Ina, era un imán de amigos y aunque no lo fueras, en 30 minutos ya pertenecías al grupo. Sus convocatorias no eran como un frío mensaje, se sentían como un abrazo. Imposible negarse, aunque sea por curiosidad.

Tenía esa facilidad de mirarte sonriendo, al límite de entrecerrar sus brillantes ojos celestes. La energía y confianza que te plasmaba desde que la veías, te parecía familiar, como si la conocieras de toda la vida. Por lo general, si alguien se te acerca de esa manera, piensas que esconde algún tipo de aprovechamiento, pero ella no infundía eso, era más bien sinceridad y cordialidad.

Pero ¿Qué pasaba en su interior? A medida que la ibas conociendo te dabas cuenta que sus más profundos temores, miedos y problemas los reservaba solo para los que cruzaban el umbral de “amigos de fiesta” a “amigos íntimos”. Pensaba que uno no notaba esa melancolía escondida, tal vez estar rodeada de personas con buena onda y divirtiéndose, le permitían sacarse de la cabeza las cosas que la atormentaban y camuflarse. Aun así, y entendiendo sus defensas, nadie se atrevía más que a seguirle la sonrisa, quién sabe, tal vez en algún momento sentiría que el umbral fue cruzado y su alma empezaría a contar su verdadera historia.

Pero esto viene de antes, ya llegaremos a las “fiestas boom” como Ina las llamaba

Capítulo 2

La ciudad de la furia

Luego de mucho esfuerzo, logré graduarme como Relacionista Pública en mi ciudad natal, Buenos Aires. Nunca olvidaré la mirada de mis padres cuando su “pequeña” daba un paso importante en su vida. Supongo que para ellos, lo era también. Transcurría el año 2010, bicentenario de La Argentina. La gente vistió de albiceleste el color cemento que prevalecía en las calles, daba la sensación de que andabas por el cielo. Cantos, celebraciones, fiestas y eventos, marcaban momentos que serían perdurables. De seguro, en algunos años, todos dirían “Te acordás que estuvimos juntos en ese lugar”. Era la ciudad de la furia enamorándome cada vez más, sin saber que yo ya recibía otros coqueteos. 

La locura del mundial de fútbol de Sudáfrica se latía en cada hogar del país. La razón nos decía que no nos ilusionemos, pero ver a Maradona dirigiendo a un Messi de 22 años, era una postal de ensueño. Luego de algunos asados viendo los partidos con amigos, Alemania nos dejó sin copa en cuartos de final. Tranquilo Diego, Leo nos dará la tercera algún día.

Llegó el matrimonio igualitario y ya está, dejalos ser. Que se amen todos los que puedan, el amor está escaso.

“Che, que lindo está el día…” – Le dije a Mariana mientras le pasaba el mate.

“Estuvo bueno venir para acá, está re lindo el parque y la flor metálica enorme brillando con este sol, espectacular” – Me respondió

“Ina y ¿ahora qué?”

La miré esperando que completara la pregunta o que comenzara a filosofar. Ella prosiguió.

“Nos graduamos, bien, pero ya has pensado ¿Qué sigue?”

“Mariana, estoy aplicando para la pasantía de una empresa en el extranjero”

“Ah bueno, ¿y no me decís nada más? ¡Joya, quedamos así!”

“Pará que te cuento. No se lo he dicho a muchas personas, prefiero que primero se concrete. Es que sería mudarme a Lima”

“¿Perú? ¿Te vas a Lima?”

“Y, eso espero, veremos qué pasa”

“¿Y qué dicen tus papás?”

“Algo les comenté, pero ya sabés, termino haciendo lo que me nace.”

Creo que a veces, mis ganas de viajar y conocer nuevos lugares, así como dar saltos en las etapas de mi vida, me hacen tomarlo como algo natural y hasta lógico. Pero luego de unos momentos de euforia, pude ver que Mariana ya me estaba extrañando. Yo también la iba a extrañar, a todo, a todos, aún así, cuando llegara el momento, no pensaría en nada más que en subir a un avión.

Días después, en casa de mis papás.

“Ina, ¿Todo bien?” – Me dijo mi mamá – “Es que te quedaste petrificada frente a la compu”

“¡Me lo aprobaron mamá! Me voy a laburar a Lima” – Respondí

Me paré y la abracé. Ella sonrió un tanto nerviosa. A los pocos segundos asintió con la cabeza.

Mi papá se acercó al sentir el quilombo. Se lo conté y se alegró, apenas un minuto después ya me estaba preguntando ¿Dónde viviría? ¿Cuándo viajaría? ¿Quién me esperaría?

Yo me puse a resolver eso en el acto.

A la semana siguiente le conté todo a mis amigos. Algunos que estuvieron en Lima me dijeron que era una ciudad linda frente al mar, pero como cualquier lugar en Latinoamérica, hay que saber por dónde andar y por dónde no.

“¡La comida! No sabés lo que es, una cosa de locos” – Me comentó Manuel.

Entre facturas, medialunas, mates y fernet, fueron pasando los días. Había tenido decenas de despedidas. Dejaría por buen tiempo a la gente que amaba, aunque para la vida y mi corazón, sería solo un momento.

Ciudad de la furia, no te enfades, yo soy de aquí y vos estás acá, dentro de mí. Solo voy a conocer el mundo y de allí vuelvo para contarte.

Mis papás me llevaron al aeropuerto y se sumaron Flore, Mariana, Manuel y Abel.

Alguna de las tantas puertas de Ezeiza nos separaron. Lo último que escuché fue “Escribí cuando llegués”, era la voz gruesa de Abel, como si estuviera sola tomando un taxi y me fuera por acá. Tal vez eso era lo que en el fondo sentíamos, o queríamos, “sentirnos cerca”.

Capítulo 3

La Flor de la Canela

“Bienvenidos a Lima. Son las 20:00 horas. En nombre de su tripulación, agradecemos su preferencia.”

Ina activó su teléfono para contactar a Renzo, quien la esperaba en el aeropuerto. Viviana, la secretaria de su padre, era peruana, así que amablemente le ofreció que viviera con su familia.

“¿Renzo sos vos?”

“¿Ina? Soy el hermano de Viviana. Bienvenida a Lima. Te ayudo con las maletas”

Subieron juntos a un taxi y mientras él le preguntaba si tuvo un vuelo agradable, ella solo miraba por la ventana para empezar a conocer la ciudad. Aquella jovencita estaba cargada de adrenalina. Las ganas de vivir experiencias nuevas y la aventura la tenían a mil por hora.

Pero a medida que el tiempo pasaba, notaba que el coche seguía y seguía avanzando. Realmente se estaban alejando bastante del aeropuerto. Lo poco que distinguía eran zonas urbanas bastante tugurizadas y también zonas descampadas. 

Recordó que Abel le dijo que avisara cuando llegara, así que le envió un mensaje.

Entraron a una zona industrial oscura y luego a un conjunto de casas.

“Ya llegamos” – Le dijo Renzo mientras sacaba el equipaje del taxi.

Ina, trató de disimular que el lugar al que llegaba, distaba mucho de lo que ella imaginó. Entrando a casa, la agradecida familia de Viviana la acogió de inmediato y le sirvieron café y pan con chicharrón. Estaba feliz de conocerlos, pero tenía la idea de que viviría en una zona más céntrica de la capital.

La llevaron a su habitación y, aunque muchas ideas le daban vueltas por la cabeza, el cansancio la venció y cayó dormida. En pocas horas empezarían sus pasantías en una fábrica no muy lejana de allí.

Al día siguiente salió temprano de casa, con una blusa blanca y una falda gris, era muy raro que ella usara pantalón. Debía ir al óvalo de Santa Anita para tomar un pequeño bus hacia el trabajo. Aquella “gringa”, aunque era castaña, no pasaba desapercibida por esos lares.

Las escasas cuadras que caminó, tiñeron de polvo sus zapatos nuevos. Llegó al paradero y quedó abrumada. Era una de las partes más congestionadas de la capital. La bulla de las bocinas de los autos era ensordecedora. Los pequeños buses llamados “combis” hacían fila uno tras otro para cargar pasajeros como si fueran bultos. Demasiado ruido, caos y desorden. Algunos extranjeros quieren conocer las dos caras de cada ciudad, pero para una joven principiante, eso fue demasiado.

Santa Anita, es uno de los distritos más jóvenes y emergentes de Lima. Sus pobladores son en su mayoría inmigrantes de la sierra central del Perú. Cuenta con grandes fábricas, locales comerciales, almacenes, industrias y laboratorios. Curiosamente, su nombre deriva de la empresa lotizadora Santa Anita, fundada por sus hijos en honor a su madre. Si te detienes en alguna esquina a observar verás el empuje y coraje del limeño que día a día busca salir adelante con su pequeño negocio o saliendo cada mañana rumbo al trabajo, siendo embullido por el oceáno del tráfico mientras va escuchando música o comiendo algo por el camino. Puede parecer una rutina tortuosa e interminable, pero al llegar a su destino, lo primero que hace es saludar con una sonrisa y bromear con sus amigos, así la jornada, se hace más agradable y el ser embullido nuevamente de regreso a casa, va siendo más un adormecimiento para estar de nuevo en el calor del hogar, sonriendo, aunque cansado, sabiendo que cualquier sacrificio valió la pena, y así, cada día va contando.

“Rubén, te habla Ina.”

“¿Llegaste a Lima? ¿dónde estás?”

“Laburo en la Carretera Central, por Santa Anita. Vivo por aquí también”

“¿Vos estás loca? Cuando salgas, subí a un taxi y vení para acá. Te paso la dirección.”

Ina llegó a casa de la familia de Viviana, incluso con cierto temor, ya que al caer la noche la zona se tornaba un tanto peligrosa. A diferencia de su natal Buenos Aires, en donde el sol se pone a las 8:00 PM, en Lima a las 6:00 PM ya no está.

Agradeció a todos y les indicó que había recibido la invitación de su amigo Rubén, a quien conocía desde la secundaria en un colegio de Buenos Aires, y le había ofrecido mudarse con él.

Subió a un taxi y ya de noche, veía que la zona oscura e industrial iba cambiando por calles pintadas de verde y luz. Llegó a Miraflores, un distrito lleno de edificios frente al mar.

“Boluda que hermoso verte, hace cuánto no te veo .” – Rubén acompañó a Ina dentro de su casa y le enseñó su “habitación” – “Me agarraste desprevenido, te puedo ofrecer este colchón en el piso. ¿Tenés drama?

“Está perfecto, olvidate me re salvaste” – Respondió

“¿Mañana vas a regresar a trabajar por Santa Anita?”

“Sí amigo, pero acá me siento más tranquila. La familia que me hospedó es un amor, pero la zona se me complica por las noches”

“Supongo que ni tuviste tiempo de comer, vamos que te llevo a conocer un lugar que te va a encantar.” 

Así partieron para el barrio contiguo, Barranco. Los altos edificios de Miraflores se fueron convirtiendo en un lugar precioso y bohemio, con calles coloniales llenas de faroles.

“Che, este lugar es hermoso, me hace acordar mucho a San Telmo” – Dijo Ina mientras veía a músicos callejeros que se establecieron por allí.

“¿Recuerdas a Chabuca Granda? Bueno, la escuchaban gente grande en Baires, era peruana y una de sus canciones más populares se llama “La Flor de la Canela” y habla del puente y la alameda, te los voy enseñar”.

“¡Ya pareces peruano, se te re pegó el acento!” – respondió Ina mientras reía.

“Pues si querés te quedás sin guía y eso que no cobro”

“Andá, dale…”

“Te estoy cargando. En serio, que bueno verte” – Agregó Rubén – “Bueno esta es la plaza de Barranco, un lugar antiguo, con su iglesia por ese lado, la fuente por aquí y mira la cantidad de artistas, desde músicos hasta vendedores callejeros ofreciendo una diversidad de cosas”

Ina se quedó mirando a un grupo musical que estaban improvisando una canción y empezaron a tocar “De música ligera” de Soda Stereo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Pará, qué es esto…” – Exclamó

“Acá adoran el rock clásico argentino y lo siguen tocando por todos lados” – Dijo Rubén.

Luego pasaron por la zona de bares que era una locura, perfecto para mochileros. Hacia el otro lado había un boulevard y una pérgola. Más adelante, una escalera con faroles y se veía hacía abajo un viejo puente de madera.

“Bueno, caminamos de la alameda al puente. Dicen qué si lo cruzás de un lado al otro sin tomar aire, se te cumplen los deseos” – Agregó Rubén.

El rostro de Ina se iluminó, tomó de la mano a Rubén y corrieron hacía el otro extremo como locos. Llegaron a un restaurante a comer algo y beber una cerveza.

“¿Hacia dónde va este camino debajo del puente?” – Preguntó Ina.

“Mirá, pues antes eran casas abandonadas, peligroso de noche. Pero ahora lo ha recuperado para el turismo. Encontrás  hospedajes, bares, restaurantes y arte hasta llegar a un mirador para ver el mar desde un barranco, de ahí el nombre del lugar”.

“En serio que la comida está buenísima, condimentan todo, pero tienen unos sabores y aromas increíbles”

“Varios de esos productos vienen desde la época de los Incas y fusionados con los productos traídos por los europeos, asiáticos y africanos, dan origen a estas delicias”

La linda noche llegó a su fin. Regresaron a casa de Rubén.

Así fueron las siguientes semanas de Ina, cruzando medio Lima para hacer su pasantía y mirando todo lo que pasaba por la ventana.

Ella era un torbellino, así que, con esa energía, parecía más la supervisora que la pasante. Iba por todos lados soltando ideas para mejorar la imagen de la compañía. Claro que no faltaba un poco de envidia por algunos escritorios, pero en líneas generales aprendió bastante y aportó aún más.

Capítulo 4

El milagro verde

Pasaron los tres meses de la pasantía. ¿Ya les dije que Ina era un “torbellino”? pues entre regresar a Buenos Aires o emprender algo en Lima, decidió lo segundo. Se dio cuenta de que el negocio de asesorías en recursos humanos era rentable y abrió una consultora de recursos humanos junto a otra argentina que conoció en una de sus tantas salidas.

Las cosas empezaron a crecer, como ella. Se juntó con una amiga y alquilaron un departamento en Miraflores. Si bien, todos los días salía muy temprano a presentar su producto a diversas empresas, el ser su “propia jefa” le daba tiempo de disfrutar la vida nocturna de Lima y viajar al interior del país.

Ina podía atraer a las personas de manera magnética, era algo impresionante. La pasión con la que afrontaba la vida, hacía que dejaras de ver los impulsos como algo vehemente y le dijeras “hagámoslo” de inmediato. Para ella todo era hoy.

Es así como juntó a Bruna de Brasil con Jair de Lima y los tres se fueron para la selva peruana. Se podría decir que apenas se conocían y ya estaban volando a Iquitos.

Desde aquel avión podían apreciar un manto totalmente verde formado por las copas de los árboles y los reflejos del sol naciente sobre el rio simulaban una gigante serpiente de oro. Habían contactado a Juan, un guía que hacía tours vivenciales en lo profundo de la selva, nada de hoteles cinco estrellas con piscina, así era Ina y lo disfrutaba.

Luego de tomar un jugo de cocona helado y unas paletas de aguaje para aplacar el calor, fueron a un pequeño puerto de diminutas lanchas. Era un paraíso, la informalidad del transporte no desvirtuaba para nada el cielo azul, las nubes blancas, las aguas de color cocoa y el cetrino ensortijado de la vegetación. Es más, esa pequeña embarcación de motor fuera de borda, era la combinación perfecta para la postal.

A medida que surcaban el ancho río, podían ver entre el verdor, cocodrilos, infinidad de aves, boas, monos y animales muy extraños, casi lindando con lo mágico.

Llegaron a una comunidad nativa cuyos pobladores los recibieron con coronas de plumas de colores y les pintaron las mejillas con tierra blanca y ocre. Aquellas personas, orgullosas de su hermosa cultura, vestían faldas de paja y tejidos con figuras geométricas. Iban danzando al ritmo de esa música mística y alegre que no sabías si salía de sus extraños instrumentos o si era el sonido de la naturaleza. Sus casas eran chozas circulares, cubiertas de plantas secas desde el suelo hasta la punta.

Además de la comida aparentemente “tradicional” como el tacacho con cecina, basados en carne de cerdo y plátano bellaco verde asado, Ina se animó a probar platos más “arriesgados”.

Fue así que comió cola de cocodrilo y los suri, gusanos de palma. Extrañamente agradables, pero que no los pedirías con el almuerzo cotidiano.

Entrada la noche, Juan los llevó al centro de una laguna a observar las estrellas. En realidad, todo estaba oscuro, pero podías ver el reflejo de las mismas en el agua. Era un espejo, como estar entre dos firmamentos. Se tumbaron en la canoa para poder tener una mejor vista. Era como flotar en el espacio, perdías la noción del horizonte. El “capitán” de la nave, les iba contando leyendas de la zona.

“¿O que é isso?” – Dijo Bruna asombrada.

Todos miraron hacia donde apuntaba.

“¿Me estás jodiendo? No lo puedo creer” – Agregó Ina, mientras volteó a mirar al guía en busca de explicaciones.

“Es… Es como una nave, una estrella que se mueve para todos lados” – Dijo Jair

“Eso sucede todo el tiempo” – Respondió el guía – “Es un OVNI chicos, no sé qué más decirles”.

Al cabo de un rato la luz desapareció. Ellos se miraron aún boquiabiertos sin saber qué pensar acerca de lo que habían visto.

Sonrieron con un poco de nerviosismo y desde ese instante, un evento mágico de la selva los uniría en la memoria de sus vidas. Luego de unos días y más aventuras, el viaje terminaba, pero los recuerdos quedaban.

Dicen que la selva amazónica es un milagro verde, creo que dicha afirmación queda corta.

Capítulo 5

Ica, mañana voy

“Ina, despierta” – Dijo Helga, su roomie. Una chica de Bélgica con quien ya llevaba algunos meses compartiendo el apartamento.

“¿Qué hora es?”

“Casi las 7. Tenemos que estar en el bar antes de las 9 ¿recuerdas?”

“Okis, me ducho, me visto y salimos”

Ina había llegado cansada de recorrer Lima. Había pasado el día de reunión en reunión con posibles clientes. 

Ambas “gringas” llegaron a un bar en lo alto de un hotel, con una vista privilegiada del mar. Asistían al after office de una asociación internacional de ex alumnos. 

Su presencia no pasó desapercibida. Una de las organizadoras le dijo a Leo, que vaya a conversar con ellas y las integre al grupo.

“Hola, no las había visto antes por aquí ¿Son nuevas?”

Ambas lo miraron con cara de que no les había caído nada bien. El pobre tipo, tal vez no se dio cuenta y prosiguió con la charla. Al cabo de un rato se marchó, asegurándose de dejarlas conversando con otras personas que se habían acercado.

“Helga, y ese tal Leo ¿Quién se cree qué es? Se cree mil”

“Pues no sé Ina, pero como que vino creyéndose la gran cosa”

La noche fue agradable, entre tragos y buena música. Para variar, Ina no había necesitado del antipático Leo para terminar socializando, riendo y haciendo futuros planes con todos. Obviamente, también consiguió valiosos contactos para ofrecerles sus servicios.

A las dos semanas, Ina asistió otra vez a un after, una noche de pisco sours en un bar art deco en Miraflores. Esta vez fue sola y para su mala suerte no estaban las mismas personas que había conocido anteriormente o, estaban ya inmersas en amenas charlas con sus amigos más íntimos.

En ese momento, se percató que Leo, estaba conversando con un par de chicas así que se acercó a regañadientes.

“Hola Leo, ¿Cómo va?”

“¿Ina? !Que bueno verte¡”

Y así ella se dio cuenta que a medida que Leo iba conversando y presentándole a nuevas personas, no era un tipo creído como parecía.

“Che, el fin de semana con Helga queremos viajar a algún lugar cerquita. Tipo un par de días, ¿Qué nos recomendás?”

“Ica” – Respondió de inmediato Leo – “Tienen que ir a las Islas Ballestas, a Paracas y a la Huacachina”

“La Huaca qué…” – Preguntó Ina

“…china” – agregó él mientras reía.

Leo le explicó que en un mismo recorrido, a pocas horas en bus, podía conocer unas islas hermosas llenas de lobos de mar, aves y pingüinos. De allí podían ir a las playas de Paracas y por último terminar en el oasis de la Huacachina, con fiesta incluida.

Unos días después, siguiendo las instrucciones de su nuevo amigo, Ina y Helga estaban en la terminal rumbo a Ica, el departamento contiguo al sur de Lima.

Llegaron a Paracas y allí abordaron una veloz lancha que avanzaba rápidamente hacía el horizonte. El viaje se hizo divertido mientras atravesaban ese mar azul oscuro. La nave daba pequeños saltos, levantando el agua y mojándolas esporádicamente. Al cabo de media hora aparecieron unas extrañas formas que no parecían islas. Eran como ladrillos gigantes color arena en medio del mar, sin playa, tal cual, puestos allí en medio de la nada.

Casi de inmediato, cientos de aves sobrevolaron por encima de los visitantes. A medida que se acercaban, vieron que esas raras islas estaban huecas, llenas de cuevas y túneles que incluso, tenían salida por el otro extremo. Un arco gigante atravesaba una de ellas, pudiendo ver el mar del otro lado. Era una imagen impresionante.

Las risas de diversión, se tornaron en exclamaciones de asombro. Había toda clase de animales a pocos metros de ellas. Luego de algunas vueltas e incluso, pasar por debajo de una formación rocosa con la lancha, partieron de regreso y con cientos de fotos.

Llegaron al embarcadero, Helga pidió ceviche, Ina solo algo ligero con pollo ya que no toleraba mucho la comida condimentada. Almorzaron raudamente, no sin antes tomarse una selfie con un pelícano amistoso que era la atracción de la zona. Partieron con prisa hacia el recorrido por las playas de Paracas y sus acantilados abruptos llenos de formas ilógicas.

Aunque no les quedaba mucho tiempo, pudieron sentir el frío refrescante de las aguas del pacífico en esas vastas playas casi vírgenes con arenas de colores rojizos.

Tal cual les había indicado Leo, debían abordar el siguiente bus hacía la capital de Ica, que también se llama Ica y así lo hicieron. A las pocas horas llegaron cuando empezaba a oscurecer. Tomaron un taxi y entre casas y casas, subieron una colina y como si fueran teletransportadas, se abrió un paisaje de cimas y arenales con una laguna hermosa en medio. Por fin habían llegado a la Huacachina.

Se hospedaron en un hostel, se ducharon y salieron de juerga. La discoteca estaba a pocos metros, en el cinturón de casas, negocios y edificaciones que rodeaban el oasis.

La gente local se mezclaba con la gran cantidad de extranjeros que iban por una noche y se quedaban semanas al enamorarse del paisaje, la vida bohemia y la hospitalidad de los anfitriones.

Unos shots de tequila mezclados con música latina y unos interesantes italianos, cerraron la noche de manera espectacular.

Al día siguiente no había tiempo para la resaca. Desayunaron en un agradable restaurante, propiedad de un argentino, con vista hacia la naturaleza. Las empanadas cayeron de maravilla junto al café. 

Ya un poco más hidratadas recorrieron las arenas que limitaban las aguas.

“Señorita, ¿quiere que por una propina le cuente la leyenda de la Huacachina?” – Preguntó un simpático niño.

“Dale, contámela, me re copa” – Dijo Ina mientras Helga dejaba de tomar fotos para prestar atención.

“Pues hay varias leyendas, pero les contaré la que a mí más me gusta” – Afirmó el relator mientras su “público” reía – “Hace mucho tiempo, vivía aquí una hermosa princesa que cautivaba a todos los hombres que pasaban por estas arenas. Un día, mientras peinaba su largo cabello, vio que un joven la observaba a cierta distancia. Lo mismo se repitió a diario hasta que ella se le acercó. Él se llamaba Ajall Kriña, era un guerrero Inca. Ellos se enamoraron rápidamente. Para su mala suerte, él fue llamado a la guerra y murió. Ella al enterarse, salió corriendo de casa y sus vestidos se rasgaron, convirtiéndose en las dunas, y lloró tanto que sus lágrimas formaron la laguna. Algunas personas dicen que en las noches han visto la figura de una mujer llorando, saliendo de las aguas justo desde el centro. Y eso es lo que sé.” – Culminó.

Los aplausos no se hicieron esperar, así como la propina. Luego de acariciar el cabello del niño, Ina y Helga partieron hacia un paseo en carros areneros. Una especie de Jeeps con jaulas protectoras. Desde allí subieron a las dunas y experimentaron algunos saltos controlados. Luego se detuvieron a hacer sandboard, echadas sobre la tabla, para evitar algún accidente. Al finalizar, vieron un hermoso atardecer con el cielo color naranja y azul oscuro en medio del desierto para después regresar al hospedaje. Comieron algo, fueron a la terminal de buses de Ica y durmieron de camino a Lima.

Definitivamente, a veces solo es cuestión de coger la mochila y viajar. La magia puede ocurrir en cualquier parte, pero, hay que salir a buscarla.

Capítulo 6

Valicha

No había pasado ni un año e Ina recibió una grata noticia. Sus padres la visitarían en Lima. Inmediatamente organizó un viaje a Cusco. 

Fue a recibirlos al aeropuerto y se fundieron en una abrazo enorme, lleno de saltos, alegría y emoción. Ellos ya habían visitado el Perú, pero había pasado mucho tiempo desde entonces. Querían cerciorarse de que su “pequeña” estuviese bien.

Ina les cedió la habitación del apartamento a sus papás. De noche, dormiría con Helga, que le dejó medio lado de su cama.

Sus padres quedaron encantados con aquel gran parque central, que como atractivo adicional, está habitado por varios gatos que interactúan con los visitantes. Además, había cantidad de restaurantes, tiendas, librerías y boulevards, todo lo que necesitaban para salir a caminar a ritmo lento. Mientras Ina les hacía un pequeño recorrido, cayó el atardecer sobre el mar que tiñó el cielo de colores naranja, violeta y azul.

Dos días después, estaban aterrizando en Cusco. Descendieron del avión con precaución para evitar el mal de altura, tomaron un taxi y arribaron a un hotel cerca a la plaza principal. Era la primera vez que Ina conocía la Ciudad Imperial de los Incas. Se moría de ganas de salir y recorrer sus calles. Lo poco que había visto le había encantado: Algunas casas con techos de tejas rojas, las aledañas montañas verdes, los colores de la vestimenta de los cusqueños, hasta el ingreso del centro histórico con sus calles empedradas y paredes de roca maciza.

Ya en la recepción del hotel les indicaron que a 4 cuadras, siguiendo la Avenida del Sol, llegarían a la Plaza de Armas. Eso sí, la recepcionista, al ver a Ina super excitada, le dijo que por favor caminara despacio, era su primer día y no quería que se sintiera mal.

Apenas a una cuadra de la Plaza, la cual no se veía directamente, Ina se encontraba caminando sobre la mismísima ciudad ancestral. Una particularidad de Cusco, es que la ciudad moderna se construyó sobre la antigua, y como las bases eran de piedras grandes, se “respetaron” casi en la totalidad de las primeras plantas, empezando a edificar de allí hacía arriba. Esto hizo que Ina estuviera andando entre muros originales incas, poco antes de llegar a su destino.

Cuando doblaron la esquina, sus padres sonrieron al ver la euforia de Ina. Se había descubierto ante ella, una gran plaza con aceras y calles totalmente empedradas. Alrededor, la catedral y una iglesia, con sus muros incas de base y la construcción española color blanco coronadas con grandes campanarios. Ella avanzó hacia el centro, miró más construcciones que bordeaban todo el perímetro con arcos coloniales y balcones. En ese instante, rodeada del verdor de los jardines, miró al cielo y vio un color azul intenso. Abrió los brazos, miró hacía arriba y suspiró. El Inti, el dios Sol de los Incas, la bañaba con su energía. Si bien la miraba desde lo alto con soberbia, también se conectaba con ella agradeciéndole su visita.

Al cabo de un rato tomaron un tour por la ciudad. Conocieron la fortaleza de Sacsayhuamán, con sus gigantescos muros escalonados en forma de zig zag que realmente, rozan con la comprensión de su arquitectura humana. Piedras de cientos de toneladas que parecen derretidas y formadas más que talladas.

“Che, que hay de eso que dicen que esto no fue hecho por humanos” – Preguntó Ina al guía.

“El hecho de que no comprendamos cómo lo hicieron no garantiza que haya sido construido por otros seres. Lo que sí estoy seguro, es que tenían conocimiento muy avanzado para su época, tal vez eso se perdió con la conquista española y la erradicación de todo lo que era la cultura de los Incas.” – Respondió

Luego partieron hacía el Qoricancha, el templo del Sol, una imponente y enorme construcción en donde la arquitectura ancestral se lució. Sobre las primeras plantas se erige un templo católico, pero es impresionante como la construcción Incaica es mucho más hermosa, sólida y desde el punto de vista de la arquitectura, muy superior a la española de la época. Bloques enormes de piedra cortados como si se trataran de barras de mantequilla. La alineación es perfecta y no se puede ni siquiera insertar un billete entre la unión de ambas.

“Ah no, ¿Vos decís que esto también lo hicieron los incas sin ayuda? ¿Es broma no?” – Preguntó nuevamente Ina al guía.

“Yo no dije que no recibieron ayuda” – Atinó a responder mientras sonreía.

Y así recorrieron las calles de esa mágica ciudad, caminaron por el lado de la catedral para ver la famosa piedra de 12 ángulos, aquella extraña roca tallada, que parece más un rompecabezas y caprichosamente exhibe esa cantidad en su cara visible. Cuántas más tendrá si pudiéramos quitarla por un momento y contar todos sus lados.

Hicieron compras en el mercado San Pedro y luego recorrieron a pie unas calles estrechas, rumbo al barrio de San Blas. A medida que iban subiendo, se convertían solo en accesos peatonales. En ese momento, Ina y su familia, se encontraron rodeados de muros originales de más de dos metros de alto y sobre ellos empezaban a aparecer pizzerías, bares con música en vivo y las típicas cholas con sus vestimenta multicolor ofreciendo artesanías y hermosos tejidos. Una de sus hijas tomó a una llama bebé y se la ofreció a Ina para que la cargue y se tomara fotos. Su padre ya estaba comprando un chullo, el típico gorro de lana de la zona. La mamá cogió unos aretes de piedras de colores en forma de chacana, la cruz andina.

Terminaron la noche en un restaurante típico, viendo las danzas locales y bailando con el elenco que invitó a todos a participar. 

“Esa canción es muy hermosa… ¿no me decís cómo se llama?” – Preguntó Ina a una guía que se había encargado del grupo.

“Valicha, es un huayno en quechua, la antigua lengua local” – Respondíó.

“Me encanta, te juro que me muero, se me pone la piel de gallina” – Agregó Ina.

“Fue compuesta por Miguel Angel Hurtado en 1945, quien estaba enamorado de Valeria Huilca Condori, a quien llamaban Valicha. Ellos se conocieron de adolescentes, Miguel venía de Lima a pasar vacaciones al pueblo de Acopia, cerca de donde vivían sus padres. Allí la conoció y tuvieron un amorío furtivo hasta que los familiares de la joven la enviaron a Cusco y dejaron de verse.” – Añadió con cierta tristeza.

Al día siguiente visitaron el Valle Sagrado de los Incas, con la formidable fortaleza de Ollantaytambo y los últimos vestigios de los descendientes originales de aquella etnia. Los Apus, las enormes montañas, eran consideradas sagradas y se hacían peregrinaciones, cultos y ofrendas. Era perfectamente entendible como aquellas personas tenían esa acepción dado que, si te encuentras en el valle, eres apenas un diminuto punto rodeado de gigantescas moles. 

De vuelta en la ciudad, aprovecharon para degustar más de la gastronomía local. Al día siguiente visitaron Maras. 

“Esto, esto es como un estadio gigante en un hueco entre montañas” – Exclamó Ina

“Es en realidad un laboratorio agrícola…” – Indicó un señor cusqueño que la escuchó.

“¿Un laboratorio? pero esto es enorme, es un agujero gigante, parece una mina” – Agregó

“Mira jovencita, verás que hay terrazas en forma de círculos, que a medida van más profundo, se vuelven más pequeños. Esto, junto a la temperatura, vientos y suelos, lograban que en cada una hubiera un microclima diferente. Como simular las altitudes, y así experimentaban el cultivo de algunas plantas y las adaptaban a su entorno” – Dijo el sabio lugareño.

“Impresionante… no paro de sorprenderme” – Agregó Ina

Luego fueron para Moray, una montaña entera llena de pozas rectangulares en donde se produce sal. El escenario es sacado de este mundo. Cientos de estas estructuras, contiguas y cubriendo la montaña de arriba a abajo, parecían extraídas de algún libro de ciencia ficción.

Al día siguiente descansaron, pasarían por ellos en la madrugada para llevarlos a Machu Picchu.

Capítulo 7

Machu Picchu

A las 2:00 AM, timbró el teléfono de la habitación.

“Buenas noches, nos encargaron que llamemos para despertarlos” – Dijo el personal de recepción.

“Muchas gracias” – Respondió Ina con algo de susto.

Se apresuró a despabilar a sus padres, aunque con el ruido, ya estaban atentos. El taxi para empezar el tour los recogería en media hora.

Se alistaron y a los pocos minutos estaban en el lobby del hotel. Casi de inmediato llegó el auto y los llevó hacia un improvisado terminal de buses. Allí abordaron un transporte más amplio y cómodo.

El viaje de Cusco a Ollantaytambo empezaba, sus padres no dudaron en quedarse dormidos. Ina aguantó el sueño y se postró cerca de la ventana. La luna serrana les abría el cielo teñido de violeta, a los intrépidos aventureros. En lengua quechua se le conoce como Killa, ella es la esposa del dios Sol, Inti y madre de Manco Cápac y Mama Ocllo, míticos fundadores del imperio.

Ina la miraba, se veía cada vez más grande, de un color perla con texturas grises. Entre sus pensamientos mezclados con el sueño, se imaginaba que Killa la invitaba a sus aposentos.

“Ina, bienvenida a mi imperio. Aperturo para ti el Valle Sagrado de los Incas. Nunca nos fuimos, vivimos aquí, en los apus y toda la naturaleza que te rodea. Deseo que disfrutes tu viaje y te lleves parte de nosotros en tu corazón”

Los ojos de ina se volvieron llorosos de la emoción. La famosa energía del Cusco la estaba bañando en alma.

Así fue contemplando las montañas, ríos y el firmamento majestuoso que se iba aclarando un poco. Llegaron a Ollantaytambo y debía caminar varios metros hacía la estación del tren. Hacía frío, por lo que Ina y su mamá se pusieron una a cada lado de su papá y entrelazaron brazos.

Escucharon el fuerte sonido de un silbato, llegaba el tren. Esa impresionante y ruidosa máquina esbozó una gran sonrisa en Ina. La locomotora parecía un gran Chasqui, mensajeros del Inca que corrían por todo el imperio. Pues subirían a su lomo para que los llevara a la gran ciudad de las nubes. 

Ya abordo, el paisaje cambió hacia una ceja de selva llena de verdor y un río de aguas cristalinas que los acompañó por buen trecho. 

Entre risas y amenas charlas, nuestros tres viajeros llegaron al pueblo de Aguas Calientes. Allí se encontraban en medio de dos cadenas de montañas, solo separadas por el río que había regresado a escoltarlos. 

“Rápido, síganme” – Les dijo Anatolio, su guía en esta oportunidad.

Junto a él, se subieron a unos pequeños buses. A toda marcha, esos vehículos iban trepando la montaña uno detrás del otro zigzagueando y mostrando, a medida que avanzaban, un pronunciado abismo. La vegetación prevalecía si mirabas hacia abajo, si levantabas la vista, gozabas de un cielo turquesa en plena apertura.

“Ya falta poco para llegar a la cima, miren hacia su derecha, se ven los andenes de la ciudad” – Comentó Anatolio.

El resto de la estructura permanecía oculta, aunque por poco tiempo.

El bus se detuvo en un pequeño parqueadero y mientras bajaban sus ocupantes, otro llegaba y otro más se iba a toda prisa.

Pasaron la entrada y debían caminar unos 15 minutos. Ina desaceleró un poco el paso para ir a la par de sus papás. Era un sendero de piedra rodeado de plantas y arbustos. En el último tramo venían unas escaleras cuesta arriba, así que sus miradas se concentraron en dar pasos seguros y evitar colisionar con algún caminante apresurado.

Anatolio iba liderando el grupo y, si bien era un agradable señor de avanzada edad, sus pulmones acostumbrados al aire puro y la altura, lo empujaban hacía adelante como en sus años mozos.

“Solo un poco más, ya casi está plano de nuevo” – Agregó como arengando a su grupo.

Con un último suspiro, Ina sintió que el terreno ya era horizontal y no habían matorrales que la rodearan. Fue en ese momento que pudo darse una pausa y levantar la mirada.

Ante ella, tal cual la clásica postal, se mostraba la ciudadela de Machu Picchu, situada por debajo de la cima que ella había conquistado.

Era como estar en un mirador imponente. Podía verse de lado a lado, con todas sus edificaciones de piedra y la majestuosa montaña del Huayna Picchu de fondo.

Parecía que tenías una maqueta frente a ti, como si pudieras abrazar toda la construcción si abrías tus brazos de par en par, con la gran diferencia de que muy cerca, empezaba un ligero descenso para estar allí, donde el Inca caminaba.

Todo el grupo se quedó petrificado, Machu Picchu se presentaba con la soberbia de observar que ellos aún no podían asimilar la impresión de lo majestuoso, lo gigantesco, lo mágico y enigmático.

Ese momento era indescriptible. Mucho se hablaba de la energía del lugar, pero estar allí y vivir esa primera imagen, se sentía como una ola de viento fresco que empujaba tu pecho y te hacía asumir una pertenencia del lugar.

Ina despertó de su letargo y volteó a abrazar a sus papás, simulando que saltaban como si hubieran anotado un gol. 

“Wayna sumaq” – Le dijo Anatolio – “Joven hermosa en quechua” – Añadió. «Les tomo una foto«.

Y así posaron esos tres argentinos, abrazadísimos y sintiéndose ciudadanos de un mundo sin fronteras. 

Ina subió esa emotiva y mágica fotografía a sus redes sociales de inmediato.

Siguieron al guía, quien les iba explicando cada parada del recorrido. Atravesaron un gran portal de piedra maciza y pasearon por la plaza sagrada, luego por el templo de las tres ventanas y sus perfectas formas trapezoidales. Las historias de Anatolio competían con la gran cantidad de imágenes que todos tomaban. 

“Este es el reloj solar o Intihuatana, como verán, esta enorme piedra labrada tiene formas rectangulares pero en su parte superior sobresale un monolito, todo de la misma roca. Este proyecta una sombra y de acuerdo a la posición del sol, nos indica el momento del día. Hay otras plataformas, que también son parte de la misma estructura y que podrían haberse usado para definir las estaciones y aprovecharlas para la siembra y cosecha. Sigamos” – Añadió.

“Che, Anatolio” – Detuvo Ina al guía y en voz baja le preguntó – “Y toda esta tecnología ¿De dónde sale?” 

“Pues dicen que cuando el Inca Pachacutec construyó Machu Picchu, ya estaba esto aquí y no solo era para uso astronómico, sino también religioso” – Respondió el señor.

“¿Religioso?” – Replicó curiosa.

“Intihuatana significa donde se amarra el sol, el dios Inti. Por eso los españoles ordenaron destruir todos los Intihuatanas del imperio.” – Al ver a Ina asombrada, prosiguió – “Sí niña, había muchos de estos. Pero los conquistadores al imponer su religión, vieron estos símbolos como del demonio. Te imaginas que si en vez de erradicar toda la cultura Inca, por considerarla blasfemia ¿la hubieran asimilado?”

El sabio Anatolio dejó esta pregunta suelta en la mente de Ina y siguió caminando. Ella tuvo una laguna mental de unos cuantos segundos, luego sonrió y continuó inundando de preguntas al pobre señor.

Recorrieron los diversos templos y estructuras del recinto, cada una más enigmática que la otra. Había fuentes de agua aún en circulación y andenes para el cultivo auto sostenible de la población.

Casi terminando el recorrido, el grupo tomó un merecido descanso bajo la sombra de los almacenes. Ina recibió algunas notificaciones de la fotografía que había compartido en sus redes. Pero hubo una que la sorprendió.

“Que hermosa estás. Lindo lugar, un beso a tus papás.” – Era Gonzalo.

Ella cambió su expresión facial por un tono melancólico. Cuando iba a responder el comentario, Anatolio les indicó que ya era hora de irse. 

Ina volteó para ver una vez más a Machu Picchu y si bien había tomado decenas de fotos, sentía como si los incas la hubieran grabado en alguno de sus muros de piedra y la consideraran una más de sus ciudadanas. 

Capítulo 8

Te ví

“Hola Gonza” – Escribió Ina al inbox de Gonzalo – “Gracias por acordarte de mi”

Ella se quedó mirando su teléfono luego de enviado el mensaje y apoyó su brazo en la ventana del bus que la llevaba de regreso a Cusco. La luz de la luna, esta vez la abrazaba como una cálida manta mientras ella suspiraba. 

Habían pasado ya dos años desde la última vez que había visto a Gonzalo. Las gotas de lluvia que recorrían el vidrio iban trayendo una a una, recuerdos de esos días. 

Él había sido el gran amor de sus épocas universitarias. Solo desfilaban, imágenes de risas y amenas caminatas tomados de la mano por las anchas calles de su Buenos Aires querido.

Ina desde su adolescencia era como un barco sin ancla, dejándose llevar de puerto en puerto desplegando la amplitud de sus velas. Era como si se estuviera preparando para lo que le deparaba el destino, un pasaporte de 100 páginas, abierto de par en par para recibir miles de sellos. Hasta que conoció a Gonzalo.

Él era la calma y desorden que ella necesitaba. Su Yin en su Yang. Todo fue muy peligroso desde el principio, pero en el buen sentido de la palabra. 

Cuando Ina lo conoció, le encantó de inmediato, lo cual exponía su vulnerabilidad. Ella decidió que esto sólo duraría lo que tuviera que durar, él parecía entenderlo, eran chicos, no estaban para proyectarse, más aún, con tantas cosas y cambios que venían en el país y por ende, en sus vidas. Eran grandes amigos y amantes por coincidencias de la vida.

Para el bicentenario acudieron al Obelisco, Fito Paez tocaba esa noche. Gonzalo se situó detrás de ella, cruzando sus brazos como protegiéndola. Ella tiraba su cabeza hacia su pecho y de rato en rato, cuando la letra de alguna canción era propicia, se besaban. Un día caminaron por Puerto Madero, a ritmo lento, conversaron sobre sus sueños y planes, pero como algo lejano, algo hasta fantasioso. Ella quería recorrer el mundo, él quería tener un par de hijos y enseñarles a jugar fútbol. Parecían dos visiones diferentes, pero era solo un entretenimiento, un decir, un instante de trivias y ocurrencias. El paisaje surrealista que los rodeaba, entre las luces de los rascacielos y sus reflejos en las aguas del Río de la Plata, aumentaban la imaginación. Hay momentos en nuestras vidas que nunca olvidaremos y son como una fotografía que siempre estará allí, guardada, pero nunca olvidada. Sus pasos los llevaron a postrarse frente a una enorme y hermosa fragata que estaba amarrada en el malecón turístico. Ellos se detuvieron a sentir la brisa, sentir la noche. Aquel hermoso barco antiguo, lleno de ornamentos, con sus velas plegadas y un color blanco iridiscente, era observado con respeto y admiración por aquellos jóvenes. Gonzalo lo veía como aquel coloso de los mares que echó anclas y ahora descansaba, e Ina se imaginaba tomando el timón y navegando viento en popa hacía el horizonte. A veces, el compartir momentos y coincidir en muchas cosas, no es lo mismo que tener una proyección de vida similar. 

Cuando Ina empezaba a planear sus viajes y vivir fuera del país, Gonza ya no encajaba. Esto concordaba con el típico caso de que el momento intenso y mágico de los primeros meses de relación, habían pasado hace ya buen tiempo. 

Él la observaba pensativa, dubitativa, con la cabeza en otro lado. La desavenencia se volvió el tercer miembro de su relación. Las esquivas peleas de su aparentemente despreocupada situación, se volcaron como si hubieran estado esperando pasivamente. 

Con este “propicio entorno”, ella le dijo a Gonzalo que se iría a vivir lejos. Le agradeció por el “hermoso viaje” y cortaron por lo sano.

El momento de memorias de Ina regresó al presente cuando él respondió su mensaje.

“Ina, tengo vacaciones y quiero ir a Perú. Cusco ya lo conozco, es hermoso, pero la vez que estuve allí me dijeron que debía ir a los Carnavales de Ayacucho y no me dio tiempo, tengo todas las ganas de verlos”

“Venite cuando quieras, me organizo y nos vamos juntos” – Respondió

Y fue así como se escribieron en los días siguientes y coordinaron todo. Gonzalo compró su pasaje para Lima. Ina iría a recogerlo al aeropuerto, aquel lugar en donde días antes había embarcado a sus padres de regreso a Buenos Aires.

Capítulo 9

Carnaval Ayacuchano

Llegó el día esperado. Sus latidos se escuchaban hasta Buenos Aires. Bajó del taxi casi corriendo y llegó apresurada a la zona de llegada. Apenas cinco minutos después, apareció Gonza. Sus ojos destellaron y sonrió, sus miradas se cruzaron. Lo abrazó, como si lo hubiera extrañado desde hace un siglo y unas lágrimas recorrieron sus mejillas. El se quedó un tanto estático, sorprendido con tanto cariño, pero luego reaccionó y también la tomó entre sus brazos.

Hay personas, que aunque no las veas desde hace mucho tiempo, tienen la llave de tu corazón y solo demora un segundo en activarlo, tal como girarla por una cerradura dorada para aperturar los más bellos sentimientos. 

“Che, estás divino nene” – Dijo Ina ruborizada

“Vos Ina, cada día más linda “ – Respondió Gonza, con los ojos iluminados

Abrazados, como dos grandes amigos o amantes, con la torpeza de la maleta que se les interponía, partieron rumbo al apartamento de Ina. 

“Miraflores está más lindo de lo que me acordaba” – Comentó él.

Ingresaron y ella le presentó a Helga. 

“Así que tu eres el famoso Gonza” – Exclamó

“¿Eso es bueno o malo?” – Dijo mientras reía un tanto nervioso.

Ina abrió un vino y sirvió algo de queso. Helga se fue a dormir y con mucho tino los dejó solos. 

Ella le enseñó algunas sábanas y almohadas para que más tarde arme una cama en el sofá, ya caía la noche. Al día siguiente, muy temprano, tenían que ir al aeropuerto nuevamente. Esas fechas eran complicadas por la cantidad de turistas que aprovechaban las festividades, así que era el único pasaje que pudieron conseguir.

Clavaron sus miradas y sonrieron.

“No puedo creer que estás acá” – Dijo ella.

“Es increíble, es como si no hubiera pasado el tiempo” – Respondió él.

Empezaron a conversar y a recordar. Recordar con vino, es una invitación a que los sentimientos afloren copa tras copa como un volcán. Ya para la segunda botella, no pudieron contenerse más y una mirada llevó a la sincronía de que ambos se acercaran rápidamente a comerse a besos. 

Mientras la blusa de Ina quedaba en el suelo, los labios de Gonzalo recorrían su cuello y sus manos su pecho. Ya estaban tomando posiciones cuando ella le dijo al oído “Vamos a mi habitación”.

Entraron casi sin despegarse y apenas tuvieron tiempo de empujar la puerta para que se cierre. Esa noche hicieron el amor aunque no se amaran. Esa noche no fue solo sexo aunque sí lo era. 

La mirada entregada de Ina cada vez que Gonza entraba en su cuerpo, los iba comprometiendo. Cada gemido era un sonido íntimo solo para los dos. Cada abrazo desnudo era de pertenencia aunque no se pertenecieran. Si todo esto era muy fuerte, intenso y arriesgado, cuando llegaron al orgasmo juntos, sabían que habían cruzado la valla, que ya no había vuelta atrás, aunque no fueran conscientes de eso.

Se miraron cómplices, sudorosos y rojizos, como si hubiera sido el mejor sexo de sus vidas. Se abrazaron y dijeron algunas cosas que no se deberían decir, como un “te extrañé” y un “yo también”, que aunque suenen inofensivos, venían cargados de dos mil toneladas de explicaciones futuras. Así, despreocupados, se quedaron dormidos.

A las pocas horas, el despertador los sorprendió y raudamente tomaron lo que  pudieron y enrumbaron a coger su vuelo. Los abrazos y las manos juntas, entre sonrisas y esporádicos besos, iban canjeando la palabra “sexo”, de la noche anterior, por un osado sentimiento.

Quedaron dormidos ni bien subieron al avión y solo despertaron, al llegar a Ayacucho.

Arribaron a un hotel que era una casona colonial cerca de la plaza. Ni bien ingresaron a la habitación, desordenaron la cama haciendo el amor nuevamente. Parecían dos adolescentes, como si hubieran pausado su juventud universitaria y recién ahora, le daban “play”.

Cuando se iban a quedar dormidos por el cansancio, tomaron una ducha juntos y se alistaron para salir y aprovechar el día. 

Los recibió un sol esplendoroso que se mezclaba con un ligero frío, un clima delicioso. llegaron a la plaza de armas y había muchísima gente. Turistas y locales colmaban las veredas de las calles, un desfile se aproximaba. La multitud ya venía con unas cuantas copas encima. La chicha de jora, cerveza artesanal de maíz, era también una buena opción para aplacar el calor de la gente y venerar las raíces ancestrales de los pueblos andinos.

Cuenta la leyenda que la lluvia entró a los almacenes y estropeó granos de maíz, por lo que el Inca Túpac Yupanqui ordenó que se repartieran. Debido a su mal estado, los pobladores los arrojaron a la basura y un pobre hombre que tenía hambre, los consumió y terminó ebrio con esa malta. Esa fermentación originó una bebida que se convirtió en la favorita de la nobleza Inca.

Rápidamente aparecieron cientos de danzantes con alegre música folclórica. Las más bellas jóvenes ayacuchanas encabezaban sus comparsas, llenas de color, dulzura, cantos y gritos de alegría. Los carros alegóricos cargados de flores y figuras, eran la atracción de los niños. Era imposible dejar de moverse, el ritmo y la felicidad invadían a los concurrentes. 

“Esto es hermoso, qué cantidad de matices, los trajes de las mujeres son maravillosos.” – Dijo Ina

“Gracias, gracias por estar acá conmigo” – Respondió Gonza – “Es uno de los momentos más hermosos de mi vida”

Ella sonrió y lo besó, pero esas palabras, sin sexo, por fin sonaban algo peligrosas. Ambos dejaron pasar la presión y continuaron viendo el interminable y majestuoso carnaval.

Ya bastante agotados, se desprendieron de la multitud y buscaron algo de comer. A escasos metros se asustaron al ver a la gente empujándose, pensaron que podía haber algún tipo de pelea producto de las “bebidas espirituosas”. Él la abrazó, pero a los pocos segundos vieron que todos reían y jugaban, es así, que como parte de las celebraciones, nuestros viajeros fueron rociados de agua, talco y harina, para luego sonreír y danzar con los anfitriones. Los lugareños les proporcionaron algo con que “defenderse” y así Ina mojó a Gonza para luego pintarle la cara con el polvo blanco.

Después de unos minutos, extenuados, se separaron del grupo y por fin irían a un restaurante. 

“Ché, pareces un Gasparín mojado” – Decía Ina mientras reía.

“Vos no te quedás atrás, mirá que si te meto a un horno, preparo una empanada con vos” – Respondió Gonza

Pensando que les podían negar la entrada, se acercaron temerosos a la puerta de un establecimiento de comidas. 

“Pasen por favor” – Les dijo un amable niño – “tenemos puchero”

“¿Qué es eso?” – Preguntó Ina

“Es como… es un, un plato de aquí. Mi mamá pone en una olla carnes, papas, choclo, yuca… qué más… ¡ah sí!…  camote, repollo, arroz y otras cosas, hace un caldo con eso” – Respondió

“Ah, es cómo una sopa” – Replicó.

“No, no, luego el caldo se separa pero se les sirve también” – Agregó el niño.

“¡Me convenciste!” – Exclamó ella.

Entraron y al cabo de un rato les sirvieron, en un enorme plato de barro cocido, el popular “puchero”. Ambos se miraron con cara de que no podrían acabar con semejante montaña, pero cuando lo probaron quedaron maravillados. Esto, más todo el desgaste de energías, consiguieron que, por lo menos, el fondo del plato fuera visible.

Ya con las pilas recargadas volvieron a la plaza, bebieron, bailaron y se encontraron con un grupo de argentinos, algunos estadounidenses y europeos. La fiesta no paraba, la gente estaba muy borracha. Casi sin piernas, regresaron muy tarde al hotel, esta vez no hubo noche de pasión, nuestros viajeros no “eran de fierro”.

Al día siguiente la juerga continuaba. Se juntaron con sus nuevos amigos en la plaza y todo era color, música y baile. Juntos se fueron hacia un concierto de varias bandas, la cerveza y el alcohol eran inacabables, sobre todo, cuando las letras de algún huayno, recordaban el dolor del corazón ante un desamor.

De regreso al centro, el broche de oro fue puesto por unos enormes muñecos y castillos hechos con carrizo. Una especie de piñatas con diferentes formas. Algunos “manejados” por los lugareños y otros estáticos, como torres. Pero eso no era todo, al anochecer, encendían unas mechas en esas figuras que llevaban fuegos artificiales de colores, echando peligrosamente chispas en todas direcciones. Era una locura total, vencido el miedo, solo quedaba correr asustado y eufórico ya que algunos simulaban a toros que perseguían a la gente, lanzando destellos hacía la multitud desde sus cuernos. Más seguro era apartarse y mirar a buen recaudo la quema de castillos, que tenían aspas de molino que giraban con el impulso de las luces producto de la combustión. Algunos lanzaban hacía lo alto, discos giratorios que salían volando hasta que se consumían, con la esperanza de que no cayeran sobre algo o alguien más adelante.

Ante ese impulso de adrenalina, Ina y Gonza llegaron a su habitación para continuar sacando chispas entre ambos.

A la mañana siguiente, en la recepción del hotel, un chileno que conocieron allí les dijo que ese día quemaban al “Ño Carnavalón”. Al ver la cara de sorprendidos les hizo recordar que al inicio del carnaval llegó un muñeco enorme, él es quien da comienzo a la fiesta y el descontrol. El último día, escucha su testamento y muere, prometiendo regresar al año siguiente. Es más, pasean su ataúd por la plaza, despidiendo las fiestas.

Fue así, que el viaje más hermoso de sus vidas, en ese momento, llegó a su fin. Volaron hacía Lima nuevamente a pasar los últimos días juntos, o quién sabe, sus últimos días sin separarse.

Capítulo 10

Avenida Larco

Ya en Miraflores, sus horas estaban contadas ¿Qué hubieras hecho si fueras Ina o Gonzalo? ¿Hablar o callar? ¿Prometer verse pronto o callar? ¿Decir “te quiero” o callar? A veces es mejor hablar, para saber si fue mejor o no, no haber dicho nada.

Estaban caminando por el parque lleno de gatos. Reían imperturbables al ver cada gracia de los mininos. Algunos se subían en las piernas de los que estaban en las bancas leyendo libros. Otros se acercaban y te “ordenaban” que los acaricies o les compartas tu comida. Los más pequeños jugaban persiguiendo a las mariposas mientras los niños saltaban emocionados. Pero Ina y Gonzalo no eran gatos y la charla pendiente cayó por su propio peso.

Caminaron por la avenida Larco hacia el mar, querían ver el atardecer. Pocas cuadras los separaban de su destino. Era el tiempo suficiente para tocar el tema que ya tenía un límite de minutos.

“Gonza, escuchame, hay algo que te quiero decir”

Él asintió con la cabeza.

“¿Vos creés que podamos seguir viéndonos? No sé digo, ¿tal vez yo puedo ir cada tanto y vos venir a visitarme?” –  Sugirió Ina

“Eso es muy difícil y lo sabés…” – Respondió

“Si, lo sé. Pero podríamos intentarlo”- Se adelantó a decir Ina entusiasmada.

“¿Vos vas a seguir viviendo en Lima?”

“Sí” – Respondió Ina – “Pero…”

“Yo no me puedo ir de Buenos Aires” – Intervino Gonzalo

Mientras seguían caminando, ella notó que él mantenía casi todo el tiempo la mirada al frente. Permanecieron en silencio por unos metros más.

Cuando Ina iba a retomar el tema, Gonzalo habló.

“Mira que hermoso se va tornando el cielo. Entre azul y violeta contrastados con rojo y naranja. Esa franja parece sacada de otro mundo.”

Ella se quedó perpleja, no solo notaba que él no hablaba mucho, sino que cambió de tema radicalmente. Pero Ina ya había empezado, y lo que ella empezaba, lo terminaba.

“Gonza, no sé, siento como si todo lo que pasó en estos días no te importara ahora”

El se detuvo, por fin la miró y luego empezó a hablar mientras reiniciaba su andar.

“Ina, lo que pasó en estos días entre nosotros fue increíble, pero no va por ahí”.

“Pero entonces, ¿por qué estás tan negativo o mejor dicho mala onda? no entiendo”

“Y Qué querés que te diga, no puedo prometerte algo que no voy a poder cumplir”

“Es difícil, lo sé, pero si no probamos nunca lo vamos a saber y vos sabés que odio quedarme con la duda” – Añadió Ina

“Pero ¿Para qué querés intentarlo si sabemos que la distancia es muy difícil de manejar?” – Dijo él sentenciando la charla.

Ella se quedó callada, por un momento. Habían llegado al final de la avenida y el borde del malecón los detenía. Desde allí, el firmamento y sus inverosímiles colores, amalgamaban su luz y teñía sus teces de una extraña tonalidad añil amarillento.

Ambos esquivaron las palabras antes pronunciadas y miraron al sol ocultarse bajo las aguas del Pacífico. Abajo había un mall lleno de tiendas y restaurantes, niños y sus padres, así como jóvenes parejas de enamorados. Ella los vió, con esa inocencia e ilusión y no pudo quedarse callada ni un segundo más.

“Gonzalo, te juro no te reconozco ¿Qué te pasó? Vos no eras así, siempre me decías que sí a todo y te dejabas llevar. Te recuerdo más soñador, que tirabas conmigo siempre para adelante. ¿Ves esas parejas allá?, debajo, así éramos nosotros hace unos años. Yo era la que soñaba y vos el que me tirabas, con entusiasmo, emoción…”

El se quedó callado unos segundos. Cuando Ina iba a proseguir se dio cuenta de que Gonzalo iba a decir algo importante.

“¿En serio no sabés lo que pasó?” – Le dijo mientras sus ojos se humedecían, levantó la voz y le gritó – “¡Querés saber lo que pasó!” 

Ina lo miró y se quedó abatida. 

“Te lo voy a resumir Ina…” – Gonzalo parecía calmarse, pero nuevamente gritó – “¡Me destrozaste en mil pedazos! ¡Me mataste!”

Ella solo guardó silencio mientras un par de lágrimas recorrían su mejilla.

“Éramos muy jóvenes pero ¿Sabés qué? ¡Éramos re felices! Íbamos de acá para allá juntos, viajábamos, compartíamos con amigos y familia, salíamos, nos divertíamos, nos reíamos todo el tiempo, nos apoyábamos en los momentos difíciles. Y una mañana te levantaste y me dijiste, che amor me voy del país después de graduarme. Ese día sentí que me tiraron un balde de agua fría. Obviamente puse mi mejor cara de felicidad, te abracé y te dije que era una gran noticia y estaba muy orgulloso de vos. Por dentro mi corazón, se iba partiendo en pedacitos, como que sentía un hueco muy profundo. Me llevó días, semanas y hasta meses entender porque te habías ido. Yo pensaba irnos a vivir juntos, formar una familia, viajar, tener hijos, …” – Gonzalo empezó a llorar.

Ina también empezó a hacerlo, entendiendo recién el daño que había causado con sus actos. daño que todo este tiempo no cuantificó de la misma manera que el afectado.

“Ina, se que era muy loco en ese momento pensar en mudarnos juntos y casarnos, pero nuestro camino iba a eso, no había por qué destruirlo. Me tomaste desprevenido, aunque lo veía venir. El día que te conocí, me deslumbraste con tus historias por el mundo, y eso me cautivó. Sabía que en algún momento te picaría de nuevo el bichito y yo no iba a poder seguirte el trote. Y así fue, vos sola tomaste la decisión, no me dejaste intervenir, no tuve chance.”

“Gonza, pero… pero ¿por qué no me dijiste nada en ese momento?¿Por qué no me frenaste?”

“¿Te acordás que hace un rato me dijiste que yo estaba mala onda y pesimista? así estabas vos en ese momento, totalmente cerrada y pensando en tu viaje. Pensé que se te iba a pasar pero luego tu determinación era evidente. Yo ya no formaba parte de ese sueño, me sacaste antes de intentarlo, antes de preguntarme.”

“Gonza, yo sentí lo mismo que vos, esa magia que nos conectaba al estar juntos, pero por otra parte sentía que los años iban a pasar y yo necesitaba hacer la experiencia de viajar y conocer otras culturas.”

“Ina vos fuiste la que se alejó, la que querías ser libre y volar.”

Ella vió como la “otra versión” de la historia estaba cargada de pena y reproche. Si bien, no estaba del todo de acuerdo, era el momento de Gonzalo de no callar y decirlo todo.

“Sabés Ina, este viaje me encantó, no sabés cuánto. Pero lo disfruté como una despedida, como la despedida que nunca nos dimos. Es por eso que no quiero intentarlo, no podría morir dos veces por vos.”

Dicho esto, Gonzalo metió sus manos en los bolsillos de su jean y como si un acuerdo tácito se hubiera dirimido, ambos empezaron a caminar lento de regreso al apartamento. Hubo silencio, no pronunciaron más palabras.

Compartieron la misma cama sin tocarse, pasaron un par de días más juntos, retrocedieron en afecto.

Ella respetó su coraza, él respetó sus convicciones. Tras esos incómodos silencios, Gonzalo tomó un taxi y regresó a Buenos Aires. 

Capítulo 11

Ciudad Blanca

Los días pasaron, pero las palabras de Gonzalo quedaron dando vueltas en la cabeza de Ina: “Vos querías ser libre”. 

“Qué fuerte lo que me has contado” – Le dijo Lisbeth, una nueva amiga que había conocido en una noche de salsa en Barranco.

“Sí, no pensé que fuera para tanto. Pero, aunque me re dolió verlo así, no creo que hubiera sido el momento de pensar en algo más serio, éramos re chicos” – Respondió 

“Bueno Ina, hace ya algunos meses que se fue, creo que un nuevo viaje te caería bien.” 

“Tenés razón, necesito salir de acá ya”

“Pues, sabes que soy de Arequipa. Voy a ir a visitar a mi familia en un par de semanas. ¿Vamos juntas?”

“Gracias Lis, realmente lo necesito y si es con vos, mejor todavía”

Y fue así, como Ina y Lis partieron para la “Ciudad Blanca” de Arequipa, un hermoso lugar en la sierra del sur peruano, rodeado de campiñas y situada a las faldas del majestuoso Misti, un volcán gigantesco.

“Qué cielo más hermoso, el aire puro y el sol en un punto perfecto. Gracias Lis, necesitaba demasiado esto” – Dijo Ina mientras abría los brazos y miraba hacía arriba.

“Es hermosa mi tierra. Ahora mira hacía allá”

“¿Ese es el Misti? Es enorme. Tiene nieve en la cima, lo amo”

Lisbeth reconoció a Gloria, su prima, que había venido a recogerlas al terminal. Juntas tomaron un taxi y se enrumbaron hacía su casa. En el camino, Ina iba viendo una ciudad viva, llena de gente en movimiento. Algunas casas y edificios modernos se fundían con algunas “mamachas” que llevaban a sus hijos en la espalda, en una manta atada llamada Lliclla, la cual está adornada con múltiples colores y diseños incas. 

“Ché, ¿este es tu barrio? está lindo. No sé cómo describirlo, pero todo se ve más claro. Me encanta” – Dijo Ina – “¿Por eso le dicen la Ciudad Blanca?”

“Ya vas a ver por qué. Descansemos un poco y de allí vamos al centro.” – Respondió Lisbeth.

Entrada la tarde, las tres se dirigieron hacía el centro. A medida que se iban acercando, aparecían calles empedradas y construcciones de grandes bloques de piedra blanca.

“¡Ah! Ahora entiendo, todo se va volviendo de ese color, blanco” – Afirmó Ina

“La ciudad fue construida con las piedras del volcán, el sillar. Es muy resistente pero a la vez blando para trabajarlo. Se usó para construir la parte antigua, lo que ahora es el centro histórico” – Añadió Lisbeth

Mientras Ina estaba mirando a unos gringos que pasaban por la calle, volvió a enfocarse al frente y quedó impactada. Ante ella estaba la bella plaza de armas rodeada de construcciones colmadas de arcos coloniales, al medio una pileta y de fondo, la imponente catedral. Todo era blanco y junto al cielo celeste de fondo, los rayos del sol descargaban ráfagas de energía y alegría indescriptibles.

Mientras se acercaban, Ina vió algo que le llamó la atención.

“¿Qué es eso? ¿Queso helado? ¿Vos me estás jodiendo? Yo quiero probar”

Se acercaron a una señora de ropa multicolor quien tenía un recipiente circular de acero en el que iba removiendo una mezcla de color blanco cremoso, hecha de leche, un poco de vainilla, coco, huevo, azúcar y una pizca de canela. El metal era enfriado con hielo y al batir todos los ingredientes, se creaba helado de un sabor delicioso. Un vicio, sería la mejor descripción.

Postre en mano, caminaron hacia la pileta, alimentaron a las palomas con el maíz que vendían cerca, tomaron un millar de fotos y se sentaron en una banca.

Poco después, contrataron un tour que al día siguiente las llevaría al Valle del Colca, y con suerte, a ver al majestuoso Cóndor. 

El atardecer pintaba las fachadas blancas de intensos colores y cuando se fue del todo, encendieron luces de colores diversos para cada edificio.

Los ojos de Ina brillaban. El color del sillar alumbrado, transformaban a la bella ciudad, en un lugar mágico. Caminaron por algunas cuadras, cada una con una iglesia iluminada y llegaron a un pasaje con algunos bares y restaurantes. Ese estrecho espacio era sacado de otra época. El piso y las paredes de piedra, faroles coloniales, ventanales ornamentados de la época virreinal, contrastaban con la gran oferta de licores y gastronomía que iba entrando primero por sus aromas.

Las 3 guapas chicas se sentaron a comer algo. Pidieron algo ligero y se animaron por las delicias locales, como fueron la ocopa, el pastel de papa y un solterito de queso. Iban a cerrar la noche con un mate de coca pero la cerveza pudo más.

En menos de una hora ya estaban chinas de risa y el dueño del local les invitó unos shots de licor. Era el típico anís arequipeño, una mezcla de aguardiente de uva y anís en grano. Cortesía de la casa.

Si bien agradecieron, era hora de partir. Al día siguiente irían de tour. 

Caminaron un poco para conseguir un taxi.

“Hola bonitas” – Decían unos gringos desde la entrada de un bar

Ina y la prima respondieron al coqueteo, Lisbeth se las quería llevar. Ambas convencieron a la sensata Lis, para entrar un “ratito nada más”.

Ese “ratito” se transformó en un par de horas, un litro de cerveza, bailes y algunos besos por allí. Por fin hicieron caso a la más sobria y se fueron para la casa en un taxi.

“¿Los tres eran de California no?” – Preguntó Ina y Lisbeth asintió. La prima iba durmiendo.

“Frank me dijo que estaría fuera de la ciudad un par de días pero cuando vuelva quiere verme, tiemblo” – Agregó

“Ina, que así sea amiga. La vida es una, aprovecha.”

Llegaron y se fueron a dormir de inmediato. La aventura recién comenzaba.

Capítulo 12

El Cóndor Pasa

“Uh que dolor de cabeza” – Exclamó Ina.

“¡Hay que apurarnos o nos deja el tour” – Respondió Lis.

Llegaron apenas un par de minutos antes de que el bus partiera. Juntas abordaron y, aunque Ina quería seguir durmiendo, el paisaje la enamoró ni bien salieron de la ciudad.

Hicieron una parada en unos manantiales donde las vicuñas bebían y pastaban. Todos los viajeros aprovechaban para tomar muchas fotos. Aquellos tiernos animales los observaban con una mirada calma y tranquila, hasta parecían posar para los curiosos turistas. El cielo azul con esponjosas nubes blancas y el aire puro, añadían más amor por la naturaleza.

“Si miran para allá” – Dijo la guía – “Verán el Misti desde otro ángulo”

Todos giraron a apreciar a ese sagrado Apu y no dudaron en sacar muchas tomas adicionales. 

Volvieron a detenerse en un restaurante en medio de la nada, solo hecho para esperar a los aventureros. Un mate de coca con pan serrano y queso, era el manjar más adecuado y exquisito en ese momento.

Partieron nuevamente hacia el pueblo de Chivay, allí pasarían la noche y al día siguiente irían al Cañón del Colca. Con suerte, verían el vuelo del cóndor andino.

“Bueno amigos” – Intervino la guía – “Vayan despertando que estamos a pocos minutos del Chivay. Iremos al hotel, dejamos las cosas e inmediatamente nos vamos a almorzar. Lleven ropa de baño ya que de allí nos vamos a unos baños termales”

Todos aplaudieron y se emocionaron del excelente itinerario venidero.

Ya en el restaurante, Ina le dijo a Lis que le pidiera un filete de pollo y se fue al baño. Regresó y juntas charlaron un poco. Al rato, llegó el mozo a servirles sus platos. Colocó en la mesa lo que pidió Ina y para Lis, un cuy chactado, que es un plato típico de los andes.

Ina se quedó impresionada al ver ese animal frito, totalmente entero. 

“Che ¡Qué impresión!. Nunca lo había visto así de esta manera.”

“Deberías probarlo” – Dijo Lis – “Es riquísimo”

Ina rompió sus paradigmas y aceptó. Cogió un tenedor, tomó algo de carne y se lo llevó a la boca.

“Está rico, está bueno…” – Dijo mientras gesticulaba con aceptación.

“Apúrense un poco que de aquí iremos a los baños termales” – Intervino la guía dirigiéndose al grupo.

Una hora después llegaron al recinto. Parecía más una villa, mezcla entre colonial e inca, con paredes de piedra y arcos hermosos. Dentro de todo este contraste, estaban las piscinas temperadas. Cada lugar que el grupo iba descubriendo, no dejaba de maravillarlos.

Cuando las chicas estaban tranquilamente disfrutando del agua caliente, un tipo impertinente saltó sobre el agua y salpicó sobre sus rostros.

“¡Pará boludo qué estás haciendo” – Exclamó Ina

“Oh, disculpen chicas… Ina?”

“¿Frank? ¿Qué haces acá?”

“Es mi cumpleaños y mis amigos me regalaron este viaje. Es una sorpresa”

Fue así que Ina y Lis fueron integradas al grupo de Frank. Jugaron en el agua y se divirtieron. Una hora después, cada uno se fue para su hotel, pero en la cena, todos se reunirían.

Entrada la noche, unas mesas largas los convocaron. Había un show de danzas típicas mientras comían y bebían. Lis no sabía mucho inglés pero no le fue impedimento para dejarse seducir por uno de los gringos. Ina no durmió en su hotel esa noche.

Al día siguiente, un beso mañanero, entre Ina y Frank, fue todo lo que el tiempo les dio de chance para dirigirse a sus puntos de encuentro y abordar sus buses. Otra vez se separaban.

“Ina, qué tal estuvo tu noche” – Preguntó Lisbeth.

“Fue increíble” – Respondió Ina, con una sonrisa pícara – “Aunque la altura, por momentos me faltaba el aire. ¿Y vos?”.

“Tom es lindo, pero no pasamos de besos. Me dijo para vernos en Arequipa, pero es complicado. Allí todos me conocen.”

“Vos me dijiste que aprovechara, ahora te lo digo a vos” – Dijo Ina y empezaron a reír.

No pudieron más con el cansancio y se quedaron dormidas. Solo por instantes Ina abría los ojos y miraba el hermoso paisaje.

“Bueno, bueno, llegamos al mirador del cóndor” – Dijo la guía – “Bajemos con cuidado del bus y no nos separemos”

Juntos caminaron hacia la cima de una loma, cientos de turistas estaban allí tomando fotos al profundo Cañón del Colca. Todos miraban hacia el otro extremo buscando al rey de los cielos.

“Este cañón tiene una profundidad de 4,160 metros y es uno de los más profundos del mundo, dos veces más que el Gran Cañón de los Estados Unidos. Con suerte, aparecerá el cóndor andino, que mide más de tres metros de ala a ala. Estén atentos y prepárense para las fotos.” – Avisó la guía.

La distancia entre estas enormes montañas era colosal. Al mirar hacía abajo el paisaje se hacía infinito. 

“Lis, ¿Viste el cóndor alguna vez?”

“Varias veces, están acostumbrados a la gente. Es decir, no se acercan para que los toques pero vuelan a pocos metros encima.”

Oyeron que la gente exclamaba algo. Todos dirigieron sus miradas hacía abajo.

“¡Mirá,allá hay tres, cuatro… cinco de ellos, son enormes”

Todos enfocaron sus cámaras.

“Ina, tranquila, eso no es nada, recién están acercándose”

“¿Van a venir más cerca?”

“Encima tuyo”

Ella sonrió algo nerviosa, tener a un ave de 3 metros tan próxima podría ser peligroso.

Iban pasando los minutos y efectivamente los cóndores volaban cada vez más cerca. Había uno inmenso, tal vez el líder o el padre de los otros. Voló y se escondió tras una loma, los viajeros giraron a verlo pero lo perdieron de vista.

Una bulliciosa exclamación de asombro se escuchó a coro. Todos miraron hacia un punto y apareció como si fuera una gran cometa negra, el rey de los andes volando a apenas unos 10 metros sobre ellos. Era tan grande, que parecía que podías tocarlo, aunque nadie se atrevería a hacerlo.

“¡Dios mío!” – exclamó Ina – “Es muchísimo más grande de lo que imaginé, se parece a una ala delta. Voló sobre mi cabeza, te juro que sentí el aire de sus alas.”

Lis había visto tantas veces esa escena, pero aun así, se sorprendía en cada oportunidad.

Al cabo de unos minutos, todos los cóndores volaban sobre los visitantes plasmando sus enormes sombras sobre los anonadados espectadores. Posaban altaneros sabiendo que en sus retinas y en sus fotografías quedarían inmortalizados, tal cual los adoraban los Incas.

Frank y Tom aparecieron y se acercaron a las chicas. Ina se dejó besar por Frank, Lis era un poco esquiva con Tom, pero recordó su propio consejo y cedió un poco, aunque su pudor pudo más. Las fotos, sonrisas, abrazos y contactos esporádicos coronaron la espléndida vista. 

Se despidieron no sin antes prometer que se verían en Arequipa. Retornaron a sus grupos y partieron de regreso.

Fue así que el cansancio pudo más y en el bus quedaron profundamente dormidas. Apenas las estrellas lograron que Ina se despabilara y quedara sumida entre la realidad y el soñar despierta. Aquel manto oscuro tenía luces titilantes en cantidades exorbitantes.

Horas después, llegaban a Arequipa. Aun con sueño cogieron un taxi y se fueron a descansar a la comodidad de sus camas.

Al día siguiente fueron a la plaza a encontrarse con los chicos. Ina no dudaba en expresar su afecto en público, Lis era más cautelosa, ya que alguien la podía ver. Dada esa brecha, Ina se fue al hotel de Frank y Lis se quedó tomando un café con Tom.

Se juntaron todos para almorzar y abordaron un bus panorámico para recorrer la ciudad. Llegaron al famoso mirador de Yanahuara, a la Casa del Fundador y la campiña. Parecía que se conocieran de toda la vida.

“Ina mañana viajo para Puno y de allí me voy a Bolivia” – Dijo Frank

“Yo me vuelvo regreso a Lima” – Respondió – “Si vas para allá me visitas”

“Te espero en California cuando quieras”

Fue así que los cuatro volvieron a despedirse, sin ataduras, sin apegos. Fue bonito en tanto duró. Amores de viaje, amores que tienen el ticket de regreso ya comprado.

Capítulo 14

El Guayacán

Pasaron algunas semanas desde aquel viaje. Ina tuvo que ponerse a trabajar intensamente para concretar reuniones de negocios. Para su suerte, era experta usando su agenda, así que el turismo lo tenía muy bien planificado.                                                              

“Che, Leo, escuchá, seguís trabajando en Miraflores”

“Sí diosa…”

“Venite a almorzar. Tengo que contarte algo y quiero saber que pensás”

Leo caminó las pocas cuadras que los separaban y llegó a tiempo. La cocina no era su fuerte así que acompañó a Ina mientras terminaba de preparar una ensalada. 

Se ubicaron en la mesa y empezó la charla.

“Diosa, has estado de viaje en viaje, no te he visto en meses”

“Amigo, después de unas experiencias re locas, me quedaré tranquila en Lima. Tengo que dedicarle más tiempo al laburo.”

“Sí, me has estado escribiendo de tus viajes. El último fue a Arequipa ¿no?”

“No. Hubo uno más pero no se lo he contado a casi nadie. Por eso quería saber tu opinión.» – Ina tomó aliento y prosiguió – “Mirá, conocí a un pibe de Chiclayo, llamado Arturo, en la Calle de las Pizzas. Al principio todo bien, super divertido aunque un poco en pedo. Me dijo que quería llevarme a conocer su tierra y ya sabés, esa palabra para mí es mágica.”

“Y ahora en que te metiste…” – Exclamó Leo, intuyendo las posibilidades.

“Mirá, la noche que nos conocimos pasó algo” – Dijo Ina con sonrisa pícara – “Al día siguiente él viajaba de regreso, así que pensé que allí quedaba todo. Pero me escribió y así seguimos comunicándonos hasta que me dijo que vaya a su casa, que vivía con su madre y me enseñaría el norte del Perú, así que fui.”

El chisme estaba potente así que Leo solo movió las cejas y dejó que ella prosiguiera.

“Y bueno, me presentó a la mamá que era chamán. No sabés, ni bien la vi me habló de mi energía y que sabía que me gustaba viajar. Me contó que se comunicaba con los ancestros y que podía modificar las cosas que iban a suceder, fue re loco amigo.” 

Los enormes ojos celestes de Ina destellaban contando apasionadamente sus experiencias. Leo, más introvertido, escuchaba con intriga, sabiendo que tal vez él nunca se hubiera atrevido a tanto.

“Arturo nos llevó a almorzar a un restaurante buenísimo, probé el arroz con pato, una maravilla. No podía creer lo suave de la carne y cómo le daban sabor, luego me contaron que le echan chicha de jora y cerveza negra.”

“Sí, la comida del norte para mí es la mejor. La gente también es muy acogedora, tengo buenos amigos allí.” – Añadió Leo.

“Luego, dejamos a su mamá en casa y me llevó al Museo del Señor de Sipán. No sabés, era como un inca lleno de oro de los pies a la cabeza, eso fue impresionante. hasta allí todo bien, Regresamos a su casa, tomamos unas cervezas, moría de calor. Bebió de más, pero igual fuimos a la habitación y pasó lo que tenía que pasar. Al día siguiente iríamos a Trujillo en su auto, para visitar a sus amigos”.

“Por lo que entiendo, le gusta beber bastante…” – Intervino Leo.

“Eso no es nada, pará que te sigo contando. Llegamos, fuimos a la plaza central, una hermosura, las construcciones todas coloniales, de la época española. Las habían pintado de colores y tenían grandes pórticos, arcos, ventanales, hermoso amigo, hermoso. Almorzamos comida marina, no sabés, ceviche y mariscos, ya los había probado en Lima pero allá era, lo más.”

“Me tienes con la intriga ¿Dónde se estropeó todo? Apura que tengo que regresar a la oficina” 

“Bueno, me llevó también a un concurso de Marinera, que lindo baile che, que elegante y el cortejo entre el hombre y la mujer, fino, me encantó. Hay una canción que me gustó, se llama “El Guayacán”, es un árbol que crece en el norte.”

Ina vio que Leo se empezaba a impacientar, así que recogió los platos y le dijo que vayan para la cocina. Mientras ella los lavaba y seguía narrando.

“En la noche nos fuimos a la casa de su amigo, me presentó a varias personas, buena onda aunque al rato, algunos salieron a comprar más cerveza y regresaron algo “duros” ¿Entendés?”

“¿Cocaína?”

“Y sí, parecía eso, pero bueno, yo seguía con Arturo. Todo iba bien hasta que empezó a beber y beber, no sabés, tomaba como si fuera agua. Todos sus amigos estaban recontra en pedo, borrachos, las chicas que estaban allí también pero menos, igual era un poco incómodo para mí, viste que yo esa onda no la curto. En eso, un amigo suyo, David, se acercó a hablar conmigo, él casi no había tomado nada así que por fin charlaba con alguien sobrio. Arturo y sus amigos estaban a pocos metros, gritando y riendo fuerte. Otra vez se fueron a comprar cerveza y él también regresó pasado ¿sabés? Yo no sabía cómo irme a la mierda de allí.”

“¿Y qué sucedió?” – Preguntó Leo ya sin importarle que estaba tarde para el trabajo.

“Fue horrible, me gritó delante de todos, que por qué mierda estaba chamullando a su amigo. El pobre quiso defenderme y Arturo casi le pega. Los boludos de sus amigos se reían y solo algunos los separaron. Luego me agarró de la muñeca y me tironeó para que nos fuéramos, cuando me vio asustada y las chicas le increparon reaccionó. Me pidió disculpas y me dijo que nos fuéramos.”

“¿Y te fuiste con él?”

“Y no tenía dónde ir amigo. En ese momento no pensé, solo me quería ir, además era como si Arturo hubiera despertado, estaba más calmado y arrepentido.”

“¿Y qué pasó después?”

 “Nos fuimos a un hotel, pero no pasó nada. Él se puso a llorar, me dijo que tenía muchos problemas en el laburo, que tenía deudas y cosas así. Me dijo que su padre había muerto hace un año y que se separó de su mujer en esas mismas fechas. Tenía una hija pero no podía verla. Consumía demasiada cocaína por todas las dificultades que estaba pasando.”

“Pobre tipo, pero, no deberías involucrarte…”

“Es por eso que quería contarte. A la mañana siguiente tomé el primer bondi y me volví, él seguía pidiéndome perdón. Dice que su mundo se vino abajo y que quiere que lo ayude, que él va a cambiar. La cocaína ha sido su escapatoria pero por culpa de eso lo van a echar del laburo y la madre ha puesto una orden judicial para que no vea a su hija. Quiere venir a Lima y arreglar las cosas conmigo…”

“¡No! no diosa, no…”

“¿Eso pensás amigo?”

“No importa lo que yo piense, si te digo que no, me refiero a que eso no va, así de claro. No porque yo lo diga, porque así es.” – Afirmó Leo con seguridad mientras Ina encogía los hombros – “Vamos por partes. Pasó por cosas muy trágicas y en vez de buscar ayuda se refugió en el trago y la cocaína. Ya viste que sus amigos son iguales a él. Tiene una hija y vaya a saber dios qué habrá sucedido para que tengan que ponerle una restricción de ver a la hija. Es violento, está endeudado, que estaría dispuesto a hacer para solucionarlo, de repente no solo consumir, sino vender. ¿Qué más te puedo decir? ¿Hay algo más?”

“Tenés razón amigo, necesitaba que alguien me lo diga bien directo”

“Diosa, de esos casos hay miles. Felizmente pudiste darte cuenta a tiempo, ya sabes, en esa situación hay que poner el pare al principio, después es mucho más difícil. Uno se encariña, la otra persona aprovecha, se hace la víctima, uno asume un rol protector, etc. Eso ya se sabe, ya está escrito, hay miles de libros y películas sobre cómo acaba eso. No te estoy diciendo nada nuevo. Si una persona de verdad quiere cambiar, busca ayuda profesional, no trata de que alguien o algo le arregle las cosas. Hacerse responsable es el primer gran paso.”

“Sí, voy a bloquearlo”

“Ina eres una chica linda, una buena persona. No tienes que involucrarte con el primer tipo que te jure amor. Hay tantas aves de rapiña esperando encontrar gente que puedan manipular porque confían. Has tenido muchos cambios en tu vida en estos últimos años, bájale dos cambios a tu velocidad, disfruta. Los buenos amigos siempre estaremos aquí y tú tienes muchos.”

Ina abrazó a Leo y le agradeció el consejo. 

“Bueno diosa, me voy volando, estoy re tarde…”

“Sabés, este fin de semana voy a juntar a todos mis amigos ¿Venís?”

“Dalo por hecho”

“Quiero rodearme de buena onda y no complicarme. Le pondré de nombre Fiesta Boom.”

“¿Boom?”

“Sí, quiero que sea un corte, un antes y después y que se vayan las bombas de mi cabeza”

“Boom, me encanta. Nos vemos entonces. Gracias por el almuerzo”.

Capítulo 15

Mujer Noche

“¿Qué onda? ¿Les llegó la invitación?” – Preguntó Ina en el chat grupal

“Si diosa, confirmo.” – Respondió Leo

“Viernes a las 9, cuenta conmigo” – Dijo el Chamo.

“¡Estoy en Lima! voy… ¿hay que llevar algo? – escribió Lis

“Lo que deseen, algo para comer o tomar” – Añadió Helga

La fiesta Boom prometía ser un éxito. 

Llegado el día Ina esperaba en su apartamento. El Chamo se había retrasado un poco ya que debía cerrar su tienda antes de ir. Cuando llegó, por un momento dudó si se había equivocado de puerta ya que al ingresar había no menos de 20 personas y no reconocía a nadie.

“¡Chamo viniste!” – Dijo Helga apareciendo entre la multitud – “Pasa, Ina está en la cocina”

“¿Qué es esta locura dios mío?” – Exclamó

“Sí Chamo, lo mismo pensé cuando llegué” – Respondió Leo mientras le alcanzaba una cerveza

“Increíble, Ina ha juntado a mucha gente, míralos, hablan diferentes idiomas. No sé  dónde los conoció” – Dijo Lis

“Chicos ¿Me ayudan a llevar estas cositas para picar a la sala? – Intervino Ina mientras pedía que la siguieran a la cocina.

“Diablos chica, ¿Son todos tus amigos o qué?” – Preguntó el Chamo

“Y, no, bueno, recién conocí a algunos y a otros hace algún tiempo ponele, pero es la primera vez que los traigo a casa. Hay gente de Arabia, Argentina, Corea, Francia y alguno de África por allá, no me acuerdo ya.” – Respondió

“Me encanta” – Intervino Helga – “Todos están en muy buena onda”

“Sí, tienes razón, vamos a conocerlos e integrarlos” – Respondió Leo

Fue así que salieron de la cocina llevando platos con algunas cosas para comer y empezaron a charlar con todos. Algunos apenas podían hablar en inglés, pero todo era sonrisas y buena música. Ina estaba feliz, sus amigos estaban allí y la adoraban, sus invitados la estaban pasando de maravilla. 

Los shots de tequila empezaron a llegar a manera de juego, cortesía de la licorería del Chamo. El coreano terminó muy ebrio y se durmió en el sofá. A medida que iban pasando las horas, algunos se retiraron, no sin antes ser advertidos por Ia anfitriona de que habría una nueva fiesta boom.

Cuando solo quedó el círculo más íntimo, Ina les agradeció de corazón por la fantástica noche, aunque ya era de madrugada. Charlaron en la sala como en el Central Perk de la serie Friends. Ella tenía el don de hermanar a las personas, esa era la mejor manera de describirlo.

“Chicos, ya son las 6AM, hay un súper que está abierto las 24 horas. Tengo una lija que ni les cuento” – Comentó Ina con ganas de desayunar.

A cada paso que daban, entre bromas y juegos, iban guardando esos instantes. Andaban despreocupados, no porque no tuvieran problemas en sus vidas, sino debido a que en esos momentos, en esos precisos momentos, lo que los podía estar aquejando, no tenía cabida. La fiesta boom había logrado su cometido. Estos chicos caminaban por las calles, riendo y empujándose, recordando las cosas graciosas que habían sucedido hace apenas unas horas. A pesar de que no estaban haciendo nada importante en esos minutos, no había un mejor lugar y un mejor momento en el que pudieran estar.

Regresaron a casa y desayunaron. La sensatez y madurez llegó con el café. Se abrazaron y quedaron listos para una próxima fiesta Boom. Pero no fue una, sino varias.

Es así que cada semana se suscitaba una nueva fiesta, Ina las renombró fiesta Boom versión 10, 11, 12… en fín, creo que perdió la cuenta. Gente alegre, de diversas partes del mundo. Llegó un ruso que ella conoció la noche anterior deambulando buscando un café, una chica de Pakistán con un cabello ensortijado hermoso, un alemán que apenas hablaba español pero sus intentos eran muy divertidos, un ecuatoriano que se iba al aeropuerto directamente de regreso a su país y un colombiano con un aguardiente que puso a todos a mil por hora.

Sonaba trivial y superfluo hacer fiesta cada semana, pero Ina lo había logrado, en esas horas, la gente era libre, feliz, se olvidaba de sus preocupaciones, del trabajo o las cuentas por pagar. Todos se mimetizaban con la amplia y radiante sonrisa de Ina. Sin pensarlo, ella estaba regalando alegría a las personas, estaba contenta de hacerlo. Esa energía llenaba su alma y recargaba sus baterías hasta la fiesta siguiente.

Solo por un momento y cuando quedaban pocos, se puso un tanto melancólica.

“Chicos, la próxima será la última fiesta Boom de sus vidas” – Dijo intempestivamente.

Capítulo 16

Cuando pienses en volver

Sus amigos se quedaron en silencio, algunos empezaban a mirarse entre sí. Lis parecía asustada, como si algo le hubiera desagradado tanto a Ina que se hubiese molestado. 

“¿Chica qué estás hablando?” – Preguntó el Chamo

“¿Me ayudan en la cocina?” – Respondió ella

Así fue como uno a uno se levantaron de sus asientos y empezaron a seguirla en caravana, el distraído de Leo apareció de repente y Lis lo tomó y lo llevó con todos, fue en ese momento que notó la importancia de lo que se venía.

“¿Me pasás el hielo por fa? – Dijo Ina, como arrepintiéndose de lo que había pronunciado minutos antes.

Helga no se contuvo más y fue directo al grano.

“¿Cómo es eso de que es la última?

“¿La última qué?” – Exclamó Leo

“La última fiesta boom. Ina dijo eso hace un instante.” – Aclaró Lis.

Leo se quedó con la cerveza en la mano, sin decir nada.

A Ina se le humedecieron sus enormes ojos celestes y con una sonrisa de pena, si podría decirse, tomó la palabra.

“Chicos, los amo, y no saben cuánto. Pero creo que mi ciclo en Lima ya terminó. Igual no hay drama, tienen casa en Buenos Aires cuando quieran ir a visitarme, además, vendré a verlos cuando pueda.”

Así era ella. Libre, concisa con sus palabras, sincera y directa. El “hasta pronto” era lo que sentía y quería impregnar en mármol, aunque en el fondo, estos “adioses” eran más tajantes de lo esperado.

Fue por eso que nadie dijo nada, todos entendieron claramente a que se refería. Casi en simultáneo la rodearon con un abrazo. Lis no pudo contener las lágrimas. Al verla, Ina tampoco.

“Pará boluda, que me hacés llorar, en serio” – Le dijo entre sonrisas y llanto.

Helga, Lis, Leo y el Chamo, sabían también, que sin esa amalgama que era Ina, el grupo no tardaría en desbandarse.

A veces, cuando lo mejor está sucediendo, el dejarlo en ese punto, inmortaliza su apogeo. 

Ina no solo se iba, esta era la despedida de todos. En realidad los otros 4 no eran amigos entre sí, o por lo menos, de eso se estaban dando cuenta si quitaban a Ina de la ecuación. Fue como un amor de verano que duró algunas temporadas.

Ese día la fiesta boom no era la misma. Regresaron a la sala, pero el grupo había perdido el rumbo. El resto de asistentes la estaba pasando genial, pero los “friends” sentían como si su novia los hubiera terminado.

Sabían que ese momento iba a llegar, pero no se lo esperaron entre la euforia. 

A ella no le gustaba ver a sus amigos melancólicos, así que se paró en medio, detuvo la música y gritó:

“¡Chicos, todos afuera, vamos a bailar a una disco en Barranco!”

Y como si fuera algo planeado, sus sorprendidos invitados siguieron con un rugido de juega y casi haciendo un “trencito” iban desfilando hacía la puerta del condominio.

“¿Y cómo nos vamos a ir todos para allá?” – Le preguntó el Chamo

“Somos muchos diosa” – Añadió Leo

Y cuando la magia debe aparecer, aparece. Justo cruzando la calle había una “combi”, un bus pequeño de transporte de pasajeros, que había terminado su turno. Estaba vació y a punto de retirarse a su garaje. Era imposible que algo así sucediera en Miraflores y sucedió.

“¡Señor!” – Dijo Ina levantando la mano deteniendo al vehículo. – “Queremos ir para Barranco, está cerca. ¿Cuánto nos cobra por llevarnos?”

El chofer vió a todo el grupo y dijo: “Tres soles cada uno” ante lo que todos se alegraron y casi bailando entraban entre risas sorprendidos por lo inverosímil de la situación.

El señor y su ayudante cerraron la puerta, encendieron unas luces neón de colores y el mini bus empezó a avanzar con la música a tope. La alegría de Ina, que iba media cargada entre algunas piernas, era radiante. No importaba que algunos tragos mojaran a los fiesteros. Era imposible cerrar una fiesta boom de manera tan apoteósica.

Llegaron a la disco y los vigilantes, así como la fila de personas que esperaban por entrar, se quedaron pasmados al ver la escena y casi al ritmo de la música les dieron pase y entraron como invitados VIP.

Ya adentro, todos se terminaron de emborrachar y seguía llegando más gente, aquellos que le escribían a Ina preguntando dónde estaba.

Hubo un instante en donde Ina se apartó del grupo y se puso a observarlos. Había llevado felicidad a esas almas dispersas. Eso la hacía feliz, eso la hacía inmortal.

Horas después y con pocos sobrevivientes, cuando el cielo violeta anunciaba un próximo amanecer, salieron a buscar algo para preparar el desayuno, como era de costumbre. Todos estaban felices, contrariamente a lo que se esperaba, tal vez querían recordarse así, o estaban exprimiendo la energía que Ina les daba, hasta la última gota.

Luego de comer, casi al límite del sueño, se despidieron y la dejaron descansar. La última fiesta boom había sido la mejor.

Escasos días faltaban para su partida. Ella tuvo un momento particular con cada uno. 

Lis la visitó y lleno de regalos para su viaje. El Chamo se apareció en su departamento con un buen vino para hablar de la vida y de lo que más adelante les depararía la vida. Helga había enmarcado una foto para que siempre la tuviera en su mesa de noche. Leo caminó junto a ella una noche por el parque, cerciorándose de que sus planes la llevaran a buen puerto.

Ina ya había movido sus piezas y encontró un nuevo trabajo en Buenos Aires. También estaba aplicando a un postgrado en recursos humanos. Pero ella, y todos los que la conocían, sabían que, aunque sus proyectos se ubicaran en el sedentarismo, los tickets aéreos la podían sacar de su zona de confort en cualquier momento. 

La casa de sus padres la acogería en tanto ordene un poco su vida por allá.

Es así como Ina levantó la mano en el aeropuerto Jorge Chávez de Lima y se despidió de la gente que la amaba y la amaría por siempre.

Categories:

Tags:

No responses yet

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *